En Matanzas ya nadie pregunta por qué se fue la luz
Apagón
La caída del Sistema Electroenergético Nacional se suma a meses de apagones interminables que han obligado a los vecinos a reorganizar su vida alrededor de la oscuridad
Matanzas/El apagón llegó otra vez sin aviso, como un visitante que ya ni siquiera necesita tocar la puerta. Este miércoles, una nueva desconexión del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) dejó sin electricidad a buena parte del país y volvió a empujar a Matanzas a la penumbra en la que ha aprendido a vivir desde hace meses. Sin embargo, durante las primeras horas, muchos vecinos ni siquiera notaron que se trataba de una caída general del sistema. En esta ciudad acostumbrada a largos apagones, la oscuridad se ha vuelto parte del paisaje.
En la calle San Ignacio, en el barrio de Pueblo Nuevo, varias personas permanecen sentadas en los portales de sus casas como si el tiempo estuviera detenido. Una mujer consulta su teléfono con insistencia, esperando que vuelva la señal de datos que también desapareció con el colapso eléctrico. En la acera corre un hilo de agua sucia que sale de una vivienda y se pierde hacia el tragante. Nadie parece tener prisa. Cuando la corriente desaparece durante tantas horas, la vida cotidiana se ralentiza hasta quedar suspendida.
"¡Hasta cuándo es esto!", grita Adriana desde la puerta de su casa para que la escuche todo el barrio. La madre soltera lleva dos días sin poder darle comida caliente a su hijo menor. "No alcanza el tiempo ni para cocinar el arroz. Entre las veces que la quitan y la ponen, no llegamos ni a una hora con corriente", lamenta. Lo poco que tenía en el refrigerador terminó guardado en la nevera de una vecina para evitar que se echara a perder.
"No alcanza el tiempo ni para cocinar el arroz. Entre las veces que la quitan y la ponen, no llegamos ni a una hora con corriente"
Los apagones en Matanzas han superado en semanas recientes las 30 horas continuas. La gente sale a dormir a los portales de sus viviendas, a los balcones o en las propias puertas de sus casas para aprovechar el fresco de la madrugada, una imagen que muchos creían enterrada con los años más duros del período especial. Pero ahora regresa como un déjà vu colectivo.
En una cuadra cercana, dos vecinos conversan sentados frente a una fachada descascarada. El hombre, con un short amarillo y chancletas, se seca el sudor de la cara mientras intenta adivinar cuándo volverá la electricidad. A su lado, una mujer sostiene una lata de refresco caliente. Ninguno habla del apagón como algo extraordinario. En Matanzas, quedarse sin corriente ya no provoca sorpresa, apenas resignación.
Lo mismo ocurre a unas casas de distancia, donde un anciano permanece sentado en el umbral de su vivienda con una bolsa a su lado. Mira hacia la calle casi vacía mientras espera que pase el tiempo. Sin televisión, sin ventilador y sin radio, las horas se vuelven más largas. La única distracción es observar a los pocos transeúntes que cruzan la acera bajo el sol.
La caída del SEN también dejó fuera de servicio buena parte de la conectividad móvil. Hilda, una jubilada que vive cerca de la Plaza de la Vigía, perdió de golpe la videollamada que mantenía con su nieto en España. "Etecsa subió las tarifas, pero no ha sido capaz de comprar baterías nuevas para sus torres", protesta la mujer. Muchas veces tiene que caminar casi un kilómetro hasta la plaza para encontrar señal.
"Pero ya estoy jubilada y no me toca ninguno de esos paneles solares que dicen que están entregando"
"Soy maestra de profesión, con más de 30 años de experiencia", cuenta. "Pero ya estoy jubilada y no me toca ninguno de esos paneles solares que dicen que están entregando", detalla en alusión a los módulos que se venden, a plazos, a profesionales destacados en su sector. En su casa tampoco sabe cuándo regresará la electricidad ni cuánto tiempo durará una vez que vuelva.
La inestabilidad del voltaje en semanas recientes ha terminado de castigar a los electrodomésticos. "A mi hija en Cárdenas se le quemó un freezer", explica Hilda. "En media hora quitaron y pusieron la corriente cinco veces. Así no hay equipo que aguante".
Para Ricardo, un tornero que tiene un pequeño taller privado en Pueblo Nuevo, la avería nacional significa otro día sin ingresos. "Pensé que hoy podría adelantar algo de los encargos atrasados, porque últimamente la ponen un ratico por la tarde", explica. Pero con la desconexión total del sistema no puede hacer absolutamente nada.
El hombre tampoco ha dormido bien en días. "Mi esposa y yo estamos que no pegamos un ojo. Cuando ponen la corriente de madrugada nos tiramos de la cama para cocinar, poner la lavadora o cargar los teléfonos". Después llega la mañana y el cansancio los acompaña como una sombra.
"Mi esposa y yo estamos que no pegamos un ojo. Cuando ponen la corriente de madrugada nos tiramos de la cama para cocinar, poner la lavadora o cargar los teléfonos"
En Matanzas, esa escena se repite en cientos de casas: familias que se levantan a las dos o tres de la madrugada cuando escuchan el zumbido del refrigerador o el encendido repentino de un ventilador. En ese breve intervalo de electricidad se cocina, se lava, se carga el móvil y se intenta adelantar cualquier tarea doméstica pendiente.
Mientras tanto, en la calle San Ignacio el silencio se instala lentamente. Sin cobertura telefónica ni noticias claras, los vecinos se informan preguntando de portal en portal. Nadie sabe cuándo volverá la luz.
Después de más de un día sin corriente, algunos han dejado incluso de esperar. Sentados en sillas improvisadas o en el borde de la acera, dejan pasar el tiempo.
"Uno tiene que tirar el cable a tierra", dice Ricardo encogiéndose de hombros. "Porque si te pones a pensar mucho en esto, te vuelves loco".