Una historia de chinos en Cuba

Prólogo del libro 'De Cantón a La Habana.  Una historia de chinos en Cuba' del arquitecto y caricaturista Alfredo Pong

Barrio chino de La Habana en 1958. (Archivo)
Barrio chino de La Habana en 1958. (Archivo)

Si este libro llegó a tus manos, eres un lector afortunado. No vas a leer una de esas memorias inocuas que a veces se escriben para contar lo que ocurrió en cualquier familia. Este texto autobiográfico recoge testimonios inéditos de la sociedad cubana. Su autor, hijo de chino y española, creció entre dos universos culturales distintos y vivió entre dos épocas políticas que marcaron el alma de una isla convulsa y siempre sorprendente.

Mientras viví en Cuba –de la cual emigré hace casi treinta años–, nunca fui consciente de este capítulo de su historia. Aunque tuve varios amigos descendientes de chinos, nunca me detuve a pensar en el significado etnológico de esa presencia dentro de la población cubana.

Debieron transcurrir muchos años, después de establecerme en Estados Unidos, para que empezara a descubrir la sutil pero marcada incidencia de los asiáticos en mi país. Fue un proceso que empezó a gestarse mientras escribía El hombre, la hembra y el hambre, la tercera novela del ciclo La Habana oculta, donde aparecía el fantasma de un mulato chino.

Debieron transcurrir muchos años, después de establecerme en Estados Unidos, para que empezara a descubrir la sutil pero marcada incidencia de los asiáticos en mi país

En este ciclo me había propuesto intentar comprender el espíritu de la nación, alejándome de la imagen turística que tanto se ha vendido al mundo. Mi premisa creativa partió de una pregunta: ¿qué elementos soterrados de nuestra idiosincrasia nos han conducido al caos socioeconómico y, al mismo tiempo, nos han brindado un asidero para sobrevivir espiritual y culturalmente, pese a tanta destrucción moral y material?

Para encontrar mi rumbo en este complejo recorrido –que siempre sospeché que no fluiría en una sola dirección–, trabajé con diferentes escenarios que, tomando como punto de origen La Habana, se adentraron en diversas dimensiones mítico-folclórico-mágicas conectadas con las principales etnias que componen el pueblo cubano.

Partiendo de las consabidas ramas española y africana –con sus elementos celtibéricos y yorubas– llegué a la rama china, cuya importancia empecé a aquilatar a medida que profundizaba en las bases socioeconómicas de la república anterior a 1959, año en que se produjo la catastrófica inversión del eje político en la Isla.

Para mi sorpresa, no encontré ninguna novela que explorara a fondo la colonia china en Cuba. Incluso los estudios etnográficos o estadísticos sobre esta población apenas llegaban a la decena. La bibliografía consultada me reveló estadísticas de esa inmigración, además de algunas tradiciones culinarias, curiosidades folclóricas, apuntes de su participación en la guerra de independencia contra España, y otros datos históricos, pero me faltaba el referente humano.

¿Cómo era la vida cotidiana de esos inmigrantes? ¿Cómo se habían integrado a una sociedad tan diferente a la suya? ¿Qué comían en sus casas?

¿Cómo era la vida cotidiana de esos inmigrantes? ¿Cómo se habían integrado a una sociedad tan diferente a la suya? ¿Qué comían en sus casas? ¿Cómo se relacionaban entre ellos y con el resto de la población? ¿Cuáles eran sus pasatiempos? ¿Qué creencias espirituales practicaban? ¿Habrían seguido la vía del sincretismo religioso, como otras etnias? ¿Qué anécdotas personales podría tomar como punto de partida para moldear una historia ficticia, pero basada en la vida real?

Comencé a indagar entre mis conocidos con el fin de encontrar a descendientes directos de chinos, nacidos en Cuba, que vivieran en Miami. Así fue como localicé a Alfredo Pong, un arquitecto a quien había conocido poco antes, pero cuyas señas no tenía. Primero él, y luego su madre Matilde Eng, se convirtieron en mis principales fuentes vivas de documentación para la novela La isla de los amores infinitos.

Después de mis largas conversaciones con ambos, quedé convencida de que sería un crimen no dejar constancia de todo aquel fascinante universo, perdido entre los macabros vaivenes de la historia. Se lo comenté a Alfredo. Sabía que nadie mejor que él podría contarlo. Su padre fue un cantonés de pura cepa. Y su madre, Matilde Eng, era una española rubia, de ojos verdes, oriunda de Chantada (Galicia).

Circunstancias económicas familiares hicieron que fuese enviada a China durante su infancia, donde fue adoptada por una familia de la región. Allí aprendió a hablar cantonés y olvidó su lengua natal, hasta el punto que debió aprenderla de nuevo cuando viajó desde Cantón a Cuba para casarse; pero nunca recuperó del todo su lengua. Cuando la conocí en Miami, a sus 73 años, hablaba un español de sintaxis tan enrevesada que a veces su hijo tenía que "traducirme" lo que ella me contaba.

Cómo fue que esta española llegó a Cuba para casarse con un inmigrante cantonés es una de las historias contenidas en este libro

Cómo fue que esta española llegó a Cuba para casarse con un inmigrante cantonés es una de las historias contenidas en este libro. En medio del drama familiar, su autor también va haciendo un extraordinario recuento de la situación política de la época, desde una perspectiva única, debido a que algunos de sus familiares y allegados tuvieron acceso a ciertos personajes clave de la esfera política y social de la Isla.

Entre los elementos más valiosos de este volumen se encuentran las recetas de la cocina chino-cubana. Desde mediados del siglo XIX, el flujo de trabajadores provenientes de Cantón y su mezcla subsecuente con la población de la isla crearon una mezcla gastronómica sui generis. Los cantoneses que fueron llegando –primero, como emigrantes económicos que huían de la hambruna, y después, como expatriados políticos que escapaban de la guerra– comenzaron siendo un grupo casi aislado para el cual la comida, los hábitos y el idioma que hablaban sus anfitriones resultaban totalmente alienígenas.

Poco a poco, mediante el establecimiento de alianzas familiares y de negocios, comenzaron a prosperar. En el curso de apenas dos generaciones, lograron crear una sólida estructura económica de reconocida incidencia.

La escasez de mujeres dentro de esas oleadas migratorias, y las dificultades para concertar casamientos con sus coterráneas –como era costumbre en China–, estimuló los matrimonios interraciales con mujeres blancas, mulatas y negras de la Isla. Así comenzó a gestarse una fusión cultural moldeada por las tradiciones de ambos esposos.

A diferencia de lo que ocurría en la típica familia cubana, donde siempre habían cocinado las mujeres, en los núcleos donde el cónyuge era cantonés, no eran ellas quienes se ocupaban de la alimentación. Acostumbrados a cocinar para ellos, los inmigrantes continuaron haciéndolo una vez que establecieron sus familias, lo cual propició la creación de una dieta que adaptó las recetas cantonesas a los productos de Cuba. De ahí nació una fusión culinaria que no existe en ningún otro sitio y que alcanzaría su consagración en el más famoso de los restaurantes chinos de La Habana republicana: El Pacífico.

Este local se convirtió en la meca obligatoria y referencial para los platos más emblemáticos de la gastronomía chino-cubana. Pero tras el cambio político ocurrido en 1959, muchas de sus recetas originales desaparecieron o se alteraron, debido a la escasez que obligó a sustituir los ingredientes originales por otros. Además, quienes las conocían fueron emigrando o muriendo.

A diferencia de otros sistemas de magia, la brujería china es tan hermética que pocos han oído hablar de ella, y los que saben de su existencia jamás han conseguido penetrar en sus misterios

El autor de este libro, que trabajó en su niñez como ayudante de cocina en aquel mítico restaurante, las recoge en este libro. Su memoria y su habilidad como cocinero le han permitido conservar las recetas de platos emblemáticos, como el arroz frito y las maripositas, cuyas variantes chino-cubanas son distintas a las que se sirven en otros países.

Pong también nos conduce al corazón del Barrio Chino y vecindarios adyacentes, con sus famosos trenes de lavado, sus fumaderos de opio, sus juegos de azar –la famosa charada–, sus helados de frutas, y otras tradiciones que hoy apenas sobreviven, muchas veces adulteradas, en la memoria popular.

Bajo su guía recorremos el largo y complejo camino de una migración cuasi-esclava que terminó conformando un estrato social donde casi todas las familias fundaron negocios que prosperaron hasta que una catástrofe similar a la que los sacara de su Cantón natal llegó a la isla, obligándolos a emigrar de nuevo.

Entre tantas revelaciones que aparecen en el texto, una en particular se destaca por su naturaleza inusual: la presencia soterrada, pero omnipresente, de la hechicería china. Ya se sabe que los estudios etnológicos sobre la espiritualidad y los credos de comunidades específicas suelen ser escritos por personas ajenas (casi siempre investigadores académicos) que recopilan la información "desde afuera", es decir, sin ser parte integral de esos sistemas de creencias o sin haber participado en las experiencias descritas por informantes. No es este el caso.

A través de sus memorias, el autor nos hace partícipe de hechos enigmáticos, asentados en su propia experiencia, que pudieran ser considerados mágicos, paranormales o esotéricos, según los parámetros convencionales con que suelen clasificarse este tipo de experiencias. Y, sin embargo, algunos de estos hechos "imposibles" forman parte del universo real.

A diferencia de otros sistemas de magia, la brujería china es tan hermética que pocos han oído hablar de ella, y los que saben de su existencia jamás han conseguido penetrar en sus misterios, y mucho menos estudiarla. Sin embargo, su alcance ha sido reconocido por varios investigadores, como la antropóloga Lydia Cabrera. En El monte, su obra fundamental dedicada a las creencias y ritos afrocubanos, no deja de mencionar esta particularidad: "La magia de los chinos se reputa la peor y la más fuerte de todas, y al decir de nuestros negros, solo otro chino sería capaz de destruirla. Y aquí nos encontramos con algo terrible: ¡ningún chino deshace el maleficio, la morubba, que ha lanzado un compatriota!".

Investigadores como la propia Cabrera consiguieron penetrar el secretismo de las religiones afrocubanas, tras décadas de persistente paciencia, y de su tenacidad para ganarse la confianza de sacerdotes y practicantes. No puede decirse lo mismo de la hechicería china.

Cabrera menciona el caso de José de Calazán Herrera, uno de sus informantes que, ya imbuido en el mundo de la brujería afrocubana, había caminado toda la isla para conocer más sobre los hechiceros chinos, pero "jamás pudo penetrar ninguno de sus secretos ni aprender nada de ellos". De sus pesquisas solo sacó en claro que "comen una pasta de carne de murciélago en la que van molidos los ojos y los sesos, excelente para conservar la vista; que confeccionan con la lechuga un veneno muy activo; que la lámpara que le encienden a Sanfancón alumbra, pero no arde; que siempre tienen detrás de la puerta un recipiente lleno de agua encantada que lanzan a espaldas de la persona que quieren dañar, y que alimentan muy bien a sus muertos".

Las cursivas que aparecen en la cita son mías. Y las he añadido porque esta aseveración juega un papel importante en la última parte de este testimonio. La existencia de ese veneno sacado de la lechuga –imposible de detectar, según me contó Pong– fue motivo de interés por parte del Ministerio del Interior cubano, específicamente de la Seguridad del Estado, quien mantuvo bajo prisión y amenaza a una hechicera china, conocedora de su fórmula, para que se lo revelara, lo cual, dicho sea de paso, muestra otro de los oscuros mecanismos a los que ha estado apelando ese gobierno desde hace más de sesenta años.

De paso, el episodio también podría explicar ciertos rumores que durante años han permeado la historia política de la isla, sobre ministros, funcionarios y militares cubanos, víctimas de inesperados y convenientes fallecimientos “naturales” al poco tiempo de haber sido acusados de traición y depuestos de sus cargos… Detalles de esta naturaleza arrojan luz sobre un universo hasta hoy oculto y digno de investigaciones más profundas.

No obstante, sea cual sea la perspectiva con la que el lector quiera acercarse a este libro –ya sea de tipo etnográfica, gastronómica, esotérica o simplemente humana–, sin duda constituirá una lectura que enriquecerá su visión sobre la presencia de los chinos en la sociedad cubana.

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El libro De Cantón a La Habana. Una historia de chinos en Cuba, de Alfredo Pong Eng, está publicado por la editorial española Aduana Vieja.

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