Entrenados para olvidar

Me da un poco de tristeza recordarlos, porque al final nunca encajaron en un país que los trituraba poco a poco

Escuela en Camajuaní en los años 1920. (Colección personal de Xavier Carbonell).
Escuela en Camajuaní en los años 1920. (Colección personal de Xavier Carbonell)

No voy a decir sus nombres, para que no se me escape ninguno. Llegaban temprano, despachaban de un sorbo su café e invadían la clase. Eran implacables y puntuales, como una navaja que lleva años afilándose. Se sabían dueños de una atmósfera propia, donde los cálculos o el idioma se mezclaban con recuerdos personales, con las historias de quien ha corrido mucho.

Luego aprendimos que cada uno de ellos cargaba con su tragedia particular. Una madre encamada y bicentenaria; un salario infame que tenía que alcanzar para hijos y nietos; una crisis de nervios o un cálculo en el riñón. A más de uno le descubrimos, disimulada entre los papeles del maletín, la petaca de ron barato con que se anestesiaban al salir de la escuela.

Sin embargo ellos, nuestros maestros, eran sagrados. Ninguno de aquellos dramas los retuvo en la casa o el retiro. Nada les quitó la concentración cuando se enfrentaban a nosotros, treinta o cuarenta bandidos que los superábamos en número, conversadores e inquietos como un batallón de diablos.

Y si a alguno se le ocurría sacar un sable —es decir, hacerse el inteligente y el pícaro— le desinflaban las ínfulas con su artillería: conocimiento real, sólido e informado de sus materias. Experiencia, horas de estudio durante largos apagones, bajo el quinqué y con hambre. Les perdonamos resabios y castigos; sus amarguras —la procesión iba s iempre por dentro— las supieron esconder con la habilidad de un actor.

Nuestra educación se hizo a machetazos. Respondía a un plan tan complejo como siniestro: nos entrenaban para olvidar

Ahora me da un poco de tristeza recordarlos, porque al final nunca encajaron en un país que los trituraba poco a poco, como a todos. No entendieron que sus reglas de vida, su código, no significaban nada para los que les tramaban el destino desde una oficina ministerial. La mayoría tenía guardados aún, con nostalgia, su farol de alfabetizador en los sesenta y sus medallas de vanguardia nacional.

A veces fueron radicales y cabrones, no lo niego. Pero el país les pasó la cuenta con sus míseras pensiones y con la desvergonzada petición de que regresaran a las aulas, ya jubilados, para enmendar los errores de un sistema que los había barrido como basura.

Recuerdo —¿quién no ha sido un experimento del sistema educativo cubano?— cuando empezaron a aparecer los maestros instantáneos, que a los seis meses de entrar al pedagógico ya estaban impartiendo clases. Nos mataban de aburrimiento e incultura, y hasta para saludar tenían que consultar el plan de clases.

Jovencitos que fumaban nerviosos en los pasillos y morían cuando alguien preguntaba una duda o quería encontrar un libro. El programa de las primarias y secundarias cambiaba en un dos por tres, todos los años, y seguíamos estudiando con manuales soviéticos.

Nuestra educación se hizo a machetazos, rompiéndonos la cabeza contra la ignorancia y la improvisación del régimen. Y ese desbarajuste nunca fue casual. Respondía a un plan tan complejo como siniestro: nos entrenaban para olvidar. 

El problema es mucho más complejo, desde luego, pero aún en este panorama tan siniestro, la democracia sigue siendo una ventaja inigualable

Pienso todo esto ahora, mientras leo los periódicos de esta orilla. Al Gobierno español —de comunistas trasnochados, feminazis rabiosas y cristalitos docentes— le ha dado por aflojar las humanidades en el bachillerato y en las demás enseñanzas. Desmontaron la historia a conveniencia y borraron la filosofía. Poco espacio hay para la literatura o la ética y, faltaría más, todo está deliciosamente sazonado por una ideología afín al sistema, para que los muchachos salgan bien anestesiados del colegio. Seguro la estrategia les suena.

El problema es mucho más complejo, desde luego, pero aún en este panorama tan siniestro, la democracia sigue siendo una ventaja inigualable. Ante los ministros ignorantes y los presidentes corruptos, la respuesta de los intelectuales, maestros y editores ha sido publicar cientos de clásicos. Resucitar la impronta de Aristóteles, la Biblia, Joyce y Cervantes; a todos los gigantes del conocimiento. Escribir en los periódicos, burlarse con ingenio. Recobrar, mediante la crítica y la palabra, la inteligencia social.

Por mucho que quieran lobotomizar a los alumnos, siempre habrá una voz que se alce para combatir la idiotez. Eso es mucho más —y ustedes quítenme la razón— de lo que podemos esperar en Cuba.

Después de seis décadas de adoctrinamiento pasamos a la desidia. A la escuela —incluso a la universidad— se va más por la costumbre de tener un título, una carrera, que a aprender algo útil para levantar el país del fango en que lo han metido. Y ya ni eso. ¿A quién va a llamar ahora la ministra de Educación para salvarle el pellejo? ¿Qué plan tienen las rústicas editoriales de Cuba para que leamos más? ¿Cómo repara uno lo que ha sido sistemáticamente machacado por voluntad oficial? 

Quizás —aunque no me hagan caso— la solución vuelva a ser la cultura. La de verdad, la que está en el librero casi fósil de nuestras casas

Quizás —aunque no me hagan caso— la solución vuelva a ser la cultura. La de verdad, la que está en el librero casi fósil de nuestras casas, o en tal película buena, en los modales, la música y la conversación criolla. En todo lo que nos quisieron arrebatar, como la decencia y el carácter.

O si no pregunten a esos mismos maestros, que reclaman su café o su tabaco en el sillón del portal, cómo era creer en algo. Cómo era tener una fe, unos valores, una visión del mundo. Con todos esos años en las costillas y dolores en el cuerpo, ellos —no me digan que no— todavía recuerdan el sabor de la esperanza.

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