Opinión
Las dos Coreas y el caso cubano
Opinión
Montreal (Canadá)/Durante décadas el discurso oficial del régimen comunista cubano ha atribuido la precariedad económica de la Isla al embargo estadounidense. La escasez de bienes básicos, el deterioro persistente de la infraestructura e incluso la emigración masiva serían el resultado de restricciones externas impuestas por Estados Unidos. Mucho se ha escrito sobre las limitaciones de la tesis que atribuye la situación económica cubana exclusivamente al embargo estadounidense.
Una parte importante de estas críticas se ha concentrado en mostrar que Cuba nunca ha estado aislada del comercio internacional; que ha comerciado durante décadas con Europa, Canadá, América Latina, China y la antigua Unión Soviética, por solo mencionar algunos; que empresas extranjeras han operado libremente en sectores estratégicos de la economía cubana; que la Isla ha recibido miles de millones de dólares en remesas; que ha tenido acceso a créditos, inversiones y acuerdos preferenciales con numerosos socios internacionales; y que incluso Estados Unidos ha figurado durante años entre los proveedores de determinados productos agrícolas y alimentarios.
No es mi propósito volver sobre los méritos de estos argumentos. Mi interés radica en una pregunta diferente. Si la pobreza cubana fuera explicable principalmente por el embargo, ¿por qué encontramos niveles similares de escasez, dependencia y estancamiento en países comunistas que nunca han estado sometidos a restricciones comparables?
Tras la división, el Norte heredó el grueso de la infraestructura industrial desarrollada durante la ocupación japonesa
Corea ofrece un caso particularmente instructivo. Durante alrededor de siete décadas (poco más que el mismo tiempo que la dictadura cubana ha permanecido en el poder), una misma nación ha vivido bajo dos sistemas políticos y económicos radicalmente distintos. Los resultados difícilmente podrían ser más diferentes.
Aunque hoy parezca contradictorio, el panorama de la posguerra no favorecía a Corea del Sur. Tras la división, el Norte heredó el grueso de la infraestructura industrial desarrollada durante la ocupación japonesa. Además, mientras el Sur sufría de inestabilidad política, corrupción y pobreza extrema durante los años 50 y principios de los 60, Pionyang implementó el movimiento de industrialización Chollima. A este factor interno se sumó el respaldo masivo de la URSS y China (países que ya le brindaban asistencia militar y logística durante el conflicto) a partir del armisticio de 1953. En ese mismo año, Moscú condonó las deudas de guerra norcoreanas y asignó 1.000 millones de rublos para la reconstrucción de plantas eléctricas, fábricas e infraestructura destruidas por los bombardeos.
Por su parte, Pekín suscribió el Acuerdo de Cooperación Económica y Cultural con Pionyang; además de perdonar los débitos del conflicto, el Gobierno chino envió contingentes técnicos y mantuvo a cientos de miles de soldados del Ejército Popular de Voluntarios en territorio norcoreano hasta 1958 para trabajar directamente en la rehabilitación de vías férreas, puentes y edificaciones. Gracias a esto, entre 1954 y 1956 Corea del Norte concentró el mayor flujo de ayuda del bloque socialista, con aportes de Alemania Oriental, Checoslovaquia y Polonia, lo cual impulsó una recuperación industrial que superó ampliamente a la del Sur. Como resultado, los indicadores económicos de la época demuestran que, hasta bien entrada la década de 1960, el PIB per cápita, la generación de energía eléctrica y hasta el acceso a la salud pública eran notablemente superiores en el Norte.
A pesar de arrancar en la década de 1960 con una desventaja considerable frente al Norte, Corea del Sur llegó a posicionarse como una de las economías más avanzadas del planeta
Sin embargo, a pesar de recibir masivos subsidios, asistencia energética y un acceso privilegiado a los mercados del bloque soviético, estos mecanismos de soporte no impidieron el colapso estructural de Corea del Norte. El modelo comunista terminó generando una pobreza crónica y una escasez generalizada que persisten hasta el día de hoy, además de provocar en los años 90 una de las hambrunas más devastadoras del siglo XX. En esta crisis, cientos de miles de personas perecieron por falta de alimentos al tiempo que el Estado priorizaba irresponsablemente el gasto militar y el desarrollo de sus ambiciones nucleares. El pueblo podía esperar.
La evolución de Corea del Sur siguió una trayectoria radicalmente distinta. A pesar de arrancar en la década de 1960 con una desventaja considerable frente al Norte, a pesar de figurar entre los países más pobres del mundo, llegó a posicionarse como una de las economías más avanzadas del planeta. La protección de la propiedad privada, la apertura comercial, la competencia y la integración en los mercados globales crearon un marco de incentivos radicalmente opuesto al del Norte. Como resultado, Corea del Sur no solo escapó de la pobreza, sino que erigió un tejido industrial y tecnológico de vanguardia.
Actualmente, alberga gigantes globales como Samsung Electronics y SK Hynix (líderes mundiales en electrónica de consumo y pioneros en semiconductores avanzados, incluyendo las memorias HBM esenciales para la inteligencia artificial), así como Hyundai Motor y Kia Corporation, que exportan millones de vehículos a los mercados más exigentes del mundo. Más allá de la electrónica y la automoción, el liderazgo surcoreano se extiende a sectores estratégicos como la construcción naval de alta complejidad, la robótica, las pantallas avanzadas, las baterías para vehículos eléctricos y una emergente industria aeroespacial y de defensa que ya compite con las potencias occidentales.
Corea del Sur se ha convertido en una de las principales exportadoras de cultura popular del mundo
Existe una manera particularmente reveladora de medir esta diferencia. Y es que allí donde una economía es capaz de generar empresas innovadoras y rentables, surge un mercado dispuesto a invertir en ellas. El mercado bursátil constituye, por tanto, una medida útil de la capacidad de una sociedad para crear riqueza y proyectarla hacia el futuro. El índice surcoreano Kospi reúne las compañías más importantes del país. Miles de millones de dólares procedentes de inversionistas de todo el mundo se asignan cada año a estas empresas sobre la expectativa de que seguirán innovando, exportando y generando valor. Detrás de cada punto del índice se encuentran fábricas, centros de investigación, ingenieros, patentes y productos que compiten diariamente en los mercados internacionales.
Ahora intentemos el mismo ejercicio con Corea del Norte. Busquemos su principal índice bursátil, identifiquemos sus corporaciones líderes o analicemos las expectativas del mercado sobre su innovación futura. La tarea resulta sorprendentemente sencilla: no hay nada que analizar. Corea del Norte ni siquiera tiene una bolsa de valores. Y el problema, desde luego, no es la ausencia de una bolsa, sino la ausencia de las condiciones económicas e institucionales que suelen hacerla posible.
La transformación surcoreana tampoco se limita al ámbito económico e industrial. Durante las últimas décadas, Corea del Sur se ha convertido en una de las principales exportadoras de cultura popular del mundo. El K-pop, los K-dramas, el cine, la gastronomía y la moda surcoreanas han alcanzado una influencia global difícil de imaginar para un país que, hace apenas unas décadas, figuraba entre los más pobres del planeta. Millones de personas consumen productos culturales surcoreanos, estudian el idioma, visitan el país o incorporan elementos de su cultura a su vida cotidiana. Resulta difícil encontrar un contraste más llamativo con Corea del Norte, un régimen cuya principal exportación cultural ha sido la propaganda comunista y sus espectáculos estatales.
Cuando observamos Corea del Norte, Alemania Oriental, la Unión Soviética o la propia Cuba, aparece un patrón difícil de ignorar. Sistemas que restringen la iniciativa privada, concentran las decisiones económicas en el Estado y limitan la competencia generan una capacidad notablemente menor para producir innovación, productividad y prosperidad, independientemente de que enfrenten o no embargos, sanciones o presiones externas.
No fueron embargos, bloqueos o poderosos enemigos externos quienes arruinaron la vida de los norcoreanos, fue el propio régimen
Cuando, en cambio, observamos casos como los de Corea del Sur, Alemania Occidental, Taiwán o Singapur, aparece otro patrón. Instituciones que protegen los derechos de propiedad, facilitan la inversión y permiten la coordinación descentralizada de millones de decisiones económicas generan una capacidad infinitamente mayor para crear riqueza.
No fueron embargos, bloqueos o poderosos enemigos externos quienes arruinaron la vida de los norcoreanos. Fue el propio régimen. Nunca hizo falta aislar a Corea del Norte del progreso; el sistema se encargó de hacerlo por sí mismo. El comunismo terminó convirtiéndose en el bloqueo más eficaz: bloqueó la iniciativa individual, la innovación, la inversión, la crítica, la competencia y, con ellas, buena parte de las fuerzas que generan prosperidad. Bloqueó las ideas cuando cuestionaban al poder, bloqueó las reformas cuando amenazaban los privilegios de la élite y bloqueó las oportunidades de millones de personas para construir una vida mejor. En definitiva, bloqueó precisamente aquello que permite florecer a una sociedad. ¿Les suena familiar?
Si Cuba hubiera seguido una trayectoria semejante a la de Corea del Sur, en lugar de recorrer un camino tan cercano al de Corea del Norte, probablemente se habría ahorrado la mayor tragedia de su historia contemporánea: la Revolución cubana. Resulta imposible saber cuántas empresas habrían surgido, cuántos avances científicos se habrían producido o cuántos cubanos habrían desarrollado sus proyectos de vida sin verse obligados a emigrar. Sin embargo, lo que sí sabemos es que, casi siete décadas después de la consolidación del régimen, sus dirigentes continúan defendiendo cínicamente las supuestas virtudes del sistema, atribuyendo a otros las consecuencias de sus propios fracasos y prometiendo para el futuro soluciones a problemas que buena parte del mundo resolvió hace generaciones.
También te puede interesar
Lo último