Dos vidas ahogadas en el río Bravo

La responsabilidad de esta sangría migratoria es compartida, cada uno de nosotros tiene algo de culpa

Los cuerpos sin vida de Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija de un año, Valeria, a orillas del Río Bravo en Matamoros, frontera de México con EE UU. (EFE/ Abraham Pineda-Jácome)
Los cuerpos sin vida de Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija de casi dos años, Valeria, a orillas del Río Bravo en Matamoros, frontera de México con EE UU. (EFE/ Abraham Pineda-Jácome)

"Tengo un hermano en Houston", "no encuentro trabajo", "aquí hay mucha violencia", fueron algunas de las razones para la emigración que me contaron aquellos tres jóvenes de mirada chispeante y hablar pausado. Estaba con ellos en un remoto poblado de El Salvador -hace apenas un mes- y les hice la pregunta que me ha obsesionado por décadas ¿Por qué emigra la gente? La misma interrogante que he pronunciado ante cubanos en la selva del Darién, africanos recluidos en albergues panameños y hondureños viajando sobre el techo de La Bestia, en México.

Esta semana, los cuerpos de un salvadoreño y de su hija fueron encontrados flotando en el río Bravo tras intentar entrar por la frontera sur de Estados Unidos. Mi primera reacción fue la de mirar su rostro, para ver si se trataba de alguno de aquellos jóvenes con los que hace poco menos de cuatro semanas conversaba en un lejano paraje de ese país centroamericano. Pero en la imagen que se ha difundido, ambas víctimas están ahogadas y boca abajo en la ribera. Flotan unidas en un abrazo final que vuelve la escena aún más dramática.  

¿Por qué emigra la gente? volví a preguntarme tras observar la foto y, yo misma, me respondí que por causas tan variadas como las que me contaron aquellos jóvenes en la comunidad de Santa Marta. Ellos escapan de la pobreza, de la falta de oportunidades y de los maras que son un cáncer que atraviesa al pequeño país, también conocido como el Lilliput del Pacífico. Huyen de la desesperanza y muchos ponen también su empeño en completar la ruta que antes hizo un primo, un hermano, el propio padre.

Es el ciclo de la fuga. Un camino en el que se arriesgan al saqueo, la violación, la esclavitud moderna, la deportación y la muerte

Es el ciclo de la fuga. Un camino en el que se arriesgan al saqueo, la violación, la esclavitud moderna, la deportación y la muerte, pero que aún así emprenden con una dosis de ilusión similar a la que motivó a los primeros humanos a explorar nuevos territorios. Pero ya no estamos en aquellos tiempos de descubrir lugares o perseguir la mejor caza, sino en la era de los desplazamientos motivados por la guerra, el deterioro de los recursos naturales, la pobreza, la falta de oportunidades laborales y la ausencia de derechos. No es el éxodo de la expansión sino de la huida.

He viajado por toda América Latina en busca de la respuesta a mi interrogante y tras ese periplo solo puedo decir que la responsabilidad de esta sangría migratoria es compartida. Cada uno de nosotros tiene algo de culpa. Dirigir el dedo acusador solo a una parte es desconocer la multiplicidad de hebras -entre las que se mezclan la inconformidad y el deseo; el dolor y los sueños- que terminan por tejer cualquier decisión o voluntad de emigrar.

Se van, no solo por la atracción que ejercen países más ricos y seguros como Estados Unidos, donde muchos de estos migrantes ya tienen parientes que los esperan. No, no todo se reduce a los cantos de sirena de una vida más próspera. Reducir la partida a una búsqueda de comodidad, al impulso de acceder a calles mejor asfaltadas, mercados más surtidos, un transporte público que funcione mejor o a un salario más generoso es desconocer la complejidad del alma humana. Sería reducir a la gente a un estómago o una mano que juega con el control remoto de un dispositivo electrónico de última generación.

Esta fuga constante que marca la vida de miles de seres humanos en nuestro continente va fundamentalmente a la cuenta de los Gobiernos y de las instituciones de unas naciones que no han logrado ofrecer una vida digna a sus ciudadanos. Países donde muchas veces la política se ha ejercido más como campo de pelea entre fuerzas partidistas o ideológicas que como plataforma de servicio público para beneficiar con iniciativas y programas a la población. 

La gente parte especialmente de los lugares donde se ha enquistado la corrupción, el populismo y -en muchos casos- el clientelismo alimentado por el dinero de los programas internacionales

La gente parte especialmente de los lugares donde se ha enquistado la corrupción, el populismo y -en muchos casos- el clientelismo alimentado por el dinero de los programas internacionales. Para colmo, en buena parte de América Latina los ejecutivos toman decisiones que están impulsadas por las conveniencias de un grupo, antes que por el beneficio de la gente. En lugar de alimentar la esperanza abonan la confrontación y la desconfianza.

También se escapan de la falta de libertades. Ser libre no es solamente poder salir en una manifestación a presentar reclamos, votar en elecciones o decidir la fuerza política a la que se quiere apoyar. Los barrotes pueden estar formados por la incapacidad de influir en el derrotero nacional, por el miedo al castigo si se expresa una crítica, por la intolerancia de ciertos grupos y el temor a arriesgarse en el ejercicio del civismo.

La estampida también es provocada por esos grupos de la sociedad civil que prefieren ajustarse a una agenda extranjera, pensada y elaborada en alguna oficina europea, antes que ir a sus calles, escuchar los problemas de la gente común, desarrollar programas para hacerles amar su entorno, trazar planes en su país, aglutinarse para enfrentar las dificultades y hasta para defenderse.

Los dos cuerpos inertes, encontrados esta semana, simbolizan el desespero de todos los que han partido de sus tierras: hondureños, cubanos, haitianos o salvadoreños. Padre e hija flotan sobre las aguas de nuestro propio fracaso colectivo.

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