La odisea de 4 meses de un cubano que llegó a EE UU después de sobrevivir al río Bravo

Emanuel Novoa, migrante de 26 años originario de La Habana, narra sus vicisitudes a lo largo de 11 países

El migrante cubano Emanuel Novoa llegó a EE UU el pasado 9 de abril. (Cortesía)
El migrante cubano Emanuel Novoa llegó a EE UU el pasado 9 de abril. (Cortesía)

"Intenté virar, pero la corriente no me dejó. Tenía la mochila en la espalda, intentaba avanzar y solo lograba ir hacia un costado. Quería quitarme la mochila pero me hundía más, no podía flotar, hasta que me dejé sumergir por uno de los remolinos para poder librarme de la mochila debajo del agua". Emanuel Novoa, migrante nacido en La Habana hace 26 años, casi no vive para contarlo.

Poco imaginaba él el trance en el que le pondría el río Bravo cuando salió de Cuba hace apenas un año. Después de probar suerte en varios países sudamericanos, decidió emprender viaje a Estados Unidos desde Uruguay. Un viaje de cuatro meses y 11 países.

Novoa fue uno de los migrantes varados en Necoclí, Colombia, entre enero y febrero pasados. Tras cruzar la temida selva del Darién y los campamentos panameños, llegó a Paso Canoas, al sur de Costa Rica. "Para ese entonces, el grupo grande con el que crucé desde Colombia a Panamá estaba muy desagregado. Solamente andábamos un grupo pequeño de cubanos y haitianos", narra el joven.

"Con la ayuda de unas amistades, coordiné con un coyote para que me cruzara por suelo guatemalteco, porque este país es más difícil"

De Paso Canoas salió un día hacia San José, la capital costarricense, a las cuatro de la tarde. "Ese es el horario en el que menos riesgo se corre de que Migración te detenga", asegura. Al llegar a San José, en la Terminal 7-10, abordó una guagua rumbo a Los Chiles, pueblo fronterizo con Nicaragua con la intención cruzar hacia San Carlos, un pequeño municipio, capital del departamento de Río San Juan.

Bordeando varios retenes, sobornando a agentes policiales corruptos, pudo llegar a Danlí, pueblo hondureño donde abordó su próximo transporte hacia Tegucigalpa. "Con la ayuda de unas amistades, coordiné con un coyote para que me cruzara por suelo guatemalteco, porque este país es más difícil", asegura. "Cuando llegamos a la frontera ya me estaba esperando".

Relata los detalles de la corrupción a la que frecuentemente han de enfrentarse los migrantes: "La misma policía te baja de la guagua y te pregunta: ¿cuál es tu coyote? Ya él sabe quién eres tú, te levanta la mano y te vas con él". Pasar por toda Guatemala le costó 250 dólares.

Ya en Tapachula, México, se dirigió a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) a solicitar su Clave Única de Registro de Población Temporal para Extranjeros (Curp), con la que se acredita haber iniciado el trámite para permanecer de manera regular en territorio mexicano. La obtuvo en una semana.

Lo sensato era presentarse ante el Instituto Nacional de Migración, solicitar una visa humanitaria que le permitiera moverse por México sin temor a ser detenido y esperar antes de dirigirse a la frontera, pero la realidad fue otra. "Todo el mundo estaba subiendo y decidí hacerlo también, solo con el papel de Comar", explica.

"La misma policía te baja de la guagua y te pregunta: ¿cuál es tu coyote? Ya él sabe quién eres tú, te levanta la mano y te vas con él"

El pasado 9 de abril, con 50 pesos en el bolsillo, llegó a Ciudad Acuña, en el estado de Coahuila. Allí, a las mismas puertas del paraíso que representa para un cubano el suelo estadounidense, le agarró la noche.

Escondido entre los árboles, pretendía esperar al amanecer para cruzar. Pero se asustó. "Me asaltó el miedo a que me agarraran. A las nueve y pico me pasó un dron por encima y me preocupó", cuenta. "Le pedí ayuda a Dios: en tus manos encomiendo mi vida, y me metí al río".

"Con tremendo trabajo y luego de tragar mucha agua, pude salir nuevamente a la superficie. Fue muy duro, prácticamente morí".

El trance duró solo unos diez minutos, pero todo pasó "despacio y rápido a la vez".

"Logré salvarme por las ramas de unos árboles que daban hacia el río. La corriente me llevó hasta unas de ellas y pude agarrarme. Y así, haciendo un esfuerzo tremendo, llegué a la orilla, ya en suelo estadounidense y caí de rodillas, casi desmayado. Besé el suelo y le di gracias a Dios. Ni siquiera podía levantar los brazos, estaba muy agotado, tenía ganas de tenderme en el suelo pero me dije: no, Emanuel, usted se levanta y sale a buscar a Migración, y así hice".

"Volvería a hacer el trayecto una y mil veces si fuera necesario. Mi meta es comerme el mundo. Llegar a Estados Unidos es solo parte del camino"

Tras cruzar el río Bravo, Novoa fue rescatado en Texas (EE UU) por unos militares que lo llevaron con la Patrulla Fronteriza. Le dijo a las autoridades que era cubano y había cruzado para solicitar asilo político. Pasó ocho días entre varios centros de detención de inmigrantes hasta que fue trasladado a uno en Prairieland.

"No te sientas a hacer una historia, los oficiales son muy precisos, solicitan que respondan solo lo que te preguntan y con eso hacen las anotaciones para confirmar el temor creíble. Indagaron sobre mi familia, dónde iba a residir aquí en Estados Unidos, cuándo y hacia dónde salí desde Cuba, si solicité refugio o tengo residencia en un tercer país. Son muy exigentes con las fechas, por lo que es importante que si no recuerdas el día exacto de algo que te pasó, digas aproximadamente mes y año".

En menos de una semana, Novoa recibió una respuesta positiva de Migración, pasó la entrevista de temor creíble y fue liberado bajo palabra. "Estoy a la espera de mi juicio de asilo con fecha para el próximo 7 de julio".

Pese a todas las vicisitudes, la constante zozobra de ser atrapado y deportado a la Isla, Emanuel Novoa fue muy firme en su posición: "Volvería a hacer el trayecto una y mil veces si fuera necesario. Mi meta es comerme el mundo. Llegar a Estados Unidos es solo parte del camino".

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