Diálogo, palabra maldita

Maceo partió hacia el exilio. Pero hoy nadie habla de eso. Todos recuerdan el día en que se sentó frente a su enemigo

Probablemente Maceo sabía que la guerra ya no tenía futuro, pero era necesario sembrar algo de esperanza.
Probablemente Maceo sabía que la guerra ya no tenía futuro, pero era necesario sembrar algo de esperanza.

Según el diccionario de la RAE, un diálogo es una plática entre dos o más personas donde se intercambian ideas o afectos. Y estos últimos no implican solo emociones positivas, sino que abarcan la ira o el odio. Así, entre los sinónimos de diálogo encontramos las palabras debate, cháchara, discusión o polémica. Su contrario sería el monólogo.

En mis textos teatrales el diálogo resulta fundamental. He visto varios espectáculos unipersonales que me han parecido fascinantes, pero me siento incapaz de crearlos. Los actores suelen adorar este tipo de obras porque les ofrecen la oportunidad de brillar en solitario. Pero yo, francamente, me aburro escribiendo para un solo actor. Necesito esa dialéctica que se genera cuando se enfrentan cuerpos, voces e ideas opuestas. Tampoco descarto que, si algún psicoanalista me examina a fondo, descubra que mi incapacidad para escribir unipersonales se deba a que durante años sufrí, como millones de cubanos, la representación diaria de un larguísimo monólogo, interpretado por el personaje más narcisista que ha parido madre alguna.

Durante años sufrí, como millones de cubanos, la representación diaria de un larguísimo monólogo, interpretado por el personaje más narcisista que ha parido madre alguna

Lo reconozco: disfruto al crear diálogos. Y digo esto plenamente consciente de que mencionar esta palabra podría acarrearme un linchamiento de proporciones bíblicas. Para el régimen, el diálogo es posible "solo entre revolucionarios". Es decir, para sentarse con ellos a discutir sobre el destino del mismo país donde nacimos habría que mostrar un aval del secretario del Partido Comunista en tu municipio, con firmas y cuños de los factores de la comunidad. Cualquier comentario crítico en Facebook, una foto con algún incorregible o un simple like en alguna publicación "enemiga" podría descalificarte. Sé de muchos intelectuales que se han pasado la vida zigzagueando para evitar que dejen de considerarlos "interlocutores válidos".

Del otro lado del ring, curiosamente, encontramos la misma intransigencia. Alguien repitió un par de veces la frase "con las dictaduras no se dialoga" y ya hay quienes juran que este es uno de los Diez Mandamientos. Es cierto que se ha abusado de este recurso, mostrando a veces una ingenuidad apabullante. No niego que en los casos de Venezuela y Nicaragua las rondas de conversaciones solo han servido para apaciguar las protestas y hacer que los tiranos ganen tiempo. Reconozco que las dictaduras de la región se han vuelto extremadamente hábiles en eso de tomarnos el pelo. Pero, en todo caso, el fracaso no está en el diálogo como recurso legítimo, sino en los dialogantes, sus incapacidades para sopesar fuerzas y en la ausencia de una estrategia exitosa.

Cuando los cubanos hablamos de estos temas solemos citar dos acontecimientos de nuestra historia: el Pacto del Zanjón y la Protesta de Baraguá. El primer hecho representa la deshonra, mientras que el segundo es uno de los episodios más heroicos de nuestras guerras por la independencia. En ambos casos se trató de esa palabra maldita: diálogo.

Arsenio Martínez-Campos era un excelente negociador. Ya había jugado en España complicadas partidas que sentaron en el trono a Alfonso XII. Una vez en Cuba, supo mover sus fichas. Fortaleció su ejército antes de acercarse a los jefes mambises. Sabía perfectamente lo divididos que estaban los caudillos cubanos. Apeló al desgaste físico y moral que provocaba una guerra demasiado larga, sin que un bando pudiese alcanzar la victoria ni el otro darse el lujo de seguir gastando toneladas de oro en un conflicto interminable. Utilizó dos cartas marcadas: la amnistía y la libertad para los esclavos que habían peleado en el Ejército Libertador. Ninguna de las dos satisfacía las razones que dieron origen a la gesta, pero el hartazgo de unos y la vanidad de otros hicieron que más de un mambí elogiara al "Pacificador". El 8 de febrero de 1878 se firmaba el Pacto del Zanjón.

El fracaso no está en el diálogo como recurso legítimo, sino en los dialogantes, sus incapacidades para sopesar fuerzas y en la ausencia de una estrategia exitosa

Maceo se recuperaba de ocho plomazos en el pecho. Algunos suelen ver al Titán de Bronce como un superhéroe destilando testosterona, pero en realidad era mucho más inteligente y culto de lo que reflejan los cómics que leímos en la escuela. Primero consultó la opinión de sus hombres, luego rechazó tajantemente una propuesta deshonrosa que lo invitaba a preparar una emboscada contra Martínez-Campos y luego tuvo la grandeza de sentarse frente a él en su hamaca... a dialogar. Probablemente Maceo sabía que la guerra ya no tenía futuro, pero era necesario sembrar algo de esperanza. Baraguá fue, para mí, una semilla.

Maceo partió poco después hacia el exilio. El corojo nunca se rompió como esperaban. Pero hoy nadie habla de eso. Todos recuerdan el día en que Antonio Maceo se sentó frente a su enemigo.

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