Cuba: entre el odio invencible a quien la oprime y el rencor eterno a quien la ataca

Cuba y la noche

El dilema moral de quienes aspiramos a un cambio democrático en la Isla

José Martí definió el amor a la patria como una bifurcación de rabias.
José Martí definió el amor a la patria como una bifurcación de rabias. / 14ymedio
Yunior García Aguilera

02 de abril 2026 - 14:27

Madrid/Una buena parte del mundo mira hacia Cuba sin comprender del todo lo que ocurre en la Isla ni las tensiones morales que atraviesan a sus ciudadanos. Algunos se escandalizan de que haya cubanos que lleguen a desear una intervención extranjera para salir del régimen. Otros no entienden cómo todavía existen personas dispuestas a defender, incluso con su vida, a un sistema que ha arruinado al país y que solo puede ofrecer miseria, vigilancia y órdenes de combate. También están quienes observan a Cuba como un símbolo abstracto, un escenario de sacrificio útil para alimentar nostalgias ideológicas ajenas.

En Abdala, escrito cuando apenas tenía 15 años, José Martí definió el amor a la patria como una bifurcación de rabias: “el odio invencible a quien la oprime” y “el rencor eterno a quien la ataca”. Más de siglo y medio después, el drama cubano sigue preso de esa misma lógica afectiva, aunque deformada por la historia. 

Una parte de los cubanos que anhela una Cuba libre concentra su energía moral en el odio invencible hacia la dictadura, es decir, hacia el aparato de control, miedo y servidumbre que el castrismo convirtió en sistema. Otra parte, integrada por los continuistas del régimen o por quienes siguen atrapados en su imaginario, se aferra al rencor eterno hacia Estados Unidos, sus amenazas, sus agravios reales o imaginados, y la hipótesis siempre invocada de una intervención. Entre el odio y el rencor, Cuba corre el riesgo de no llegar a ser nunca un verdadero proyecto de libertad, sino apenas un eterno campo de batalla de resentimientos.

En países donde existen elecciones libres, alternancia y cauces institucionales, sería absurdo desear que un ejército extranjero entrara a derrocar al Gobierno

Conviene decirlo sin rodeos: no quiero que caigan bombas sobre la tierra donde nací. Pero tampoco deseo que un régimen que ha destruido a la nación y reprime a sus habitantes siga en el poder, condenándonos a una extinción lenta. Ese es mi dilema moral. 

Desde democracias consolidadas quizá resulte difícil comprenderlo. En países donde existen elecciones libres, alternancia y cauces institucionales, sería absurdo desear que un ejército extranjero entrara a derrocar al Gobierno. Pero los cubanos hemos sido despojados justamente de esa posibilidad elemental.

En Cuba, el sistema electoral está secuestrado por las Comisiones de Candidatura y la Seguridad del Estado. No hay un solo diputado que represente a la oposición, aunque su peso dentro de la sociedad ya resulte inocultable. La boleta usada por la Asamblea Nacional en 2023 para “elegir” presidente contenía un solo nombre, el de Miguel Díaz-Canel. Llamar elecciones a un procedimiento así es una burla. Si los cubanos no podemos organizarnos políticamente, ni competir en las urnas, ni manifestarnos en las calles, ni expresarnos sin riesgo en las redes sociales, entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿qué opciones reales nos quedan para sacar del poder a los tiranos?

La sociedad civil cubana ha intentado incluso las vías más pacíficas y cívicas imaginables dentro de una dictadura. Opositores como Oswaldo Payá murieron en circunstancias nunca esclarecidas. Otros fueron desterrados. Muchos están presos o sometidos a un acoso constante. Por eso no debería sorprender que hayan ganado terreno ideas antes marginales, como la intervención extranjera o el anexionismo. Quienes nos oponemos a esas salidas debemos reconocer, al menos, que son consecuencia directa del fracaso de la Revolución como proyecto nacional. Cuando un régimen clausura toda vía interna de cambio, incubar la tentación de una salida externa deja de parecer una extravagancia y se convierte en un síntoma del desastre.

Ya casi nadie puede defender seriamente “los logros de la Revolución”, porque de ellos apenas quedan escombros

Y mientras tanto, una parte de la izquierda internacional celebra nuestra miseria como si fuera una medalla de dignidad. Desde tribunas cómodas se exalta la escasez, la represión y la inmovilidad como pruebas de resistencia frente al Imperio. Se nos exige conservar intacto el sistema autoritario para satisfacer la nostalgia o el morbo ideológico de quienes no tendrían que padecer sus consecuencias.

Muchos de esos admiradores solo conocen Cuba desde los hoteles, las ruinas convertidas en decorado o la pantalla de sus teléfonos. Ya casi nadie puede defender seriamente “los logros de la Revolución”, porque de ellos apenas quedan escombros. Sin embargo, se sigue apelando al embargo como coartada universal. Se olvida que cuando Cuba recibió recursos casi ilimitados de la URSS no los usó para modernizar el país, sino para aventuras militares e ideológicas en el extranjero. Se olvida también que el subsidio venezolano tampoco sirvió para corregir los vicios estructurales del modelo. El problema nunca fue solo la falta de recursos. El problema ha sido, sobre todo, el sistema.

Por eso resulta tan perversa la metáfora de Cuba como “nueva Numancia”, usada para elogiar su supuesta resistencia. Numancia no simboliza una dignidad abstracta, sino cerco, hambre, degradación y exterminio. Presentar a Cuba como Numancia equivale a sugerir que su grandeza consiste en soportar indefinidamente el sufrimiento. 

En Cuba, el poder parece más dispuesto a negociar con actores externos capaces de presionarlo que con sus propios ciudadanos, a quienes trata como súbditos

Hablar de soluciones exige abandonar tanto la épica ingenua como la superstición providencial. Es improbable que la sociedad civil cubana, sola y sin fracturas en el aparato de poder, logre derrotar al régimen mediante una rebelión abierta. Pedirle a una ciudadanía desarmada, empobrecida y vigilada que derrote por sí misma a un Estado policial dispuesto a disparar contra su pueblo se parece demasiado a una invitación al sacrificio. Eso no vuelve irrelevante a la sociedad civil. Sin ciudadanía activa no hay transición verdadera. Pero casi ninguna transición reciente desde el autoritarismo ocurrió sin una combinación de resistencia interna, fracturas en la élite y presión externa.

La historia demuestra que los regímenes autoritarios no suelen ceder solo por persuasión moral. Lo hacen cuando el costo de mantenerse se vuelve insoportable. En Cuba, además, el poder parece más dispuesto a negociar con actores externos capaces de presionarlo que con sus propios ciudadanos, a quienes trata como súbditos. Reconocer el papel posible de factores externos no equivale a pedir una ocupación ni a renunciar a la soberanía. Significa aceptar que, cuando todos los canales internos han sido clausurados, la presión internacional puede abrir márgenes para una transición.

Pero esa transición no debería repetir los peores vicios de nuestra historia. Cuba arrastra una herencia traumática de golpes de Estado, salidas armadas y liderazgos redentores. Ya hemos pagado demasiado caro la tentación de sustituir la política por la épica, la ley por la excepción y la ciudadanía por la obediencia al salvador de turno. La meta no puede ser cambiar un mando por otro, ni pasar de una tutela a otra. La meta debe ser reconstruir la república sobre bases civiles, pluralistas y legales.

Cuba no necesita la inmortalidad miserable de un símbolo. Necesita la vida concreta de un país. No quiere ser admirada por aguantar. Quiere dejar de aguantar. No quiere seguir siendo emblema del sacrificio ajeno. Quiere, como cualquier nación adulta, el derecho elemental a vivir en libertad.

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