El honorable encanto de la censura

El dramaturgo relata su encuentro en Londres en 2013 con otro autor silenciado, el cubano José Triana

Yunior García con el dramaturgo José Triana, en 2013 en Londres. (14ymedio)
Yunior García con el dramaturgo José Triana, en 2013 en Londres. (14ymedio)

"¡Hay que tumbar esta casa!"

Beba, en 'La noche de los asesinos', de Pepe Triana

En el año 2013 tuve la suerte de conocer a uno de los más grandes dramaturgos cubanos de todos los tiempos: José Triana. Yo me encontraba de visita en Londres para el estreno de Feast, un espectáculo que escribimos cinco autores de cinco países para el Royal Court Theatre. Triana, por su parte, asistía a la lectura dramatizada de uno de sus textos. Una amiga me había conseguido a última hora dos entradas para la Real Academia de Arte Dramático, así que convencí a la joven traductora que me acompañaba a todas partes en Londres y nos fuimos corriendo a conocer al célebre autor de La noche de los asesinos.

"¿Cubano de Cuba o de Miami?", me soltó Pepe con un tono que seguramente había empleado otras veces. "De Holguín –le respondí –, aunque vivo en La Habana". Triana me analizó de pies a cabeza en dos segundos preguntándose cosas que jamás dijo en voz alta, pero que yo podía adivinar. Ocurre una extraña mezcla de suspicacias cuando dos colegas cubanos coinciden en otra esquina del planeta. Él tenía a un montón de admiradores británicos que lo esperaban para tomar un té en una cafetería cercana, pero se tomó el atrevimiento de invitarme. Quería escuchar de primera mano noticias sobre el gremio teatral y, sobre todo, quería saber qué pensaba un joven como yo sobre la realidad de la Isla.

Por aquel entonces yo había escrito textos como Sangre, Asco y Semen, que eran totalmente críticos con la dictadura, pero me sentía cómodo siendo un autor "contestatario", al que aún le permitían algunas libertades con tal de que no cruzara una línea imprecisa e invisible. Desbordante de optimismo le hablé de cambios, de aperturas y tolerancia. Le aseguré que ya se podía hablar con mayor soltura sobre el Quinquenio Gris, la parametración, las Umap.

Me gustaría volver a encontrarme con Pepe en un café londinense bajo una pertinaz llovizna. Desearía contarle que me he curado un poco de aquella ingenuidad que albergaba en la mente, la lengua y el pecho

Le conté emocionado sobre el estreno de Los siete contra Tebas, aquella obra de Arrufat que esperó cuarenta años para subir a los escenarios dentro de Cuba. Le dije incluso que estaba seguro de que él no corría ningún peligro si decidía volver para reencontrarse con sus colegas y con su público. Triana me colocó una mano sobre el hombro y me miró largamente antes de hablar. "Yunior –me dijo en voz baja y pausada –, muchos de los que quisieron destruirme... siguen vivos, siguen allí y siguen con poder. Nada ha cambiado".

Yo no quise insistir. Su mirada era un punto final para aquel tema de la charla. Volvió a sonreír y evitó utilizar esas frases que remiten a tu juventud para llamarte ingenuo. Yo preferí intentar convencerlo con acciones desde la distancia. Propuse su nombre varias veces para el Premio Nacional de Teatro, por la obra de toda la vida. Quise dedicarle una edición del Festival Nacional de Teatro Joven que nuestro grupo organizaba desde Holguín. Intenté enviarle varios mensajes, de muchas maneras y a través de diversos amigos en común. No volvimos a vernos.

Pepe Triana ya ha muerto y nunca recibió el Premio Nacional de Teatro. Yo crucé en algún punto aquella línea invisible e imprecisa. Viví interrogatorios y campañas de descrédito, fui lanzado a un camión de escombros, acabé en la cárcel, sufrí actos de repudio, decapitaron palomas en mi puerta, amenazaron a mi familia, intimidaron a mis amigos, me obligaron a irme. Hoy mi grupo de teatro en Cuba ha sido cerrado y mis obras están prohibidas. Hoy soy para ellos un gusano más, un traidor, un enemigo del pueblo.

Me gustaría volver a encontrarme con Pepe en un café londinense bajo una pertinaz llovizna. Desearía contarle que me he curado un poco de aquella ingenuidad que albergaba en la mente, la lengua y el pecho. Sería un placer decirle que ya formo parte de la honorable lista de autores que la dictadura intenta silenciar. Me encantaría confesarle: Tenías razón, Pepe, nada ha cambiado. Incluso puede que todo esté peor. Pero seguimos, como tus personajes, intentando tumbar la casa, para volver a levantarla... sin oprobios.

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