La ofensiva despertó cuando ya era demasiado tarde

El equipo cubano de béisbol protagoniza una de sus más vergonzosas actuaciones con la derrota en los Panamericanos

La derrota ante Canadá, vigente campeón, no ha sorprendido tanto como la caída ante Colombia del primer día.
La derrota ante Canadá, vigente campeón, no ha sorprendido tanto como la caída ante Colombia del primer día.

El equipo cubano fue a Lima en busca del oro, pero ni siquiera pudo terminar entre los cuatro finalistas y quedó vergonzosamente eliminado después de perder 6-1 ante Colombia, primero, y luego 8-6 ante Canadá. Quienes creyeron que ya nuestro béisbol había tocado fondo, se equivocaron viendo la peor actuación de un conjunto de la Isla en los Panamericanos.

En definitiva, el terreno limeño con el grato nombre de Villa María del Triunfo les resultó a los peloteros cubanos tan fatal como cualquier otro del mundo, llámese como se llame, en los últimos años.

Después de llegar a la capital peruana proclamando a los cuatro vientos que le disputarían la corona continental a Canadá, lo primero que hizo Cuba fue perder contra Colombia, cuando ni los más veteranos cafeteros recordaban una victoria ante la otrora gran potencia beisbolera.

Después de llegar a la capital peruana proclamando a los cuatro vientos que le disputarían la corona continental a Canadá, lo primero que hizo Cuba fue perder contra Colombia

Y mucho menos 6-1. Al contrario, parecía que sería un debut adverso para los colombianos, que no habían conseguido permiso para que asistieran sus jugadores en Grandes Ligas y que no tuvieron mucho tiempo para prepararse. Pero hicieron saltar del box a Lázaro Blanco en la tercera entrada, donde anotaron tres carreras con dos jonrones. En el séptimo inning hicieron otra y remataron con dos en el octavo.

Cuba marcó la suya en el sexto por boleto, hit y error del jardinero central. Solo cinco indiscutibles. Una derrota humillante. O lógica, dirían aquellos que encendieron las alarmas tras el tope con Nicaragua. Los bateadores cubanos fallaron siete de las ocho veces en que encontraron a hombres embasados y los tres primeros de la alineación batearon de 11-0.

Sin dudas, por otra parte, el mentor Rey Vicente Anglada apeló a lo mejor que tenía a su disposición, incluyendo a su mejor lanzador y a los jugadores llegados de ligas extranjeras. Todo en vano. Finalizado el encuentro, el mentor reconoció que todavía no ha podido hallar una respuesta para la baja ofensiva de sus muchachos.

En el segundo juego, sin embargo, contra Canadá, el único gran rival esperado, los cubanos batearon mucho más, superando la decena de indiscutibles y con cuadrangulares de Raúl González y Yunior Ibarra, pero falló el pitcheo e incluso la dirección, que confió demasiado en Yoanni Yera. Las esperanzas puestas en Yurisbel Gracial resultaron nuevamente vanas.

"Asumo mi responsabilidad, tal vez me equivoqué", declaró Anglada tras el partido, "pero quiero darle el crédito a los muchachos por su entrega en el terreno, sus deseos de darlo todo y, aunque las cosas no salieron, se vio una muestra cercana del equipo Cuba que queremos".

En honor a la verdad, no estaba fuera de los planes este fracaso ante los norteños, aun si no hubiese sido reñido

En honor a la verdad, no estaba fuera de los planes este fracaso ante los norteños, aun si no hubiese sido reñido. Canadá trajo una escuadra bien balanceada y con experiencia, incluyendo a varios jugadores de MLB y otras ligas y a uno de los mejores directores de su historia. Valga destacar que en su nómina los bateadores zurdos duplican en cantidad a los derechos.

Pero lo más preocupante del desempeño de Cuba no está tanto en las derrotas como en el hecho de que, tras una larguísima y compleja preparación, fue seleccionado lo mejor que todavía puede encontrarse en la pelota nacional —exceptuando a Alfredo Despaigne—, mientras los demás equipos en la competencia no contaron con sus hombres de élite.

La máxima jerarquía deportiva le había colgado al cuello la etiqueta de favorita a la selección sin tener en cuenta la preocupante actuación que había tenido en meses recientes la mayor parte de sus atletas. Como si la realidad y el deseo pudieran ser una misma cosa. Como si la propaganda pudiera más que el empecinamiento de los hechos. Como si el desastre de hace un año, en los Centroamericanos de Barranquilla, no hubiera significado nada.

Quizás creyeron esos jefes que la misión sería más fácil con la ausencia de Estados Unidos y de México, y que, como a Cuba le tocó en suerte el grupo más suave, solo tendrían que fajarse duro contra Canadá —ahora campeón por tercera vez consecutiva—, y que Colombia y Argentina serían pan comido.

Después de esta hecatombe, resulta más ilusorio que nunca siquiera soñar con la redención del béisbol nacional

Después de esta hecatombe, resulta más ilusorio que nunca siquiera soñar con la redención del béisbol nacional. Esta medalla de oro perdida era un paso vital. La última vez que la Isla se coronó, en Río de Janeiro 2007, también estaba al mando Rey Vicente Anglada. Luego no ha habido otra corona, ni en Guadalajara 2011, ni en Toronto 2015, ni ahora en Lima 2019.

A diferencia de aquella última ocasión hace 12 años, en este momento nos hallamos en la máxima plenitud del fracaso de la política gubernamental en la pelota, en el nadir de la caída del deporte nacional.

Y eso, digan lo que digan los jefes y culpen a quien culpen, lo saben muy bien los especialistas, la afición y, sobre todo, los propios peloteros. Principalmente los más jóvenes, que reconocen que el futuro, ahora mismo, no puede ser más negro.

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