¿Dará Estados Unidos armas a los cubanos para derrocar al régimen?

La sugerencia de lucha armada apoyada por Washington no cuenta con apoyo de nadie con influencia y desvía la atención de lo importante

Los reporteros oficiales lamentaron que el 11 de julio "la prensa cubana no cubrió lo que sucedió en la calle". (Captura)
Para entender las opciones que encara el pueblo cubano se deben conocer los últimos movimientos de protestas contra el Gobierno. (Captura)

Es una pregunta que se hacen algunos lectores de una columna del historiador Jaime Suchlicki, publicada recientemente en el Nuevo Herald. En su artículo, el autor de libros importantes y estudios enjundiosos sobre Cuba y América Latina urge a la Administración Biden-Harris a dar armas y entrenamiento militar al pueblo cubano para derrocar al Gobierno.

El artículo, de seguro bienvenido por la Seguridad del Estado, coincide con una condena mundial generalizada a la Plaza de la Revolución, cuya represión acaba de denunciar otra vez el secretario de Estado norteamericano Antony Blinken, y con el llamado de sacerdotes a los militares, la policía y los cuadros del Partido de "no levantar la mano contra otro cubano".

La sugerencia es una columna de opinión, no una resolución consensuada de ninguna organización, no cuenta con el apoyo de nadie con capacidad de decisión, ni siquiera con influencia real

El título del artículo, Lo que quizá funcione en Cuba y lo que no, demuestra la premura del autor, quien no parece considerar ni las probabilidades de que Washington tome en cuenta seriamente su planteamiento, ni las consecuencias de tal acción. Según él, las presiones económicas no cambiarán nada en Cuba, algo parecido a lo que ha dicho por años Raúl Castro.

Ante la tragedia cubana, Suchlicki responde con el corazón, sin utilizar la capacidad analítica de la que ha hecho gala por muchos años. El artículo podría haberse titulado Regreso a las arenas de Bahía de Cochinos.

Antes de proseguir, me apresuro a señalar que no hay la más mínima posibilidad de que la "doctrina Suchlicki" se convierta en realidad. La sugerencia es una columna de opinión, no una resolución consensuada de ninguna organización, no cuenta con el apoyo de nadie con capacidad de decisión, ni siquiera con influencia real en los círculos de poder estadounidenses.

La discusión desvía la atención de lo esencial que es por un lado, aumentar el apoyo de la diáspora a la disidencia y conseguir que la Unión Europea y el Club de París congelen todas las transferencias de fondos a La Habana hasta que los presos políticos sean liberados, por otro que Amnistía Internacional, Human Rights Watch, la Cruz Roja Internacional y el Parlamento Europeo lleven a cabo una visita de inspección; y, por último, que el ejército de ocupación castrista sea retirado de Venezuela.

¿Cómo sugiere Suchlicki que podría implementarse esa propuesta que, según dice, "quizás sea la solución" para Cuba? ¿Cuáles son las armas que deben enviarse? ¿De qué calibre las ametralladoras, los proyectiles antitanques, los cohetes contra la aviación castrista, los lanzallamas, las granadas de mano, las cargas explosivas para volar puentes y bloquear la avanzada de los boinas negras? ¿En qué cantidades? ¿A quién se entregarían? ¿Dónde se realizaría el entrenamiento, y quiénes participarían en el mismo?

Si se elimina todo lo anterior, hay "quizá" una sola solución: las armas estadounidenses y la muerte de miles de personas como preludio a la invasión del vecino del Norte, que, repito, nunca ocurrirá

Pero nada de lo anterior –que suena a ciencia ficción– es importante porque no va a suceder. La doctrina Suchlicki no va dirigida a conseguir el envío de ese arsenal, sino a repetir la cantaleta de que la clave no es el pueblo cubano que hoy, sin poder, comienza a vislumbrar el poder que tiene. Al final podremos achacar el fracaso a otra traición de EE UU. Ni la diáspora, ni la oposición en la Isla tienen un papel que jugar, hay simplemente que esperar el envío de las armas.

En su artículo, Suchlicki parece creer que el movimiento opositor se debe solamente al hambre y a la represión durante décadas, y no al renacimiento en los últimos años de la sociedad civil que fue colapsada por Fidel en 1968.

Para entender las opciones que encara el pueblo cubano se debe conocer esa corriente subterránea de la que hablaba Martí y su importancia: las Damas de Blanco, los periodistas independientes, el movimiento por los derechos humanos, las organizaciones feministas, el movimiento gay, el activismo sindical perseguido por las autoridades, los artistas contestatarios, el campesinado que demanda el fin del bloqueo interno, la Unión Patriótia de Cuba (Unpacu), Cuba Decide, el Movimiento San Isidro, Archipiélago y la creciente ola de descontento entre las clases más pobres, en su mayoría cubanos de color que detestan a los viejos racistas militares en el poder.

Los patriotas polacos, checos, eslovacos, lituanos, húngaros y alemanes, sin derramamiento de sangre y mediante la no violencia, liberaron a sus pueblos del comunismo totalitario

Si se elimina todo lo anterior, hay –según la doctrina Suchlicki– "quizá" una sola solución: las armas estadounidenses y la muerte de miles de personas como preludio a la invasión del vecino del Norte, que, repito, nunca ocurrirá.

¿Y la estrategia de la no violencia?

Suchlicki responde diciendo que no hablemos de Gandhi, ni de la India, ni del imperio británico, porque "los cubanos no somos hindúes". Por suerte, aunque tampoco eran hindúes, los patriotas polacos, checos, eslovacos, lituanos, húngaros y alemanes pensaban de manera diferente, y sin derramamiento de sangre y mediante la no violencia, liberaron a sus pueblos del comunismo totalitario.

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