Los imponderables de la Historia, Fidel Castro y Díaz-Canel

Sudáfrica, Chile o Polonia son algunos de los casos que demuestran que el derrumbe del régimen es inevitable

La caída del régimen de Castro está anunciada desde que proclamó su carácter marxista-leninista y a Díaz-Canel le puede tocar enterrarlo. (Escambray)
La caída del régimen de Castro está anunciada desde que proclamó su carácter marxista-leninista y a Díaz-Canel le puede tocar enterrarlo. (Escambray)

Los imponderables hacen difícil las predicciones históricas, pero desde el momento, en abril de 1961, en que Fidel Castro proclamó el carácter marxista-leninista de su revolución, se inició el colapso del régimen. El derrumbe podrá demorarse aún, pero es inevitable, como lo fue en la Sudáfrica racista, el Chile de Pinochet y los regímenes comunistas europeos.

En todos esos países, donde se negaron por años los derechos humanos fundamentales, el nivel de represión se disparó ante la movilización ciudadana que, sin violencia, reclamaba un diálogo nacional en búsqueda de soluciones a la crisis política, económica y ética que sufría la nación.

La respuesta de las autoridades en esos países fue declarar la ley marcial, es decir, sacar las tropas a las calles, encarcelar a muchos sin presentarlos ante los tribunales, perseguir a periodistas nacionales y corresponsales extranjeros, cortar las comunicaciones, tratar de desprestigiar a líderes opositores, utilizar el chantaje y la intimidación y culpar a potencias extranjeras.

Organizaciones internacionales de derechos humanos, Gobiernos democráticos, intelectuales, artistas, líderes sindicales y religiosos de alrededor del mundo defendieron a los activistas

El resultado fue que organizaciones internacionales de derechos humanos, Gobiernos democráticos, intelectuales, artistas, líderes sindicales y religiosos de alrededor del mundo defendieron a los activistas y consiguieron medidas restrictivas contra las dictaduras. Y, dentro de aquellas sociedades, el desencanto y la oposición dentro de las Fuerzas Armadas, la burocracia, el Partido y las organizaciones de masas creció.

Los regímenes cayeron en el clásico círculo vicioso: la oposición pacífica urgía un diálogo que exigía derechos básicos internacionalmente reconocidos –libertad de expresión, reunión y asociación–, y el Gobierno respondía con más abusos, golpizas, juicios amañados, arrestos violentos contra manifestantes que trataban de ejercer derechos garantizados por las leyes, mientras las autoridades violaban sus propias Constituciones. Mientras la oposición presentaba un mensaje de esperanza y tolerancia para todos, las autoridades se empecinaban en la continuidad de un sistema obviamente fracasado.

La oposición respondía contra Pinochet en Chile con la Campaña del No en el plebiscito; en Polonia con las huelgas obreras y los sermones en las iglesias; en Praga con conciertos, performances y canciones prohibidas en la Linterna Verde; en Lituania con la cadena de miles de personas dándose las manos de un extremo a otro de su pequeño país, que había sufrido la ocupación nazi y la rusa.

El general polaco Wojciech Jaruzelski comprendió a tiempo lo que le convenía tanto a su país como a él y a su familia. Mandó a buscar a la cárcel a Lech Walesa, el electricista líder de los trabajadores polacos, para conversar y buscar soluciones. Algunos acusaron a Walesa de traición por reunirse con el tirano.

Años después, el propio Walesa me contó en Varsovia que, al llegar a la reunión, el general dictador le preguntó por qué no se sentaba. Su respuesta fue que él no podía sostener una conversación hasta que soltaran a los presos políticos. Ese fue el inicio, y cuando el dictador, creyendo su propia propaganda, aceptó convocar elecciones, convencido de que la oposición sacaría no más de un 30% de los votos, el pueblo polaco abrumadoramente eligió a la oposición. Después, Walesa llegó a la presidencia y recibió el Premio Nobel. Polonia ganó y Jaruzelski también, ya que permaneció en su país sin ser molestado; allí falleció años más tarde.

Los líderes sudafricanos y sus familias ya eran unos apestados que no podían ni siquiera viajar a las capitales más importantes del mundo y los artistas más destacados del mundo boicoteaban al régimen de Pretoria

En el caso de Sudáfrica sucedió algo muy parecido. Nelson Mandela, marxista y propulsor de la violencia revolucionaría, cumplía una larga condena en la Isla de Robben por sus actividades terroristas. Cuando optó por la lucha no violenta (que había empleado Mahatma Ghandi para derrotar al Imperio Británico en la India), las manifestaciones en Soweto y las sanciones internacionales lograron que el presidente sudafricano, F.W. de Klerk, líder del Gobierno del apartheid sudafricano, se diera cuenta que la situación era insostenible.

Los líderes sudafricanos y sus familias ya eran unos apestados que no podían ni siquiera viajar a las capitales más importantes del mundo y los artistas más destacados del mundo boicoteaban al régimen de Pretoria.

Entonces, se reunieron los dos enemigos. Se acabó la dictadura racista al derogarse el sistema de apartheid. Se celebraron elecciones multipartidistas. El mundo suspendió las sanciones contra Sudáfrica. La transición no fue fácil, y la política sudafricana sigue siendo complicada. Pero de Klerk y Mandela lograron el cambio. Recibieron juntos el Premio Nobel de la Paz en 1993. Mandela fue electo presidente de Sudáfrica en 1994. Cuando cumplió su mandato, se retiró y otros políticos más jóvenes fueron electos para dirigir los destinos del país. Mandela murió a los 95 años en Sudáfrica. De Klerk vivió el resto de sus días tranquilamente en Pretoria y acaba de morir, a los 85 años.

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