Un libro de cuentos: La inquietísima paciencia de Alberto Méndez Castelló

Literatura

El periodista cubano convierte en ficción la Cuba que ha recorrido y retratado durante más de una década

Méndez Castelló, periodista y escritor cubano, ha desarrollado buena parte de su obra alrededor de la realidad política y social de la Isla.
Méndez Castelló, periodista y escritor cubano, ha desarrollado buena parte de su obra alrededor de la realidad política y social de la Isla. / Alberto Méndez
Luis Felipe Rojas

22 de agosto 2026 - 07:58

Miami/Alberto Méndez Castelló estrena libro de cuentos, y cuando algo así pasa, los lectores sentimos detenerse el tiempo. Esas cosas mágicas hacen literatura.

Ya uno no debería preguntarse si un escritor del siglo XXI puede ser hemingwayano o no. Ya esas minucias deberíamos dejarlas al pairo. Los cuentos escritos por un hombre que ha visto medio mundo derrumbarse ante sus pies, bastarían. Pero en el caso de nuestro Alberto, nunca es suficiente.

Resulta que el periodista independiente que lleva más de una década reportando para Cubanet, Diario de Cuba o Martí Noticias las menudencias de un país en picada, de una narrativa que se retuerce en sí misma, lo hace desde su Puerto Padre querido, al oriente de la Isla.

“Puerto Padre tiene cosas…”, dice la canción. Una de ellas es este, su prontuario en forma de ficción: La isla de los esqueletos, editado por el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo. La vida, la muerte y la resurrección son infinitas, se traduce tras una primera lectura.

Hay siete piezas de distinto aliento. Un escritor realista como Méndez siempre apela al impacto intermedio, esa templanza que hay que tener para “ahorcar” al lector y hacerlo llegar al punto final. Cuentos breves, un relato largo que aspira a ser una novela corta. Una vida, y otras piezas muy bien atendibles.

Un escritor realista como Méndez siempre apela al impacto intermedio, esa templanza que hay que tener para “ahorcar” al lector y hacerlo llegar al punto final

Un náufrago, una especie de Robinson tropical le escribe a “Karl”. Las vicisitudes de un insiliado siempre tienen aristas diferentes, en esta ocasión, pasada la primera veintena del siglo XXI. Es un náufrago, y le escribe a quien lo ha visto entre olas: “Como intenté decirle, cuando se interrumpió el correo electrónico por falta de batería, al partir no confrontamos dificultades con los pasaportes; sin contratiempos abordamos el crucero, como dos turistas más”.

Escribir es lanzarse a un naufragio, y así lo asume el escritor para el resto de sus personajes. Mujeres que sufren la desolación, la entrega obligatoria del cuerpo; la rendición de la condición de un ser humano, el claustro, la aniquilación de la familia a nivel microscópico: todo en un conjunto de relatos.

Aunque su autor se empeñe en su ardid de una novela corta, con La isla de los esqueletos, los relatos breves –y a veces de largo aliento– vuelven a esa fiesta que es volver a la ficción que lleva siglos sobrepasando los obstáculos que el entretenimiento contemporáneo nos pone como zancadillas a cada paso. 

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