"Si no vives en Cuba no puedes entender lo que es el bloqueo"

Entrevista

Así se libra Díaz-Canel de las preguntas incómodas de una periodista amigable de 'Folha de S. Paulo'

Miguel Díaz-Canel, durante la entrevista con Mônica Bergamo, de Folha de S.Paulo.
Miguel Díaz-Canel, durante la entrevista con Mônica Bergamo, de Folha de S.Paulo. / Captura/Folha de S.Paulo
Rolando Gallardo

24 de agosto 2026 - 03:15

Madrid/La entrevista, concedida a Mônica Bergamo, de Folha de S.Paulo, y publicada el 23 de agosto de 2026, arranca con una escena que roza el surrealismo. Antes de la primera pregunta, Lis Cuesta, la primera dama, acomoda con saliva los mechones canosos de su marido, tratando de domar un pelo revuelto sobre un rostro desencajado, enflaquecido. Es la imagen de un poder sin filtros. Pero apenas comienza a hablar, la fragilidad desaparece: Díaz-Canel recupera el control narrativo con cifras, fechas y metáforas ya repetidas en al menos cinco entrevistas anteriores.

Ese control es el dato más revelador: no lo que Díaz-Canel dice, sino que ya lo había dicho como obra teatral a NBC, Newsweek, RT en Español, Radio 750 y ahora Bergamo. La "guerra multidimensional" y las mismas fechas como origen del "bloqueo energético" regresan con una fidelidad que demuestra la práctica de un permanente ejercicio memorístico: los énfasis caen siempre en el mismo lugar, los silencios se repiten, y hasta las pausas llegan en el mismo punto de cada respuesta.

Repite constantemente la palabra "genocidio". Pero el término, tal como lo usa –y como exige "condenas internacionales" por él–, no corresponde con la norma jurídica que invoca. La Convención de 1948 sobre Genocidio exige probar la intención específica de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso "como tal". Las sanciones de Washington, por duras y cuestionables que sean, persiguen presionar a un gobierno aferrado al poder, no aniquilar ni despoblar a la nación cubana. Es una acusación política preparada para los titulares de la prensa oficialista.

La periodista cuenta que, recorriendo la Isla, escuchó una expresión que no venía de la disidencia sino de la calle, del pueblo llano: "bloqueo interno". Díaz-Canel lo niega dos veces

El momento más interesante, sin embargo, está en la grieta que Bergamo logra abrir. La periodista cuenta que, recorriendo la Isla, escuchó una expresión que no venía de la disidencia sino de la calle, del pueblo llano: "bloqueo interno". Díaz-Canel lo niega dos veces y lo reduce a "insatisfacciones con burocracia y lentitud", para cerrar con una frase categórica: "aunque lo hubiéramos hecho todo bien, sin defectos, la principal causa... es el bloqueo". Primero encoge el problema; después lo descarta.

El patrón es medible. A lo largo de la hora, las palabras que trasladan la culpa a Washington –bloqueo, genocidio, sanciones, imperialismo, asfixia, presión, crimen– aparecen 79 veces. Un reconocimiento de fallo propio aparece una sola vez, y queda neutralizado en la frase siguiente. Setenta y nueve contra uno, queda claro que para Diaz-Canel la culpa del régimen no existe.

Esa causalidad exclusiva tampoco resiste el contraste con la historia económica cubana. El deterioro de salud, educación y vacunación no es reciente: lleva casi dos décadas gestándose, y quedó más expuesto durante la pandemia, cuando el Estado destinó el 45,5% de su inversión a servicios inmobiliarios –terreno de Gaesa, el conglomerado militar que controla el turismo– frente a apenas 0,8% para salud, mientras cientos de cubanos morían por falta de oxígeno. Gaesa controla hoy entre el 40% y el 70% de la economía cubana, con ingresos que triplican el presupuesto del Estado. Ocho economistas consultados por EFE en 2025 coincidieron en que las sanciones dañan al país, pero que los problemas más profundos vienen del modelo: la planificación centralizada es, según Pedro Monreal, "el pilar que no funciona".

Antes de la primera pregunta, Lis Cuesta, la primera dama, acomoda con saliva los mechones canosos de su marido, tratando de domar un pelo revuelto sobre un rostro desencajado, enflaquecido.
Antes de la primera pregunta, Lis Cuesta, la primera dama, acomoda con saliva los mechones canosos de su marido, tratando de domar un pelo revuelto sobre un rostro desencajado, enflaquecido. / Captura/Folha de Sao Paulo

Las cifras que Díaz-Canel da sobre mortalidad infantil son ciertas: la tasa, que históricamente rondaba entre 4 y 5 por cada mil nacidos vivos, cerró 2025 en 9,9, según el propio Ministerio de Salud Pública, dato que confirma la ONU. El deterioro es real. Lo que no es cierto es presentarlo como un daño repentino, causado solo por el bloqueo energético de este año: el indicador ya venía subiendo desde 2018, los mismos años en que el país construía hoteles de lujo que hoy tienen una ocupación por debajo del 30%. 

Ahí está el verdadero diagnóstico, más allá de cualquier lectura sobre su estado de ánimo: un presidente que administra datos reales de un país en colapso, y que en vez de abrir con ellos una conversación seria sobre 20 años de malas decisiones, los reinserta en el relato ya preparado para limpiarse de culpas. Cuando Bergamo lo lleva al terreno que no controla, la respuesta no es el argumento sino el cierre: "Si no vives en Cuba no puedes entender lo que es el bloqueo". Una frase que cancela la pregunta. La distancia exacta entre el guion y el país real que Bergamo encontró cocinando con carbón.

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