Sin gasolina y con un apoyo popular mermado, el régimen cubano se queda sin su Primero de Mayo

¿Por qué se impuso la decisión pragmática de cancelar el gran desfile y disgregarlo en actos menores?

Según los que asistieron a las celebraciones de los años anteriores, hubo menos gente hoy
Hasta hace pocos días parecía que la coreografía autoritaria del Primero de Mayo se iba a dar, a pesar de la profunda crisis que vivimos. (14ymedio/Archivo)

Quizás el reclamo empezó en una parada cuando alguien comparó la falta de ómnibus con la fila de guaguas que se verían el próximo 1 de mayo. Luego la exigencia saltó al paciente que esperó por horas una ambulancia pero en el hospital escuchó la convocatoria a llenar la Plaza de la Revolución de La Habana el Día de los Trabajadores y contagió a ese jubilado que se gastó media pensión en un taxi, para asistir a un trámite notarial. El coro se volvió casi unánime: "¡Cómo van a hacer un desfile si no hay gasolina ni para los carros fúnebres!".

Mostrar que se tiene poder de convocatoria y músculo político para acarrear a miles de personas es una cosa, pero materializar ese baño de multitudes implica una logística compleja: se debe azuzar el poco entusiasmo revolucionario que queda entre los trabajadores cubanos, disponer del combustible necesario para trasladarlos hacia las principales plazas de cada provincia y desplegar un aparataje de propaganda que lleva a esos lugares desde camarógrafos hasta locutores, todos ellos sedientos de agua, merienda, saldo en su teléfono móvil y alguna que otra prebenda.

Hasta hace pocos días parecía que esa coreografía autoritaria se iba a dar, a pesar de la profunda crisis que vivimos. Un evento que en esta Isla nada tiene que ver con la fecha proletaria pensada para la exigencia y la protesta, porque aquí hace décadas fue domesticada y transmutada en un acto de apoyo a un régimen dirigido por jerarcas del Partido Comunista que nunca han sudado en una industria, no han contado los centavos para llegar a fin de mes y tampoco saben del amargo sabor que deja sobre el plato una moneda devaluada y una inflación galopante.

Falsear los resultados de un proceso electoral lleva la complicidad de cientos de funcionarios pero, para mostrar una muchedumbre donde no la hay, se necesita más que inteligencia artificial

Iban, como tantas veces en el pasado, a gastarse en una jornada de autobombo lo poco que nos queda en esta nación donde las universidades cancelan sus clases presenciales, la gente evita hacer planes que impliquen trasladarse a otro municipio y en las familias brotan las peleas a golpes por los pocos litros de diésel que el abuelo tiene guardado en un bidón. Este iba a ser otro año, como los muchos que vivimos bajo la impronta delirante de Fidel Castro, en que era más importante la foto desde la tribuna que el día después con sus enfermos urgidos de trasladarse, sus difuntos esperando por ser cremados y sus niños aguardando por llegar a la escuela.

¿Por qué se impuso entonces la decisión pragmática de cancelar el gran desfile y disgregarlo en actos menores? La crisis de hidrocarburos no parece ser la única causa para esta decisión. El viejo pánico de un desfile sin los cientos de miles que lograban convocar-coaccionar en tiempos pasados puede estar entre los motivos. Falsear los resultados de un proceso electoral lleva la complicidad de cientos de funcionarios pero, para mostrar una muchedumbre donde no la hay, se necesita más que inteligencia artificial. Cualquier truco fotográfico o propagandístico puede ser rápidamente contrastado y desmontado en estos tiempos.

No fue solo la falta de petróleo la causa de la suspensión del desfile en La Habana. Con este cambio de escenario y al bajarle en varios grados la importancia a la conmemoración, el régimen cubano está dejando claro que ya ha pasado la página de mostrarse como apoyado por el pueblo, respetado por los obreros y aplaudido por sus avances en la justicia social.

Las burdas dictaduras ni siquiera necesitan baños de multitudes. No tienen que ser carismáticas ni contar con oradores de verbo fácil o perfil mítico. El segundo mandato de Miguel Díaz-Canel ha comenzado apenas hace unos días pero ya ha definido sus líneas fundamentales: sobrevivir a cualquier costo aferrado al poder aunque en el camino pierda las pocas vestiduras colectivistas que le quedaban.

El castrismo ya no precisa sonreír para las cámaras teniendo detrás esa escultura de un José Martí tan triste que dan ganas de no mirar. Estamos en tiempos de absoluta imposición y terror. ¿Para qué se necesita un desfile?

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