Viejos hazmerreíres

La noche en que vi a Les Luthiers me sentí como aquellos cubanos de 1984, sudorosos y alegres en el teatro

Les Luthiers ofreció en Salamanca un espectáculo de 'Gran Reserva', una antología que reunió numerosos éxitos del grupo. (14ymedio)
Les Luthiers ofreció en Salamanca un espectáculo de 'Gran Reserva', una antología que reunió numerosos éxitos del grupo. (14ymedio)

Les Luthiers se presentaron en la soviética y calurosa Habana de 1984. Una década antes, cuando viajaron a España por primera vez, los oscuros censores de Franco les exigieron enviar antes el guion del espectáculo. Es probable que los desconfiados y socarrones cubanos –en aquel año orwelliano por excelencia– hayan hecho lo mismo.

No resisto la tentación de pensar que aquellos argentinos, maestros de la ironía y el desacato, hayan remitido a la Isla cientos de folios con retruécanos, barbaridades, juegos de palabras, jerigonzas y enigmas, cantatas de tiranos faraónicos y poetas decapitados. Podrían haber arriesgado una pulla a la Policía –que no les faltaría en el vigilado teatro Mella– o un comentario resbaladizo sobre la ruina del país.

Pero la verdad es que, conociendo ellos también la dictadura, siempre fueron cuidadosos con la política. Desarrollaron el doble sentido de quien no puede decir todo lo que quiere y acaba hablando –con elegancia e ingenio– de todo lo demás.

Aquellos jóvenes, impecables en sus trajes e inventores de instrumentos, nunca se fueron del todo. Encontraron en Cuba un público despierto y pícaro, que los entendía –como, fatalmente para ambos, solo pueden entenderse un cubano y un rioplatense– y aprendía de ellos. Dejaron una estela de discípulos; algunos excelentes y otros –como Virulo y Eduardo del Llano– que han asumido el rol de payasos presidenciales.

En una grabación que se atribuye, sin mucho argumento, a aquella noche habanera de 1984, la gente ríe sin aplaudir, casi grita, interrumpe con cierta maña, a la manera criolla.

Aquellos jóvenes, impecables en sus trajes e inventores de instrumentos, nunca se fueron del todo. Encontraron en Cuba un público despierto y pícaro, que los entendía

Del escenario pasaron a los gruesos casetes, luego a los discos y memorias portátiles y, sobre todo, al chiste repetido y la canción tarareada de padres a hijos. En los conciertos de Les Luthiers me inició mi abuelo –músico a su vez, pesado en el sentido cubano del término–, recité desde muy temprano las letanías de Johann Sebastian Mastropiero y descubrí quién mató a Tom McCoffee.

Memoricé, para desgracia de la familia, cada uno de los números de Lutherapia –mi espectáculo predilecto– y de Bromato de armonio, estrenado un año después de que yo naciera. Conozco bien su arsenal de "instrumentos informales": el latín –violín de lata–, el lirodoro, el nomeolbidet, el formidable bass-pipe a vara, el dactilófono o máquina de tocar, y la exorcítara.

Todavía pienso, sin ir más lejos, que la Cumbia epistemológica es un inmejorable manual filosófico, indispensable si uno quiere "razonar fuera del recipiente".

Esto viene al caso de que, sin yo poder creerlo hasta hoy, me vi sentado hace un par de días en un teatro, esperando a Les Luthiers. Ya no es lo mismo, me dirán. Y tienen razón.

Sin la voz de Marcos Mundstock, sin el bigotudo Rabinovich, sin el torpe y desternillante Carlos Núñez, sin Ernesto Acher –compinche, por cierto, de Virulo– ¿qué son Les Luthiers? Yo hubiera dicho lo mismo de no haber visto al llamado elenco de 2019, con reemplazos de lujo como Roberto Antier y Martín O'Connor, y a dos de los entrañables fundadores: Jorge Maronna y Carlos López Puccio.

No han dejado de ser los universitarios flacuchos que, en 1965, compusieron una cantata barroca sobre el prospecto de un laxante

Nunca estaré tan en forma como esos viejos hazmerreíres. Maronna acciona el bolarmonio y le sigue sacando un buen blues, mientras que López Puccio –tan rubio que siempre ha tenido la melena blanca– salta como si tuviera aún veinte años. Siguen ofreciendo todo lo que tienen en el escenario, y lo harán hasta el final, como Mundstock y Rabinovich.

Cuando ganaron el Príncipe de Asturias –que también mereció su compatriota, el dibujante Quino– ni siquiera la solemnidad del acto les impidió bromear y tomarse el éxito con muy poca reverencia. No han dejado de ser los universitarios flacuchos que, en 1965, compusieron una cantata barroca sobre el prospecto de un laxante.

La noche en que vi a Les Luthiers me sentí como aquellos cubanos de 1984, sudorosos y alegres en el teatro. Pero, siendo sinceros, sentí algo mejor: ser yo mismo, en mi tiempo y con mis añoranzas, en buena compañía, feliz de haberlos visto con mis ojos.

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