La indiferencia de los pueblos

¿Qué significaba para la mayoría de eso que llamamos "pueblo", aquello otro que llamamos "libertad"?

John Milton Hay, secretario de Estado de los Estados Unidos, firmando la ratificación del Tratado de París en 1899. (CC/Wikimedia)
John Milton Hay, secretario de Estado de los Estados Unidos, firmando la ratificación del Tratado de París en 1899. (CC/Wikimedia)
Yunior García Aguilera

01 de febrero 2024 - 09:58

Madrid/Cuando España y Estados Unidos firmaron el Tratado de París, el futuro de Cuba era incierto. Los norteamericanos habían dejado claro que no les interesaba la anexión, pero tampoco estaba definido el camino hacia la soberanía. Los campos habían sido arrasados por la tea incendiaria, los pequeños propietarios carecían de animales de tracción, la infraestructura ferroviaria estaba destruida. ¿Qué rayos significaba para la mayoría de eso que llamamos "pueblo", aquello otro que llamamos "libertad"?

Los machetes y las balas mambisas mataron a poco más de 3.000 españoles, mientras que enfermedades varias acabaron con más de 40.000 vidas. Unos 80.000 cubanos pelearon del lado español, ya fuera como voluntarios o soldados de reemplazo. Sin embargo, el Ejército Libertador nunca llegó ni a la mitad de esa cifra. Y lo peor es que la mayoría se había sumado durante el último mes, cuando ya Estados Unidos había intervenido en el conflicto y era obvio que España perdería su dominio sobre Cuba.

Siempre ha sido fácil sumarse al carro de la victoria. A esa hora todos se saben La Bayamesa. Máximo Gómez sufrió más de una vez esa frustración ante la indiferencia de las mayorías. Al acabar la Guerra de los Diez Años, cuando se disponía a partir al exilio, una muchedumbre se juntó en el puerto de Santiago de Cuba. Gómez escribiría en su diario: "Estoy contemplando con mucho pesar una masa de más de 8 mil jóvenes cubanos que no se han atrevido a empuñar las armas para liberar a su país". Por eso es comprensible que no asistiera luego al traspaso de poder entre panchos y gringos, el 1 de enero de 1899. La paz, de nuevo, tenía para él un sabor a rancio.

Incluso muchos funcionarios españoles siguieron en sus puestos. Algunos tuiteros de hoy se escandalizarían y le llamarían a eso "el cambio fraude"

El Gobierno interventor mantuvo, en un principio, la misma división administrativa, así como los códigos civil y penal. Incluso muchos funcionarios españoles siguieron en sus puestos. Algunos tuiteros de hoy se escandalizarían y le llamarían a eso "el cambio fraude". Pero lo cierto es que, según la lógica de los norteamericanos, no todo el que sabía blandir un machete estaba preparado para un puesto de administración. La prioridad para ellos era echar a andar una economía destrozada y mantener la mayor estabilidad posible.

Los nacionalistas radicales, naturalmente, se enfadaron. No habían dejado el pellejo en los montes para seguir bajo las órdenes de alguien que hablara con la "z". El entonces secretario de Guerra norteamericano, Elihu Root, confesaba llevar una vida intranquila, con el temor de enterarse de que su ejército había tenido que tirotear a los ex insurrectos cubanos.

Era necesario entonces integrar a los veteranos en el gabinete político, y así se hizo. Entre los elegidos figuraban apellidos ilustres, con formación en Estados Unidos y Europa, con expediente patriota y con fortunas propias que no los empujarían a la tentación de enriquecerse con el tesoro público. Podría afirmarse que eran mil veces más competentes que el actual Gobierno de Cuba, repleto de cuadritos inútiles, graduados en demagogia y cantinfleo por la Ñico López. Pero la historia trataría a palos a aquellos primeros funcionarios cubanos, ignorándolos, la mayoría de las veces, o colocándoles etiquetas generalizadoras y fuera de contexto.

Probablemente, cuando llegue la hora de la transición hacia la libertad en Cuba, a los que tengan el valor de asumir responsabilidades administrativas, les ocurrirá lo mismo. Aceptar cargos en ese momento implicará tomar las decisiones más complejas, polémicas y, tal vez, ingratas. Será como quemarse. Quizás ninguno de los que decida participar en ese proceso se salve para jugar un rol en la futura democracia.

Y mientras todo esto ocurre, ¿qué pasa con las mayorías? ¿Qué papel se supone que jugarán durante la transición? Es previsible que las multitudes tomen las calles con euforia. Se supone que muchos se lancen contra los símbolos del castrismo, como mismo ocurrió tras la caída de Machado o Batista. Podemos imaginar incluso que se cante Patria y Vida en las principales avenidas, a todo volumen. Pero luego, la mayoría volverá tras la pantalla de su teléfono para ser espectadores del cambio.

Esa mayoría hoy espera en modo avión que alguien ponga el cuerpo, mientras hacemos zapping con las burradas de algún ministro, la última gira internacional de la Machi y su hijo como polizones de primera clase, o los reels virales de los novios de Yarelis.

Eso que llamamos pueblo suele ser una abstracción, un sueño que despierta de vez en cuando, si algo... o alguien, sacude con fuerza su cama.

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