Crónicas de La Habana
El químico suma cuerpos desplomados al paisaje de La Habana
Crónicas de La Habana
La Habana/En San Lázaro hay que mirar al mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo. Arriba, para esquivar con la vista balcones destripados, vigas expuestas y pedazos de edificios que parecen estar calculando cuándo dejarse caer. Abajo, para no tropezar con los huecos de la acera y descubrir, de vez en cuando, a alguien que también se ha derrumbado.
Junto a un árbol y contra la pared azul de una vivienda, un joven permanece sentado en el suelo. Es fuerte, lleva camiseta negra y pantalón corto, pero tiene el cuerpo vencido, la cabeza inclinada sobre el pecho y una postura que los habaneros hemos aprendido a identificar. A falta de diagnóstico, quienes pasan por la zona tienen ya una palabra callejera para situaciones como esta: "enquimicado".
La vida sigue a pocos metros. Pasan peatones, almendrones y triciclos. Nadie parece demasiado sorprendido. Quizás ahí esté lo más inquietante: estas imágenes han dejado de ser excepcionales en algunas zonas de La Habana.
El "químico", como se conoce popularmente a varios cannabinoides sintéticos, ha pasado en pocos años de ser un asunto del que las autoridades hablaban poco a convertirse en un problema reconocido hasta por la televisión oficial. En mayo de 2025, el Ministerio del Interior informó de 342 personas acusadas de tráfico y consumo de drogas en La Habana y 810 expedientes abiertos por la Fiscalía relacionados con estos delitos. La Policía había identificado entonces 74 "ambientes complejos" en la capital y señalaba ocho zonas especialmente problemáticas.
La lista incluía barrios de Playa, Marianao, La Lisa, Boyeros, La Habana Vieja, San Miguel del Padrón y Cerro. Centro Habana ni necesitaba presentación: allí, admitió entonces el propio vocero oficialista Humberto López, "existe droga y todo el mundo lo sabe y ha existido por años". Las autoridades reconocían además la preocupación por el consumo entre menores.
Desde entonces, la geografía parece haberse vuelto menos precisa porque el problema aparece a plena luz del día y en avenidas muy transitadas. Hace apenas unas semanas, en Reina y Galiano, dos jóvenes quedaron desplomados bajo los efectos del químico. Mientras estaban incapacitados para reaccionar, un hombre aprovechó para robar la mochila a uno de ellos y desapareció entre los transeúntes. El episodio ocurrió un día después de un operativo antidroga en esa misma calle.
Ahora la escena se repite, con otras coordenadas: San Lázaro. Pocas avenidas podían ofrecerle un decorado más coherente a este joven paralizado por la droga, porque toda la calle parece una cicatriz abierta que atraviesa la ciudad desde La Habana Vieja hasta El Vedado. A ambos lados sobreviven inmuebles con balcones amputados, paredes sin repello, ventanas tapiadas y puntales que hace tiempo dejaron de aspirar a la elegancia para concentrarse simplemente en no venirse abajo.
En una esquina, un viejo automóvil amarillo pasa frente a una fachada mordida por los derrumbes. Sobre el muro, del nombre de la calle, también mutilado, apenas sobrevive una palabra: "Persevera". Un poco más allá, el joven seguirá, por horas, desplomado contra una pared.
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