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El saxofón de Efrén es supervivencia; la música de Díaz-Canel, "espada" de la Revolución

Música

El artista jubilado toca en las calles de La Habana para mejorar su pensión miserable, mientras el mandatario reúne a representantes de la cultura oficial en el Palacio de la Revolución

Cada melodía representa la posibilidad de conseguir algún dinero para completar una jubilación miserable. / 14ymedio
Juan Diego Rodríguez

22 de octubre 2026 - 14:33

La Habana/El saxofón de Efrén rescata entre el bullicio del bulevar de San Rafael una melodía que los cubanos llevan casi noventa años escuchando. Es El amor de mi bohío, la célebre guajira de Julio Brito, una canción que evoca un país de palmas, campos verdes y amores sencillos. Pero la Cuba que rodea al músico tiene poco que ver con aquella estampa bucólica. Efrén está jubilado y, después de una larga carrera en bandas civiles y militares, ha tenido que convertir la calle en su escenario. Como están las cosas, explica, no le queda más remedio que salir a “luchar” para poder vivir.

No cuenta con un teatro, una orquesta ni un público sentado cómodamente en sus butacas. Su auditorio son los transeúntes que atraviesan una de las calles comerciales más conocidas de La Habana. El instrumento que lo acompañó durante su vida profesional es ahora también su herramienta de supervivencia. Cada melodía representa la posibilidad de conseguir algún dinero para completar una jubilación miserable. Y con cada vez menos turistas, de quienes los músicos callejeros esperan buenas propinas, todo resulta más difícil.

Su historia condensa una de las paradojas más dolorosas de la Cuba actual: un país que presume de su extraordinaria tradición artística, pero donde músicos veteranos deben recurrir a la generosidad de los desconocidos, día tras día. Son los supervivientes de una época en que las bandas de música todavía ocupaban un lugar visible en la vida cotidiana, las salas de conciertos tenían una programación estable y muchos artistas podían aspirar a vivir de su oficio.

Dos saxofones, dos escenarios y dos realidades: uno sonó ante la cúpula en Palacio, mientras el de Efrén busca unas monedas entre los transeúntes de San Rafael

La escena contrasta con lo ocurrido este martes, Día de la Cultura Cubana, cuando Miguel Díaz-Canel reunió en el Palacio de la Revolución a un grupo de artistas e intelectuales afines al Gobierno. El encuentro comenzó con la música de Pancho Amat y el saxofonista César López, que interpretaron varias piezas emblemáticas del repertorio nacional. Luego, el mandatario repitió la vieja consigna sobre el papel del arte como “escudo” de la identidad cubana y “espada” para defender la Revolución y el socialismo. Dos saxofones, dos escenarios y dos realidades: uno sonó ante la cúpula en Palacio, mientras el de Efrén busca unas monedas entre los transeúntes de San Rafael.

Las cifras del propio Gobierno revelan la distancia entre los discursos y las prioridades. En 2025, el Estado presupuestó apenas 11.264 millones de pesos para la cultura, frente a los 93.237 millones destinados conjuntamente a administración pública, defensa y servicios comunales, una cantidad 8,3 veces superior. La inclusión de los servicios comunales en esa partida impide conocer cuánto absorben realmente las Fuerzas Armadas y el enorme aparato burocrático, y cuánto llega al mantenimiento de los espacios públicos, cuyo deterioro salta a la vista en todo el país. La cultura será, según la vieja consigna, “lo primero que hay que salvar”, pero el reparto del dinero invita a preguntarse qué significa exactamente esa promesa.

Tampoco es necesario acudir a las estadísticas para descubrir el deterioro. En agosto, 14ymedio documentó cómo el Centro Cultural Bertolt Brecht había tenido que improvisar un escenario en un pasillo, aprovechando la luz natural y utilizando una pequeña bocina conectada a un teléfono móvil. El colapso energético había convertido el montaje de una obra en una carrera de obstáculos.

Meses antes, en marzo, los músicos del Gran Teatro de La Habana decidieron continuar un concierto dedicado a Enrico Caruso después de que un apagón general dejara el edificio sin electricidad apenas veinte minutos antes de comenzar. Aquella noche, la música sobrevivió a la oscuridad gracias a la voluntad de sus intérpretes, no a las prioridades del Gobierno.

Una tradición cultural no desaparece de golpe: se va apagando lentamente, entre escenarios vacíos, instrumentos guardados y espectadores que ya no pueden permitirse una entrada ni el transporte para llegar al teatro

Pero el apagón cultural que sufre Cuba es mucho más profundo que los cortes eléctricos. El transporte público, cada vez más escaso, dificulta que los espectadores lleguen a las salas y que los artistas asistan a los ensayos. La inflación devora los salarios, las instalaciones envejecen sin mantenimiento y la emigración ha dejado a numerosas compañías sin parte de sus intérpretes, directores y técnicos.

El deterioro alcanza también a quienes todavía se empeñan en mantener abiertos los escenarios. A principios de octubre, la agencia Reuters describió cómo los integrantes de Impulso Teatro continuaban trabajando en La Habana entre velas y lámparas recargables, sin electricidad suficiente para utilizar los equipos habituales de iluminación y sonido. Carlos Pérez, Premio Nacional de Teatro de 88 años, explicó las dificultades económicas que obligan a numerosos profesionales del sector a buscar otros trabajos para sobrevivir.

Una tradición cultural no desaparece de golpe: se va apagando lentamente, entre escenarios vacíos, instrumentos guardados y espectadores que ya no pueden permitirse una entrada ni el transporte para llegar al teatro. El Gobierno continúa reclamando a los artistas compromiso y sacrificio, mientras muchos de ellos enfrentan la vejez sin recursos suficientes y sin que su trayectoria profesional les garantice una existencia digna.

En el bulevar de San Rafael, Efrén sigue tocando El amor de mi bohío. No necesita reflectores ni un discurso sobre la importancia de la cultura. Su saxofón conserva algo que los apagones, la pobreza y los años todavía no han conseguido arrebatarle: la capacidad de emocionar. Pero detrás de cada nota hay también una pregunta incómoda para quienes repiten que la cultura es lo primero que debe salvarse: ¿quién salva a los artistas?

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