Miniaturas
Humberto Calzada, sobre blanco y negro
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Salamanca/Era apenas el inicio de la era de los hostales –en la que la palabra hostal significaba algo superior al hotel, más cálido y trabajado– cuando entré, deslumbrado, a un patio remediano. Alrededor de la Parroquial Mayor casi todas las casas conservaban sus tejas coloradas, sus ventanales de madera blanca, sus portones con aldabas en forma de león. Me invitaron a una de esas casonas de baldosas blancas y negras, como las de una logia, y pasé al patio.
Con el calor agobiante de España, el solo pensamiento de ese patio me refresca. Columnas de un metro de diámetro puntuaban el espacio cuadrado, que tenía mucho de claustro de convento. Los claustros eran una miniatura del paraíso, y cuando un monje entraba en ellos debía pensar que le estaban ofreciendo un fragmento de la eternidad. Aquel patio era así. Entre las palmas y los arbustos había jaulas con cotorras y pericos, y alrededor de la fuente se movía con parsimonia una jicotea colosal.
Aunque las casonas de Humberto Calzada no son las de Remedios sino las de La Habana extramuros, Trinidad o Cienfuegos, evocan –como mi patio villareño– el sentimiento de un lugar perdido.
Es la casa con patio central en el que desemboca la vida diaria, los cuartos con mamparas, los vitrales y las arcadas huecas, en las que los viejos escondían los objetos valiosos. Calzada se fue de Cuba con 16 años y la familia le pidió a un tío que resguardara algunos bienes. Muchos cubanos, en los 60, hicieron lo mismo.
Las casas cubanas se llenaron entonces de pasadizos secretos, paredes tapiadas, pomos con dinero y joyas, falsos sótanos
Las casas cubanas se llenaron entonces de pasadizos secretos, paredes tapiadas, pomos con dinero y joyas, falsos sótanos. Desde luego, Fidel Castro lanzó jaurías de buscadores de tesoros para desmantelar los chalés expropiados, y hoy muchos de esos objetos –desde jarrones de porcelana hasta tablas flamencas– decoran las mansiones de los jerarcas del comunismo.
La obra de Calzada es la recuperación o la invención de esas casas llenas de misterios. Ingeniero de formación, arquitecto frustrado, renunció a su carrera en el mundo corporativo para pintar. Su filosofía consiste en recordar los espacios en los que vivió de niño, las fincas coloniales, los grandes vitrales habaneros, y una vez recreados lanzarlos al agua o prenderles fuego. A veces restaura esos chalés platónicos. A veces los deja como están.
Dos viajes de regreso a la Isla –uno a Las Villas, otro a La Habana–, ya en la vejez, le resultaron devastadores. En una entrevista con William Navarrete, describió el rencuentro como ver de nuevo a una “Miss Universo que no has vuelto a ver por 40 años y te la encuentras al cabo de todo ese tiempo ajada, deslucida, decrépita e irreconocible. Fue un choque tan violento que aún no logro olvidarlo ni me he recuperado nunca de la impresión”.
Como muchos de los exiliados que se fueron temprano de Cuba, Calzada se fue replegando en su casa de Miami contra las oleadas de “actualidad”. Era conocido por ser un hombre hospitalario, que recibía a los artistas recién llegados a la ciudad (costumbre desaconsejable ahora) en su estudio con baldosas bicolores, como las de la casona de su infancia.
El mareo óptico que producen los pisos blanquinegros de las casas cubanas tiene un significado metafísico
A pesar del colorido de sus cuadros, de la tranquilidad que emana de ellos, creo que el fundamento de su arte está en ese suelo binario, masónico, cibernético en cierto modo –Calzada fue empleado de IBM, empresa que detestaba–. El mareo óptico que producen los pisos blanquinegros de las casas cubanas tiene un significado metafísico, y no importan las florituras de la mansión, la luz de los cristales, el fresco del patio, en el fondo todo se reduce a ese contraste. En los momentos de reflexión o de drama familiar, cada quien se mece en el sillón mirando esas baldosas filosóficas.
El cuadro que más me gusta de Humberto Calzada es precisamente Paraíso y refugio de un filósofo, que pintó en 2015. Es un cuadro de vejez, de una simetría insoportable. Sobre las baldosas, una fachada doble, con vitrales. A la derecha una escalera de caracol –otro símbolo del mareo criollo y del mundo secreto de las barbacoas y azoteas–, a la izquierda dos columnas truncas, otra vez emblemas masónicos de la muerte. Al fondo está el mar. Ver de nuevo ese mar es una gran tentación para el exiliado. Como los patios y las mamparas, uno solo vuelve a ver el mar para despedirse de él.
Calzada nació en La Habana en 1944. Se exilió en 1960, con su familia, y murió en Miami el pasado 17 de agosto. Quien mejor lo definió no fue un crítico, sino un político, Carlos Alberto Montaner: “El mundo que él rescata es el mundo que todos nosotros perdimos y que él, generosamente, nos devuelve”.
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