Resabios del censor que me atiende

Por derechos de autor no podía aceptar ambos galardones. De manera que me decanté por el peninsular, y no por razones metafísicas

Xavier Carbonell en un debate, el pasado mes, en el TENERIFE NOIR, Festival Atlántico del Género Negro que se organiza cada año en Canarias. (Facebook Tenerife Noir)
Xavier Carbonell en un debate, el pasado mes, en el TENERIFE NOIR, Festival Atlántico del Género Negro que se organiza cada año en Canarias. (Facebook Tenerife Noir)

Quien piense que todas las ciberclarias son resbaladizas y anónimas está equivocado. Las hay con abolengo y hasta con rango marcial. Existe un grupo de compañeros siempre fieles, entrenados en escuelas militares o del Partido, que no entienden de quinquenios grises, ni períodos especiales ni han previsto otra crisis que la del capitalismo.

A esa casta de comisarios pertenece un tal Antonio Rodríguez Salvador, censor por vocación y seguramente por oficio. La semana pasada di con un artículo de este sujeto donde se mostraba estupefacto por una afirmación mía, publicada en este y otros diarios: que el Premio Italo Calvino de Novela –uno de los más prestigiosos de Cuba– me había sido concedido el año pasado y que renuncié a él en favor de otro galardón literario ofrecido en Salamanca, donde ahora vivo.

Con más desgano que habilidad, lo que sugiere Rodríguez Salvador es que quien firma esta columna debe ser un desquiciado, un mentiroso patológico, y que los periódicos que me entrevistaron –entre ellos El País y 14ymedio– tienen la poca profesionalidad de dialogar con trastornados.

Mi primera reacción fue la risa compasiva, porque entiendo que el negocio de defender al castrismo está cada vez más difícil y de algo hay que vivir. Comprendo que los ladridos de Humberto López o de aquel fulano de Con filo –nunca recuerdo su nombre– eclipsen el humilde oficio de censurar por escrito, en La Jiribilla o en Granma. Pero luego calibré un poco mejor las afirmaciones de Rodríguez Salvador.

Mi primera reacción fue la risa compasiva, porque entiendo que el negocio de defender al castrismo está cada vez más difícil

Los despropósitos de este cederista –inconcebible lector de prensa independiente– no solo me implican a mí, sino también a una colega de este diario. Así que, para disipar las dudas de mi censor, aclararé un par de puntos sobre aquel día en que recibí dos premios por una misma novela.

A finales de octubre de 2021 me llamó un oscuro personaje de la Uneac (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) –no pienso identificarlo, pero Rodríguez Salvador sabrá de quién hablo–: "No te hagas el que no sabe", me dijo, "ganaste el Italo Calvino". Mi interlocutor contaba con que los funcionarios de la Uneac de Santa Clara, donde vivía y trabajaba, ya hubieran propagado el chisme. Pero fueron milagrosamente discretos y vine a enterarme con la llamada telefónica. "No tenemos cómo traerte, así que arréglatelas como puedas para venir".

Entonces me leyó el acta del jurado, integrado por Roberto Méndez, Carlos Zamora y Gaetano Longo, con unas palabras bellas y muy generosas hacia la novela. Ellos, si son caballeros y tienen honor, podrán decir si miento.

Durante ese día recibí dos llamadas perdidas de un número español. Escribí de vuelta y resultó ser el despacho del alcalde de Salamanca, que al día siguiente me daba la noticia del otro premio. Cuando expuse la situación al personaje de la Uneac, sus palabras fueron estas: "Los españoles te van a quitar el dinero cuando se enteren de esto y además nos vas a buscar un problema político con la Embajada de Italia, que es quien financia lo de aquí".

Por derechos de autor no podía aceptar ambos galardones. De manera que me decanté por el peninsular, y no por razones metafísicas: pagaba más dinero y me permitiría salir de un país opresivo, castrante y donde los que viajan, viven y triunfan –pagados por el Gobierno– son los comisarios como Rodríguez Salvador, que se retrata "paseando por Buenos Aires" durante la feria del libro de ese país.

"Bueno", rectificó el personaje de la Uneac cuando le comuniqué mi decisión, "ya hemos llegado a un nuevo acuerdo y no hay problemas con tu renuncia. Envíamela por escrito". Su tono, siempre vulgar y ahora evasivo, había cambiado desde nuestra última conversación. "Sabrás", dijo antes de colgar, "que si se te ocurre contar esto, nosotros lo negaremos categóricamente". El premio fue otorgado en noviembre a la escritora finalista, Dazra Novak, que sin duda lo merece.

Desde inicios de 2021 conocían el resultado. La Uneac lo mantuvo en secreto porque las restricciones de la pandemia impedían a los italianos viajar al país, con los 4.000 euros. El hecho de que una novela sobre la vigilancia, la paranoia y la censura haya sido premiada es un síntoma de cuán hastiados están ellos, los propios comisarios, del juego, el teatro y el secretismo.

Ese pánico de la Asociación a lo "irregular" explica que Antonio Rodríguez Salvador no tenga la menor idea de qué ocurrió y me acuse de pirata posmoderno

Paradójicamente, la opción de la Uneac fue ocultarlo todo, empezar de cero, y "negar categóricamente". Ese pánico de la Asociación a lo "irregular" explica que Antonio Rodríguez Salvador no tenga la menor idea de qué ocurrió y me acuse de pirata posmoderno.

Entre otras finezas del intelecto, este escritor espirituano divaga también sobre mis opiniones sobre el Papa, la plenitud espiritual y la vida en la isla. "Puede que para este autor sea menos rentable publicar sus obras en Cuba que mostrarse como censurado del régimen", finaliza.

Rodríguez Salvador olvida –convenientemente– lo que dije en esa misma entrevista y ahora repito: no me interesa el rol de intelectual censurado (aunque lo fui y muchas veces); no soy un escritor de literatura política (pero sí un ciudadano con derecho a criticar al Gobierno de su país) ni dramatizo el exilio. Me importa escribir y vivir, libre y decentemente, y eso es imposible en Cuba.

Sobre la conciencia de ciberclarias glorificadas como Rodríguez Salvador están los jóvenes presos y exiliados de la Isla. Los que mueren cruzando fronteras para escapar de su país. Sus familias. Son los censores, por cobardía, dinero o por la malicia inherente al mediocre, los cómplices más sórdidos de la dictadura. Si no fueran tan peligrosos e infames, apenas provocarían lástima.

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