El viaje más difícil: llegar al hospital Materno en Matanzas

Cuba

Sin ómnibus ni taxis estatales, embarazadas y familiares dependen de motores y triciclos para llegar al Gineco-Obstétrico José Ramón López Tabrane

Entra del Hospital Gineco-Obstétrico José Ramón López Tabrane, en Matanzas.
Entra del Hospital Gineco-Obstétrico José Ramón López Tabrane, en Matanzas. / 14ymedio
Julio César Contreras

10 de marzo 2026 - 16:49

Matanzas/Llegar o salir del Hospital Gineco-Obstétrico José Ramón López Tabrane, en el barrio de Versalles, se ha convertido en una odisea cotidiana para los pacientes y sus familiares en la ciudad de Matanzas. Frente a la entrada principal del conocido Materno se mezclan mujeres embarazadas, acompañantes cargados con bolsas y jóvenes buscando insistentemente un transporte que pocas veces aparece.

En el portal del edificio varias personas esperan sentadas en el borde de la escalinata. Algunas revisan sus celulares con resignación, otras conversan en voz baja mientras miran hacia la calle como si en cualquier momento fuera a doblar la esquina un taxi salvador. Pero el asfalto permanece casi vacío. De vez en cuando pasa una motocicleta o un triciclo eléctrico que enseguida queda rodeado por quienes intentan negociar un asiento.

“Hasta esta zona de la ciudad no están viniendo los ómnibus locales”, cuenta Sandra, una joven embarazada que acaba de bajarse de un mototaxi rojo. El conductor aún no ha arrancado cuando ella ya calcula mentalmente el dinero que tendrá que gastar para regresar a su casa.

De vez en cuando pasa una motocicleta o un triciclo eléctrico que enseguida queda rodeado por quienes intentan negociar un asiento.
De vez en cuando pasa una motocicleta o un triciclo eléctrico que enseguida queda rodeado por quienes intentan negociar un asiento. / 14ymedio

“Acabo de pagarle 1.000 pesos para que me trajera desde mi casa, que está como a tres kilómetros de aquí. Si no hago ese sacrificio pierdo la consulta de genética”, explica a 14ymedio mientras acomoda su bolso sobre el hombro.

Sandra está en su tercer mes de embarazo y ya ha tenido que acudir varias veces al hospital para controles con la obstetra. En ninguna de esas visitas ha logrado encontrar transporte público ni tampoco algún vehículo oficial asociado a la piquera del Materno.

“Ni por casualidad he visto a un taxi estatal parqueado frente al cuerpo de guardia”, dice. Según le han explicado, existe un carro disponible las 24 horas para apoyar el traslado de pacientes, pero casi nunca aparece. “Siempre dicen que está en la carretera o atendiendo una emergencia”.

La escena que rodea la entrada del hospital refleja la crisis energética que atraviesa el país. La escasez de combustible ha reducido al mínimo la circulación de ómnibus y taxis estatales, obligando a los matanceros a recurrir a motores, triciclos eléctricos o cualquier vehículo que no necesite combustible para moverse.

En una esquina del portal, varias mujeres conversan mientras esperan noticias sobre un posible transporte. Una de ellas es Idania, que sostiene un bolso lleno de ropa de bebé. Su sobrina acaba de recibir el alta médica tras dar a luz.

“Aquí no hay ambulancia, ni taxi, ni vergüenza por parte de los jefes de Salud Pública. Ellos sí andan en carros para todas partes”.
“Aquí no hay ambulancia, ni taxi, ni vergüenza por parte de los jefes de Salud Pública. Ellos sí andan en carros para todas partes”. / 14ymedio

“Parió antier y hoy se va para la casa”, explica. “La pregunta es en qué nos vamos”. La mujer mira hacia la calle con evidente frustración. “Aquí no hay ambulancia, ni taxi, ni vergüenza por parte de los jefes de Salud Pública. Ellos sí andan en carros para todas partes”.

Sentada en un banco de cemento, Idania dice haber pasado la mañana intentando evitar una solución que considera desproporcionada: pagar 50 dólares por un taxi privado que lleve a la madre y al recién nacido hasta Santa Marta.

“A la hora del parto un vecino nos hizo el favor de traernos”, recuerda. “Al menos en nuestro caso, la garantía del traslado institucional ha brillado por su ausencia. Por nuestros propios medios vinimos y por nuestros propios medios nos vamos”.

Para ella, el problema va más allá de la falta de combustible. “Aquí la respuesta siempre es que no hay”, protesta. “Pero lo que tampoco hay es sensibilidad”.

A unos metros de distancia, Lizandra observa la escena con preocupación. La joven universitaria estudia psicología y atraviesa su primer embarazo. Mientras espera a que la llamen para una consulta, calcula lo que le cuesta cada visita al hospital.

“Solo para trasladarte hasta aquí y después regresar necesitas como mínimo 2.000 pesos”, explica. Eso si se tiene suerte y aparece un motor o un triciclo disponible.

La incertidumbre sobre el transporte se suma a los temores normales del embarazo.
La incertidumbre sobre el transporte se suma a los temores normales del embarazo. / 14ymedio

La incertidumbre sobre el transporte se suma a los temores normales del embarazo. “Una viene con los nervios de cualquier consulta médica y encima tiene que pensar cómo va a llegar o cómo va a regresar a la casa”, comenta.

Para las embarazadas que viven fuera de la capital provincial la situación es aún más complicada.

“Tengo amigas que prácticamente han hecho todo el embarazo en sus casas porque no tienen cómo venir desde Ceiba Mocha o desde Pedro Betancourt”, dice Lizandra. Llegar al hospital implica organizar un viaje incierto y, muchas veces, demasiado caro.

Mientras tanto, frente al Materno sigue creciendo el pequeño grupo de personas que esperan transporte. Un triciclo verde se detiene unos segundos y enseguida varios familiares se acercan para preguntar si tiene espacio.

El conductor sacude la cabeza y arranca de nuevo.

Un motociclista se detiene poco después, con el casco levantado y el motor todavía encendido. Dos mujeres se acercan a negociar el precio. El conductor levanta tres dedos.“1.500 pesos”, dice.

Las mujeres se miran entre sí. Una suspira y finalmente asiente.

En el hospital nadie parece sorprendido por estas escenas. Los taxis estatales, reconocibles por su color amarillo, brillan por su ausencia. Las ambulancias sólo aparecen cuando se trata de una urgencia médica. El resto del tiempo, pacientes y acompañantes deben arreglárselas por su cuenta.

Bajo el portal del hospital, Sandra vuelve a mirar su teléfono antes de entrar a la consulta. En unas horas tendrá que repetir la misma operación: salir a la calle, levantar la mano y esperar que algún motor o triciclo acepte llevarla.

En la Matanzas de hoy, incluso llegar al hospital puede convertirse en un viaje incierto. Y regresar a casa, muchas veces, depende simplemente de tener el dinero suficiente para pagar el camino.

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