Gonzalo de Castañón y los ‘influencers’ del odio

Hoy como ayer

El periodista asturiano impulsó una maquinaria de odio cuya sombra alcanzó al Teatro Villanueva y al fusilamiento de los estudiantes de Medicina 

Retrato de Gonzalo de Castañón, periodista y dirigente integrista español en la Cuba del siglo XIX.
Retrato de Gonzalo de Castañón, periodista y dirigente integrista español en la Cuba del siglo XIX. / Historia de los voluntarios cubanos / Biblioteca del Museo del Ejército
Rolando Gallardo

29 de agosto 2026 - 14:20

Madrid/Hay personajes que la historia parece haber esculpido para servir de advertencia, y Gonzalo de Castañón Escaro es uno de ellos. Nacido en Mieres, Asturias, el 2 de diciembre de 1834, fue abogado, periodista y, sobre todo, arquitecto de uno de los episodios más siniestros del enfrentamiento entre separatistas e integristas en la Cuba del siglo XIX. Su vida, sin embargo, no comenzó marcada por el fanatismo, sino por el amor y la pérdida.

Casado con doña Ángela Llanos, cubana natural de Santiago de las Vegas, con quien tuvo dos hijos, Rodrigo y Fernando, Castañón enviudó de forma trágica y, dejando a sus hijos huérfanos de madre, cruzó el Atlántico para rehacer su vida en la isla que su esposa había llamado suya. Nadie ha logrado documentar con precisión el momento exacto en que aquel duelo personal mutó en un odio patológico hacia los cubanos. Algunas fuentes sitúan el origen en una bofetada recibida durante una disputa política en Puerto Príncipe. Sea cual fuere la causa, lo cierto es que Castañón encontró en el integrismo español más feroz un cauce para canalizar su rabia, y lo hizo sin matices ni límites.

Convertido en una pluma temida, dedicó su energía a defender la soberanía española frente al levantamiento independentista iniciado en Yara. Su fanatismo, no obstante, era ciego: incapaz de distinguir entre insurrectos y cubanos leales a la Corona, trató a la población entera como sospechosa. El 31 de mayo de 1869 fundó el periódico La Voz de Cuba, plataforma desde la que sembró difamación y discordia hasta proponer, sin ambages, el exterminio de los cubanos y la repoblación de la isla con nuevos españoles.

Ese odio encontró su expresión más brutal en los sucesos del Teatro Villanueva, cuando voluntarios españoles atacaron a tiros al público de una función teatral en La Habana

La virulencia de sus escritos resultó tan alarmante que el propio Capitán General de la Isla, Domingo Dulce, dispuso su destierro al advertir que su discurso abría una fractura social irreparable. La orden, sin embargo, nunca llegó a ejecutarse: Dulce fue destituido de su cargo antes de que pudiera hacerse efectiva, y Castañón permaneció en Cuba para seguir alimentando el odio.

Ese odio encontró su expresión más brutal en los sucesos del Teatro Villanueva, cuando voluntarios españoles atacaron a tiros al público de una función teatral en La Habana en enero de 1869. Apenas cien días habían transcurrido desde el alzamiento de La Demajagua, tiempo suficiente para que la crispación entre separatistas e integristas alcanzara un punto de ebullición que solo esperaba una chispa. Aquella noche del 22 de enero de 1869, en plena función del Villanueva, bastaron unos vítores a Céspedes y a Cuba Libre para que los Voluntarios irrumpieran en la sala disparando a mansalva contra el público, sembrando de muertos y heridos el que hasta entonces había sido un espacio de entretenimiento.

Gonzalo de Castañón, desde las páginas de La Voz de Cuba, azuzó abiertamente la venganza y alentó la violencia desmedida del Cuerpo de Voluntarios. Aquella noche y en las horas que siguieron, la furia no distinguió bandos ni discriminó culpables: la población civil, tanto peninsulares como cubanos, quedó igualmente expuesta. Estar en el lugar y el momento equivocado podía costar la vida. Un joven José Martí, testigo de aquel horror, dejaría constancia del mismo años después: "pocos salieron ilesos del sable del español; la calle, al salir el sol, era un reguero de sesos."

Castañón encontró en la controversia un hallazgo que hoy resulta inquietantemente familiar: la polémica genera audiencia

No pasó inadvertida para sus contemporáneos la responsabilidad de Castañón en aquel clima de terror. El propio Martí, con apenas dieciséis años, había fundado el 19 de enero de 1869 el periódico El Diablo Cojuelo, junto a Fermín Valdés Domínguez, y desde sus páginas denunció que aquel órgano integrista se apropiara, con cinismo, del nombre de la propia isla para justificar cualquier crimen. 

Su carácter, sin embargo, no reservaba la beligerancia exclusivamente para el bando independentista. A finales de 1869, unos tres meses antes de los sucesos de Cayo Hueso, Castañón retó a duelo a Gil Gelpí y Ferro, director del periódico La Prensa en La Habana y correligionario suyo: un integrista tan conservador y tan devoto de la causa española como el propio Castañón. No mediaba entre ambos disputa ideológica alguna; el desencuentro nació, según cuentan las crónicas de la época, del ánimo chanchullero de Castañón, quien parecía dispuesto a dirimir con las armas cualquier fricción, real o imaginada, incluso con sus propios aliados. Gil Gelpí rehusó el desafío. El episodio, menor en apariencia, retrata con nitidez a un hombre para quien el brete y la violencia habían dejado de ser instrumentos políticos y se habían convertido en un rasgo de su carácter.

Esa misma pulsión lo llevó, apenas semanas después, a protagonizar el episodio que le costaría la vida. Castañón encontró en la controversia un hallazgo que hoy resulta inquietantemente familiar: la polémica genera audiencia. El 16 de enero de 1870, el periódico independentista El Republicano, editado en Cayo Hueso y dirigido por Juan María Nito Reyes, publicó que el director de La Voz de Cuba había sido abofeteado. Castañón, lejos de ignorar el ataque, decidió convertirlo en espectáculo: cinco días después retó a duelo al director del periódico rival desde sus propias páginas.

Un año después de su muerte, la supuesta profanación de su tumba sirvió de pretexto para una de las mayores injusticias de aquel periodo: el fusilamiento de los estudiantes de Medicina

Ese apetito por el aplauso de su público, esa necesidad de humillar públicamente a los independentistas, lo llevó hasta Cayo Hueso. El circo que él mismo había montado, sin embargo, se le volvió en contra. Tras agredir físicamente a Nito Reyes y pagar una multa de doscientos dólares, otro independentista de la zona, Mateo Orozco, se presentó en el hotel donde se hospedaba Castañón para exigirle explicaciones. El encuentro derivó en un tiroteo, y Castañón cayó herido de bala, una de ellas en la ingle. Murió el 31 de enero de 1870, poniendo fin a una existencia breve y tumultuosa.

La siembra de odio, sin embargo, no muere con quien la siembra. El cadáver de Castañón fue trasladado a La Habana con honores de capitán general, y su figura se transformó de inmediato en mártir del integrismo español. El duelo colectivo se convirtió en sed de venganza, y un año después de su muerte, la supuesta profanación de su tumba sirvió de pretexto para una de las mayores injusticias de aquel periodo: el 27 de noviembre de 1871, ocho estudiantes de primer año de Medicina, inocentes, fueron fusilados, víctimas de una turba de voluntarios envenenada por el discurso que La Voz de Cuba llevaba años propagando.

En enero de 1887, los restos de Castañón fueron repatriados a España y depositados en el cementerio de La Cortina, en su Mieres natal. En aquella exhumación, su hijo menor, Fernando, junto a Fermín Valdés Domínguez –superviviente de la matanza de los estudiantes–, pudieron constatar que la tumba jamás había sido profanada. La acusación que había costado ocho vidas jóvenes era, sencillamente, falsa.

El fanatismo, cuando además reporta beneficio económico o social a quien lo ejerce, es incompatible con la racionalidad

Más de siglo y medio después, la sociedad cubana, dentro y fuera de la isla, sigue lidiando con versiones actualizadas de aquel mismo modelo de negocio: figuras públicas que convierten el patriotismo o la ideología en mercancía, que polarizan y fracturan para cosechar aplausos fáciles. Son, en muchos sentidos, herederos directos del método de Castañón: despreciados por cualquier persona moderada, sea cual sea su bando, pero sostenidos por el rédito que produce la indignación ajena. En su discurso no cabe el disenso ni el respeto; no hay fanatismo, de un signo u otro, que no termine salpicando de odio a quienes lo rodean con tal de obtener el aplauso fácil de su grada.

El fanatismo, cuando además reporta beneficio económico o social a quien lo ejerce, es incompatible con la racionalidad. Los linchamientos digitales y los actos de repudio contemporáneos responden a los mismos instintos tribales que, hace más de ciento cincuenta años, llevaron al fusilamiento de ocho adolescentes inocentes. La historia de Gonzalo de Castañón queda como advertencia: el odio puede resultar un negocio muy rentable a corto plazo para quien lo administra, pero la factura, tarde o temprano, la terminan pagando las sociedades enteras, con la sangre y el porvenir de quienes menos culpa tienen.

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