Cuba necesita una revolución civilizadora

Partiendo del principio de que ninguna dictadura se sostiene sin la colaboración del pueblo o de una parte del pueblo, se concluye que nadie gobierna sin el consentimiento de los gobernados

Cuando activistas, intelectuales, académicos, religiosos, artistas, estudiantes, profesionales y trabajadores se levanten y den un paso al frente se abrirá la puerta de un futuro de paz, fraternidad y prosperidad. (14ymedio)
Cuando activistas, intelectuales, académicos, religiosos, artistas, estudiantes, profesionales y trabajadores se levanten y den un paso al frente se abrirá la puerta de un futuro de paz, fraternidad y prosperidad. (14ymedio)

La revolución inglesa de 1688 fue llamada gloriosa, 48 años después de estallar la primera. La de 1640, contra el absolutismo monárquico, fue violenta, y el rey, enviado al patíbulo. Pero la segunda fue pacífica, se declaró la libertad de prensa y se aprobó la primera declaración de los derechos humanos.

El resultado final fue un orden tan estable que ha durado hasta nuestros días. "El espíritu de esta extraña revolución era opuesto a todo intento revolucionario", expresaría el historiador G. M. Trevelyan. Otro historiador, Juan Pablo Friso, explica por qué se la llamó así: "Una revolución para ser gloriosa debe reunir esto: que la muevan impulsos como la mesura, el consenso, el pragmatismo, la prudencia y la ecuanimidad".

Eso es lo que necesitamos los cubanos para poner fin al aquelarre de estos 60 años. Si en la Inglaterra del siglo XVII fue para corregir los yerros de una revolución burguesa, en la Cuba del siglo XXI sería para corregir los de una revolución supuestamente socialista.

La finalidad del socialismo, según Marx, era "poner fin al divorcio entre los productores y los medios de producción"y ese era un principio que compartían otros teóricos socialistas, como el anarquista Proudhon

La finalidad del socialismo, según Marx, era "poner fin al divorcio entre los productores y los medios de producción" (o sea, los trabajadores debían ser dueños de los instrumentos con que laboraban) y ese era un principio que compartían otros teóricos socialistas, como el anarquista Proudhon, quien imaginaba una sociedad de artesanos y pequeños empresarios. Por supuesto, los trabajadores no tenían poder para expropiar a la burguesía y adueñarse de esos medios, por lo que necesitaban, según Marx, derrocar primero al Estado burgués y levantar en su lugar un Estado revolucionario encargado de realizar esa tarea: expropiar a capitalistas y terratenientes para luego traspasar esos medios a manos de los trabajadores, esto es, dos pasos o fases: expropiar y empoderar.

Pero los revolucionarios rusos de 1917 hicieron su propia interpretación de la revolución socialista, algo copiado luego por sus seguidores en todas partes donde triunfaron: realizar sólo la primera parte, expropiar pero no empoderar. Inventaron el sofisma de que el Estado revolucionario, al representar los intereses de los trabajadores, debía ser quien administrara esos bienes en su nombre. Era un silogismo muy simple: "Todo pertenece al pueblo. Yo represento al pueblo. Luego, todo me pertenece".

Los líderes de la revolución cubana siguieron esa misma línea, expropiar a la burguesía sin empoderar a los trabajadores, y entregaron a una nueva clase burocrática las propiedades, que repartían no por capacidad sino por "confiabilidad política", e hicieron su propia contribución, marcharon en sentido inverso al mapa de ruta trazado por Marx al expropiar también, en 1968, a los que poseían sus propios medios para ganarse la vida por sí mismos. A eso lo llamaron "ofensiva revolucionaria".

Los líderes de la revolución cubana siguieron esa misma línea, expropiar a la burguesía sin empoderar a los trabajadores, y entregaron a una nueva clase burocrática las propiedades

El resultado fue la forma más extrema de capitalismo monopolista de Estado, con control absoluto de la nación: legislador, juez supremo, carcelero, dueño único de la prensa y de todos los medios de comunicación, de industrias, bancos y comercios, al que todos debían someterse y servir, porque no hacerlo era "antipatriótico", y el costo podría ser el ostracismo o la cárcel.

Si revolución es un cambio radical de las estructuras de una sociedad, entonces esa revolución se acabó hace 52 años, con la "Ofensiva Revolucionaria", última de las medidas que transformaron radicalmente la estructura de la sociedad cubana. En todo ese tiempo, lo más que ha habido han sido reformas, y reforma significa "cambiar la forma" mientras la esencia permanece intacta. Y si en todo ese tiempo no ha habido revolución, tampoco ha habido "contrarrevolucionarios", sino personas descontentas con un orden injusto.

Ahora bien, cuando la crisis estructural se profundiza y las condiciones maduran para una nueva revolución, muchas de estas personas descontentas que hasta entonces adoptaban actitudes de rebeldía pasan a integrar la hornada revolucionaria de los nuevos tiempos para realizar un cambio radical de las estructuras establecidas por la primera revolución. Ahora se trataría de expropiar al único gran monopolio que aún queda, el Estado, a favor de los trabajadores; esto es, dar el segundo paso que nunca se dio. Si ese Estado ha demostrado hasta la saciedad su ineficacia en administrar los bienes que según la propia Constitución pertenecen a toda la sociedad, hasta el punto de que gran parte de las industrias en las que Cuba sobresalía han quedado destruidas, debe ser destituido por incapaz como administrador de esos medios y traspasar éstos a los colectivos de base.

Cuba está atravesando la más grande crisis de toda su historia debido a un orden que bloquea o frena todos los resortes de las fuerzas productivas. La dirigencia cubana dio la espalda a un principio fundamental del marxismo mencionado por Engels durante los funerales de Marx: "El hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etcétera", por lo que se requiere estimular la creatividad de los seres humanos.

Los liberales cubanos destacaban el hecho de que no es lo mismo cuando el interés por la productividad sólo lo tiene un pequeño grupo del Comité Central, que cuando ese interés lo tienen miles de capitalistas

Los liberales cubanos, para demostrar la superioridad del capitalismo sobre ese socialismo impuesto en la Isla, destacaban el hecho de que no es lo mismo cuando el interés por la productividad sólo lo tiene un pequeño grupo del Comité Central, que cuando ese interés lo tienen miles de capitalistas. Siguiendo el mismo razonamiento, el resultado sería aún más apreciable cuando ese interés lo tengan millones.

La propiedad individual o familiar por ejemplo, como los llamados cuentapropistas, debe estimularse reduciendo los impuestos y los costos de licencia, así como eliminar las prohibiciones con que se intenta, de forma desleal y de hecho con métodos leoninos, proteger a las dependencias estatales de la competitividad de los pequeños propietarios, algo que resulta paradójico, ya que lo que normalmente ocurre en los países capitalistas, es que se dicten leyes para proteger a los pequeños propietarios de la voracidad de los monopolios, como lo fue en Estados Unidos la Ley Sherman de 1890, que obligaba a los monopolios a disolverse o dividirse en varias empresas, y que incluso sentó en el banquillo de los acusados al propio Rockefeller. En Cuba, por el contrario, el Estado protege su monopolio con leyes que limitan la actividad del sector privado, como quien pretende proteger un tigre de la posible agresividad de un inofensivo gatito. Este hecho, por sí mismo, es revelador, porque si el Estado se ve en la necesidad de adoptar medidas coercitivas para contrarrestar la competencia de los pequeños negocios, esto demuestra, claramente, que las empresas estatales son ineficientes, y por otra parte, la alta eficiencia de los trabajadores cuando emprenden por cuenta propia.

¿Qué hacer, entonces, con esos centros ineficientes del Estado? La pregunta clave sería por qué no son ineficientes y por qué los privados sí lo son. La respuesta es obvia: los asalariados del Estado carecen de incentivos, mientras que los privados sí están estimulados. Por tanto, la solución consiste en entregar a los trabajadores del Estado una parte de las utilidades que producen, así como concederles voz y voto en la dirección de los centros y empresas donde trabajan. ¿Es esto capitalismo? Todo lo contrario. Sería una forma de organización laboral más acorde con la concepción original del socialismo.

Pero ésta no es una cuestión ideológica, sino la búsqueda pragmática de las medidas más efectivas para sacar a la población de la crisis más profunda que ha vivido este país en toda su historia y evitar que se produzcan explosiones sociales que arrastren al país a un caos total. Y no es el único peligro: por el modo en que se han llevado a cabo las descentralizaciones puede preverse casi con seguridad el nacimiento de una mafia empresarial que, sin el control de la llamada dirigencia histórica ya a punto de desaparecer, no tendrán escrúpulo alguno en pactar con los grandes carteles de la droga necesitados de nuevas rutas hacia el mercado estadounidense.

Una revolución gloriosa no debe ser sólo política y económica, sino, sobre todo, civilizatoria, esto es, en la conciencia de los ciudadanos

¿Cómo podría llevarse a cabo, de forma pacífica, esa nueva revolución? Primero, ¿por qué tiene que ser pacífica? Porque una revolución violenta repetiría los esquemas del mismo paradigma civilizatorio con que se impuso el orden que queremos suplantar, en este caso, los esquemas patriarcales de violencia armada y ejecuciones, lo cual significa caer otra vez en los errores que llevan nuevamente al punto de partida para repetir el mismo ciclo. Una revolución gloriosa no debe ser sólo política y económica, sino, sobre todo, civilizatoria, esto es, en la conciencia de los ciudadanos.

Segundo: ¿Es posible una revolución pacífica para empoderar a los trabajadores y restaurar los derechos y libertades de los ciudadanos? No es necesario el poder de ningún Estado revolucionario para llevarla a cabo como creía Marx. Partiendo del principio de que ninguna dictadura se sostiene sin la colaboración del pueblo o de una parte del pueblo, se concluye que nadie gobierna sin el consentimiento de los gobernados. Si la sociedad civil toma conciencia de su responsabilidad para la salvación de un pueblo al borde de la explosión social y del caos, tendrá que actuar unida y exigir las transformaciones imprescindibles. Deberá ser consciente de su propia fuerza, lo que el líder de la Revolución de Seda en Checoslovaquia, Vaclav Havel, llamó "el poder de los sin poder".

Si, como todo indica, esa dirigencia no se decide a dar los pasos que evitarían el desastre que se avecina, entonces podría hacerse indispensable, antes que fuese demasiado tarde, que los elementos más conscientes de la ciudadanía se junten para hacer patente esa necesidad ante la sociedad civil y hagan un llamado para que despierte. Y cuando activistas, intelectuales, académicos, religiosos, artistas, estudiantes, profesionales y trabajadores se levanten y den un paso al frente para exigir, pacíficamente, sin odios, pero enérgicamente, se abrirá la puerta de un futuro de paz, fraternidad y prosperidad.

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