Un documental sobre las mujeres cubanas que esperan a sus maridos presos gana un premio en Trinidad y Tobago

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La brasileña Paloma Gomide es la directora de ‘Si la vida me diera un deseo’, producido en la Escuela Internacional de Cine y Televisión

Fotograma de ‘Si la vida me diera un deseo’.
Fotograma de ‘Si la vida me diera un deseo’. / Captura de pantalla
14ymedio

01 de octubre 2026 - 15:38

Madrid/En Granizo, un pequeño pueblo del interior de Cuba, los días de Dianelis transcurren entre la soledad y los preparativos para visitar la prisión donde está encerrado su marido. La espera no es exclusivamente suya. Varias amigas viven situaciones similares y, mientras los hombres permanecen tras las rejas, ellas han construido una comunidad propia para aliviar la ausencia.

Ese universo femenino es el centro de Si la vida me diera un deseo, un documental de 17 minutos de la brasileña Paloma Gomide que acaba de ganar el Paddington Prize a la mejor película estudiantil en el Festival de Cine de Trinidad y Tobago, celebrado entre el 23 y el 27 de septiembre. El jurado destacó los largos planos del filme, capaces de introducir al espectador en “el limbo”, el vacío y la espera que marcan la vida de sus protagonistas.

Gomide, cineasta y fotógrafa graduada de la Universidad Federal de Santa Catarina, cursó estudios de guion en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (Eictv), de San Antonio de los Baños. Su trabajo se ha concentrado especialmente en personajes femeninos y en imágenes que se mueven en los límites entre la realidad y la ficción. Si la vida me diera un deseo, realizado en 2025 en la Eictv, continúa esa línea.

Fuera de la pantalla, visitar a un preso en Cuba puede convertirse en una odisea incluso peor

La película no profundiza en los delitos ni las condenas de los hombres encarcelados. Gomide dirige la mirada hacia quienes permanecen fuera de los muros: en las mujeres que esperan, conversan y organizan sus rutinas en función de una visita penitenciaria.

Fuera de la pantalla, visitar a un preso en Cuba puede convertirse en una odisea incluso peor. Las familias deben conseguir transporte en medio de la escasez de combustible, recorrer en ocasiones cientos de kilómetros y cargar con alimentos, medicinas y productos básicos que los reclusos no siempre reciben de manera suficiente dentro de los penales.

Human Rights Watch señaló en su informe mundial de 2026 que en las cárceles cubanas persisten problemas de hacinamiento e insalubridad, falta de acceso adecuado a comida y agua y negativas de atención médica. La organización también menciona restricciones a las visitas familiares y recuerda que las autoridades no permiten a grupos independientes cubanos o internacionales de derechos humanos acceder a los centros penitenciarios.

Los registros más recientes del Centro de Documentación de Prisiones Cubanas (Cdpc) dibujan un panorama similar. Solo en julio, la organización contabilizó 120 eventos relacionados con personas privadas de libertad, 87 de los cuales clasificó como violaciones de derechos. En agosto documentó otros 27 hechos, entre ellos muertes bajo custodia, desatención médica, desnutrición, golpizas y restricciones al contacto familiar. El propio Cdpc advierte de que sus cifras no permiten medir toda la dimensión del problema por la falta de acceso independiente a las prisiones.

José Martí describió la Cuba colonial como un “presidio rodeado de agua”. La figura de la Isla-cárcel ha reaparecido desde entonces en la literatura cubana

Las tensiones han llegado también a estallar dentro de las cárceles. El pasado febrero, Prisoners Defenders y el Cdpc denunciaron un motín en la prisión de máxima seguridad de Canaleta, en Ciego de Ávila. Un testimonio desde el penal atribuyó la protesta al hambre y los malos tratos y aseguró que fueron enviados refuerzos policiales que emplearon balas de goma y gas pimienta para contener a los reclusos.

La película de Gomide no entra en ese territorio de denuncia. Su apuesta es más pequeña y, acaso por ello, más íntima: mostrar cómo la prisión se extiende más allá de sus propios límites y condiciona también a quienes esperan fuera.

La imagen conecta con una antigua metáfora de la cultura cubana. En 1889, mucho antes del actual sistema político, José Martí describió la Cuba colonial como un “presidio rodeado de agua”. La figura de la Isla-cárcel ha reaparecido desde entonces en la literatura cubana como representación del encierro, la vigilancia y la imposibilidad de escapar.

En Si la vida me diera un deseo no hacen falta barrotes en cada plano. Están en otra parte. Mientras sus maridos cumplen condena, Dianelis y sus amigas siguen afuera, pero una parte de sus vidas permanece inevitablemente dentro de la prisión.

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