Ya es el final de la dictadura comunista

Los cambios que necesita la nación no admiten dilación en el tiempo

Vivienda destruida por el huracán Ian en el municipio San Juan y Martínez en Pinar del Río. (Tele Pinar/Facebook)
Vivienda destruida por el huracán Ian en el municipio San Juan y Martínez en Pinar del Río. (Tele Pinar/Facebook)

Llegar al límite y querer ir más allá, por el solo vicio de mantener el poder. Al precio que sea. Esta es la lección egoísta y suicida, que el régimen comunista quiere dejar a los cubanos, para que el día de mañana, todo el mundo recuerde el final trágico que se aventura (de hecho, ya está aquí) para los 63 años de dictadura comunista.

Ya no valen ni la propaganda, ni la represión, ni los juegos malabares, ni las medidas de parcheo del funcionamiento económico. Los comunistas hablaron de un sistema cambiario y han llevado al peso a un cambio desconocido de un dólar por 195. De igual modo, exigieron la adopción de una tarea ordenamiento que mal elaborada, llegó en el peor momento, ocasionando un grave derrumbe de los precarios equilibrios interno y externo.

También hablaron de medidas, en concreto, de 69 para el sector agropecuario, y 95 para el azúcar, y los resultados siguen sin verse. Anunciaron a bombo y platillo el lanzamiento de las mipymes y cooperativas no agropecuarias, como el comienzo de un modelo de empresa privada, pero luego se ha visto que todo era una maniobra para convertir a los molestos trabajadores por cuenta propia en mipymes, y así reforzar el control y la intervención sobre ellos. Han expandido los gastos a límites inaceptables en un momento de caída de los ingresos y el déficit se ha financiado con expansión monetaria sin control alguno por parte del Banco Central. El balance es ciertamente nefasto,

Nada vale ya. Todos los ensayos parciales para salir del círculo vicioso han acabado siendo un fracaso absoluto, y los cubanos sufren y a diferencia del pasado, se lanzan a realizar protestas masivas por todo el país. Las informaciones que llegan de la Isla indican que el pueblo ha salido a las calles, sin miedo, dispuesto a liderar su futuro, a despejar de la escena política un régimen que ha llegado a su fin y se encuentra paralizado.

La secuencia es clara. Los cubanos sufren de un apagón general, de difícil explicación, cuando el ciclón Ian atravesó la Isla por el extremo occidental. Los habitantes del oriente, que ni sintieron los vientos o la lluvia, se deben resignar con una falta de suministro eléctrico que ya afecta a todo el país. No hay justificación que valga desde la Unión Eléctrica. Los argumentos de los directivos en la televisión son vacilantes, dubitativos, técnicos en exceso, y difíciles de comprender por una población que ha dicho basta. Es el final, tal vez no lo veamos de forma nítida, pero la pesadilla llega al final.

Todos los ensayos parciales para salir del círculo vicioso han acabado siendo un fracaso absoluto, y los cubanos sufren y a diferencia del pasado, se lanzan a realizar protestas masivas por todo el país

Díaz-Canel se presentó a toda prisa en Pinar del Río vestido de militar y con un chubasquero valorado en 300 o 400 dólares, que ya quisieran muchos cubanos tener. Y allí, con la propaganda siempre atenta, confirmó ante el mundo, lo que ya se sabe. El régimen carece, a diferencia de otros países de desarrollo inferior, de mecanismos de intervención frente a emergencias, que coordinen y pongan en marcha los procesos de arreglos de daños y el retorno a la vida normal. Hay que recurrir a los vecinos, a los barrios y a los "comunales" de dudosa interpretación. Increíble que, en un estado marxista y leninista del Caribe, increíble que, en cualquier país, haya que improvisar sobre la marcha cada vez que llega un ciclón.

Es el final. En forma de tragedia en varios actos, que solo puede acabar de una forma: devolviendo el poder y la soberanía al pueblo cubano para que, ejerciendo la democracia plural, se pueda enderezar el rumbo de la nación. El ciclón ha venido a apretar el ritmo de la transformación y, sobre todo, poner de manifiesto la debilidad y las graves carencias del modelo político ideado por Fidel Castro hace 63 años. El final está cerca. Con nuevos protagonistas que sepan interpretar las demandas del pueblo y ofrecer soluciones a las mismas, que puedan destinar los recursos a aquello que realmente es productivo y beneficioso para el pueblo, y no para un determinado partido o ideología.

La economía no aguanta más. La sociedad cubana tampoco. Asistimos a un proceso de pérdida generalizada de confianza en la moneda nacional, de inconformidad con los servicios recibidos del Estado que se pagan y bien pagados, con el trabajo de todos los cubanos. Ya no hay estrategia, ni visión y mucho menos, misión que justifiquen el mantenimiento del statu quo. Los cambios que necesita la nación no admiten dilación en el tiempo.

En realidad, todo podría ser muy fácil. Los comunistas deben dar un paso al lado y entregar el poder, convocando elecciones democráticas y libres que promuevan una nueva Asamblea Nacional con capacidad constituyente y que lidere las reformas. Decisiones de este calibre ya no pueden esperar más, porque el pueblo cubano no aguanta. Los comunistas podrían intentar salvarse, pero cada minuto que transcurre, ese horizonte aparece más oscuro y complejo. Es la hora de poner el botón a cero y recomenzar. Cuba ya lo hizo en el pasado y puede volver a hacerlo ahora también.

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Nota de la Redacción: Este artículo fue publicado originalmente en el blog Cubaeconomía y lo reproducimos con el permiso del autor.

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