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En la biografía de Lezama Lima el escritor cubano Hernández Busto reconstruye "un país que ya no existe”

Literatura

El autor presentó en Madrid el segundo volumen de su monumental trilogía, “un milagro cultural”

Un mundo, apostilla Cayuela, que “va a ser desaparecido por el torbellino saturnino de la Revolución”. / 14ymedio
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25 de octubre 2026 - 09:31

Madrid/¿Cómo levantar un monumento biográfico de un poeta barroco, críptico y difícil, cuya existencia transcurrió casi enteramente en el mismo escenario doméstico, Prado 9 y Trocadero 162? Es lo primero que planteó el ensayista mexicano Ricardo Cayuela Gally al presentar en Madrid la biografía de José Lezama Lima del escritor cubano Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) y una de las razones por la que considera que todo el proyecto –de los cuales se han publicado ya dos tomos, Años de formación (1910-1939) y Años de fundación (1939-1959), y falta el tercero– no es otra cosa que “un milagro cultural”. 

Desde aquella geografía inmóvil, señaló Cayuela, Lezama emprendió una de las exploraciones más ambiciosas de la literatura en español y se convirtió en uno de los poetas más importantes de la lengua. Pero reconstruir una vida así no era el único desafío que afrontó Hernández Busto a lo largo de los veinte años de trabajo que le ha llevado esta obra. 

Una de las cosas que más le inquietaba al autor mientras trabajaba, en ese “proceso largo”, era “hasta qué punto yo estaba haciendo un libro para cubanos o un libro que podrían leer personas que, aunque les interesara Lezama, no tenían la carga que tuvo para los cubanos de mi generación la figura de Lezama”. Por ello, para saber si iba por el tono adecuado, Hernández Busto le dio a leer fragmentos del manuscrito a Cayuela. “Lo hice con muy pocas personas, la verdad, porque me interesaba mantener un poco el proyecto total dentro de esa discreción yo creo que importante”, explicó. “Cuando uno siente que tiene algo importante entre manos, trata de cuidarlo, y aunque salieron capítulos publicados, evidentemente la lectura del libro en su conjunto ofrece otra perspectiva y esa era mi idea”. 

“Siempre digo que 'Paradiso' no es tanto una novela autobiográfica como una novela genealógica”

A una cosa especialmente no estuvo dispuesto a renunciar Hernández Busto, cuando “alguna que otra” editorial a la que lo presentó quiso que recortara páginas. “Yo siempre me negué”, asevera el poeta y ensayista, “porque siempre supe que este libro así, prolijo y a veces un poco obsesivo con ciertos detalles, era el que a mí me interesaba escribir, era el que daba respuesta al proyecto”. 

Pulcro, minucioso, eufónico como suele, abriendo abanicos dentro de los abanicos, desplegados en citas, digresiones y cientos de notas al pie, Hernández Busto va reconstruyendo el mundo que hizo posible a Lezama: la revista Orígenes, las editoriales, las amistades, las rivalidades, aquel grupo de escritores del que fue atalaya y que terminaría ocupando un lugar central en el canon cubano.

Cayuela sacó a relucir cómo una de las claves de la biografía está en la genealogía familiar de Lezama. Por un lado, la rama materna, los Lima, vinculados a la tradición independentista, y por el otro la paterna, que conduce a una historia militar y política más incómoda, marcada por el conservadurismo, la influencia estadounidense y los prejuicios raciales de la época. En la gran novela de Lezama, Hernández Busto encuentra una elaboración literaria de ambas herencias. “Siempre digo que Paradiso no es tanto una novela autobiográfica como una novela genealógica”, afirmó. “Lezama siempre trató de integrar su vida y su mundo familiar dentro de la ficción que quería armar. Para ello, intentó mover dos ramas, que son dos ramas reales de su vida, de su genealogía”.

El padre murió cuando Lezama tenía ocho años. Su ausencia quedó ligada al retrato que presidía la casa familiar y a la imagen de un modelo ético inalcanzable. Hernández Busto señaló que Lezama resolvía mejor esa figura “como ausencia que como presencia”. La muerte adquirió así una dimensión casi mítica. En el extremo opuesto estaba la madre, Rosa Lima Rosado, cuya “sobrepresencia” condicionó su vida. El biógrafo recordó una anécdota transmitida por Virgilio Piñera a Abilio Estévez: Lezama, ya adulto, rebasadas sus carnes en una pequeña cama, mientras su madre le acariciaba los pies. Hernández Busto aventuró que Paradiso, con sus libertades intelectuales y sexuales, difícilmente habría podido publicarse mientras ella vivía.

Frente a “un concepto puramente turístico de la cultura” o el “peso de la influencia norteamericana”, para un intelectual como Lezama “la salida era España”

Otro de los temas que puso sobre la mesa Cayuela fue la relación de Lezama con los escritores españoles que pasaron por La Habana. Así Federico García Lorca, que permaneció tres meses en la Isla en lugar del mes previsto y que le dejó una huella profunda, o Juan Ramón Jiménez, que reconoció en Lezama a un “interlocutor excepcional”, María Zambrano, que quedó deslumbrada por su personalidad, o Manuel Altolaguirre, que lo ayudó como editor y mecenas. Para Hernández Busto, aquella relación no puede reducirse a la influencia de una antigua metrópoli sobre su colonia. Frente a “un concepto puramente turístico de la cultura” o el “peso de la influencia norteamericana”, para un intelectual como Lezama “la salida era España”, dice el autor. “No como metrópoli, sino como cultura, es decir, el gran mundo, los grandes temas que España le regalaba a la cultura del idioma”.

La conversación entre ambos ensayistas, que se conocen desde los años 90, cuando el cubano vivió en México, abordó también los límites del universo de Orígenes. Cayuela preguntó por la distancia de los origenistas respecto a las tradiciones afrocubanas. Hernández Busto reconoció los prejuicios raciales presentes en el entorno familiar de Lezama, pero distinguió entre estos y la voluntad de no reducir la cultura nacional al folclorismo mestizo de los años 30. La ambición del grupo era otra: construir una tradición capaz de dialogar con la literatura universal. En el caso de Lezama, esa búsqueda privilegiaba el barroco de las sociedades novohispanas, donde una forma heredada de Europa se convirtió en creación autónoma.

Orígenes, puntualizó Hernández Busto, ocupó en su momento una posición marginal frente a la cultura liberal y laica de la República, cuyo intelectual emblemático era Jorge Mañach, recordó también Hernández Busto. La polémica entre ambos sobre la inteligibilidad de la poesía terminó con la retirada de Lezama, pero la posteridad alteró aquellas jerarquías. Hernández Busto recordó que su generación, la de los años 80, encontró en la revista Orígenes un ejemplo de resistencia cultural. “El caso Orígenes es la coartada perfecta de los marginados”, refirió. “Es un poco la confirmación de que incluso en las peores circunstancias de lo social alrededor hay un voto por la posteridad y hay una confianza en que serán reconocidas ciertas palabras”. 

Esa “simpatía evidentísima y más que probada”, explica el ensayista, era una especie de “salida desesperada de alguien a quien la cultura republicana ya estaba arrinconando de una manera terrible”

El ensayista duda en suscribir eso en la actualidad, “porque la cultura ha cambiado mucho”, pero en su juventud sí recuerda “la emoción con la que uno podía admirar el ‘rasguño en la piedra’, como lo llamaba Lezama, no es decir, luchar contra un ambiente hostil, con la certeza absoluta de que lo que estás haciendo vale la pena y será reconocido en el futuro”.

Cayuela hizo hincapié sobre esa generación de Hernández Busto, la de Paideia, “en cierto sentido trágica”: “Una generación que fue a la Unión Soviética a ver el modelo comunista y lo que descubrió fue a Gorbachov, la glasnost y la perestroika. Llegó inflada de libertad a la Isla, intentó aplicar eso y se encontró con que las estructuras de la Revolución no eran tan permeables como el modelo original del que eran subsidiarios y enfrentaron persecución y exilio”.

La “absoluta certeza de que estaba en la ruta, de que sabía lo que quería decir, que tenía los instrumentos globales para hacerlo y por lo tanto, tenía esa seguridad para construir sus libros”, señalada por Cayuela, es una certeza, apostilló Hernández Busto, “que da la desesperación”. Y eso mismo, asegura, explica “por qué Lezama simpatiza con la Revolución del 59”. Esa “simpatía evidentísima y más que probada”, explica el ensayista, era una especie de “salida desesperada de alguien a quien la cultura republicana ya estaba arrinconando de una manera terrible”. 

Una ironía recogida en el segundo volumen y traída a colación por Cayuela: en la cena del 31 de diciembre de 1958, Lezama aseguró a sus amigos que tenía información confidencial según la cual “había Batista para rato”. Lo que viene después será tema del tercer y último tomo, “el más jugoso” y que, adelantó el autor, estará en librería en un mes y medio.

Para concluir, el mexicano reflexionó sobre lo que enseña la lectura de los dos volúmenes publicados: “un país muy complejo, rico, en disputa, en donde hay muchas opciones, incluso para los marginales, con una vida muy rica”. Un mundo, apostilla Cayuela, que “va a ser desaparecido por el torbellino saturnino de la Revolución”. Es por eso que en el libro de Hernández Busto es también “la historia de un país que ya no existe”.

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