Un enemigo encantador

La novela de Wendy Guerra está destinada a caer mal en los dos extremos donde Cuba ha sido terreno de discusión en los últimos 60 años

‘El mercenario que coleccionaba obras de arte’, de la escritora Wendy Guerra, va más allá de los tópicos con que la historia acomoda los hechos. (14ymedio)
‘El mercenario que coleccionaba obras de arte’, de la escritora Wendy Guerra, va más allá de los tópicos con que la historia acomoda los hechos. (14ymedio)

La novela El mercenario que coleccionaba obras de arte, de la escritora cubana Wendy Guerra, incursiona en oscuros pasajes de la insurrección anticastrista apoyándose en el testimonio de un guerrero profesional. Estas confesiones vienen matizadas con anotaciones políticas y filosóficas y aderezadas con una historia de amor donde los amantes se comportan como contendientes que pretenden poseerse sin entregarse.

Casi la mitad de las páginas del libro están ocupadas por el Diario de campaña de Adrián Falcón que es la fórmula elegida por la autora para narrar los antecedentes de un sesentón coleccionista de arte a quien se acerca Valentina Villalba, una cubana vinculada al servicio diplomático de la Isla, a punto de cumplir cuarenta años, supuestamente interesada en buscar un comprador para las pinturas de su tío, Leonardo del Castillo.

En el Diario de campaña se narran las aventuras de Adrián Falcón en Estados Unidos y Centroamérica entre 1961 y diciembre de 1989, aunque su entrada en acción para cumplir la promesa de vengar al padre fusilado por la revolución cubana, comienza "durante un amanecer oscuro de 1966" siendo todavía un adolescente.

Cuando Valentina se enfrenta a Falcón por primera vez se siente fascinada por este aventurero: "conocí, por fin, al enemigo, y en vez de descargarle en caliente un tiro en la sien, le acepté gustosa una helada copa de champaña".

Para Falcón el encuentro con Valentina tenía otra lectura: "Esta mujer, dura en apariencia, fue acoplada en un juego de piezas tan frágiles que podría derrumbarse de solo tocarla. No hace falta empujarla al abismo porque ella misma elige cada día caminar al borde del peligro".

El encuentro entre los personajes protagónicos de la historia sucede en París y puede presumirse que ocurre en la primera mitad de 2017, por las alusiones a la muerte de Fidel Castro (noviembre de 2016).

Las apariciones de Valentina, hablando en primera persona, sumadas a los diálogos contados por Falcón arman un personaje atípico que escapa de los estereotipados retratos de la mujer cubana de estos tiempos. Esta “loquita”, como la llama Falcón, está más cuerda de lo que parece. Detrás del embeleso que le causan las sedas y los perfumes parisinos tiene una idea bastante lúcida de lo que ha sido y es su país; bebiendo champaña o fumando marihuana escapa del molde que se le impuso a toda una generación que no quiso ni pudo cumplir los requisitos del hombre nuevo.

Por su parte, Andrés Falcón, frío y pragmático, ha calculado que el sendero que puede llevarlo a conseguir su utopía democrática es cualquier cosa menos un lecho de rosas. El camino elegido, quizás el único que encontró, lo llevó a matar y a dejar atrás los escrúpulos para conseguir el dinero que requerían sus acciones.

La definición de mercenario quizás no sea tan precisa como la que Andrés Falcón hace de sí mismo en su Diario de campaña cuando escribe: "La metamorfosis de revolucionario a artesano profesional es lenta y, para que se consuma, hace falta la oferta de un Mefistófeles y un alma dispuesta a venderse en el momento preciso".

"La metamorfosis de revolucionario a artesano profesional es lenta y, para que se consuma, hace falta la oferta de un Mefistófeles y un alma dispuesta a venderse en el momento preciso"

El erotismo con todos sus componentes de placer y dolor, de sumisión y dominación, de impulsos irrefrenables y búsquedas innovadoras; colmado de olores, sabores, caricias y obscenidades, resulta el elemento que amalgama a un patriota anticastrista devenido en delincuente internacional con una cortesana del socialismo real, una irresistible fornicatriz más peligrosa que todas las emboscadas en que se jugó la vida.

Esta novela está destinada a caer mal en los dos extremos donde Cuba ha sido terreno de discusión y zona de combate en los últimos sesenta años.

En la Nota de la autora que aparece al final del libro, Wendy Guerra, quizás para salvar su responsabilidad de ciertas afirmaciones que suelta el protagonista, se siente obligada a precisar que en el caso del personaje "las opiniones expresadas en su voz corresponden exclusivamente a su punto de vista".

Resulta difícil determinar si la advertencia va dirigida a quienes se escandalizan por los argumentos contra la dictadura cubana o a tranquilizar a quienes piensan que la novela desmoraliza a los combatientes por la libertad.

El mercenario que coleccionaba obras de arte va más allá de los tópicos con que la historia acomoda los hechos. Ya sea clasificada por académicos, sintetizada por periodistas o fabulada por propagandistas, la Historia es incapaz de transmitir las íntimas motivaciones de una traición, el trance vivido por aquel que tiene en sus manos la decisión de matar o perdonar, el valor personal que se requiere para aceptar haber estado en el lado equivocado la mayor parte del tiempo.

Eso solo lo logra la buena literatura.

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