En su intento de seducir a EE UU, el régimen cubano se adueña del sector privado

¿Cuántos de esos emprendimientos que hoy señorean en el cautivo mercado de la Isla no tienen un vínculo sanguíneo con el poder?

Publicidad de la discoteca Fantaxy, cuyo propietario es Sandro Castro, nieto de Fidel, difundida por el propio local
Publicidad de Fantaxy, que se presume propiedad de Sandro Castro Arteaga, nieto de Fidel, difundida por la propia discoteca. (Facebook)

Han pasado solo seis años pero parece un siglo. Desde entonces hasta ahora el discurso oficial se ha dado la vuelta, dicho y desdicho, confirmado y negado infinidad de veces. En 2016, una iracunda declaración de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (Anap) daba el portazo a la propuesta de Washington de comprar directamente a los cafetaleros cubanos. Este diciembre, sin embargo, un funcionario casi ha suplicado por el apoyo de EE UU al sector privado de la Isla aunque con ello se intente "socavar a la Revolución".

En el tiempo que media entre aquel rechazo y este ruego, nuestro país se hundió en una de las más profundas crisis económicas de su historia. Las arcas nacionales se vaciaron, el interés de la prensa internacional y de las grandes compañías giró hacia otro lado mientras cientos de miles de cubanos hicieron sus maletas para escapar de este sistema fallido. A ese desastre podría deberse el cambio de rumbo en la oratoria oficialista. Quizás morder el polvo de las protestas populares del año pasado y no poder sostener los gastos de su policía política o de su extensa propaganda interna le hayan bajado también los humos al régimen.

Les ha sobrado tiempo para barrer a los que no quisieron plegarse, empujar al exilio o hacer quebrar a los empresarios locales que no acataron sus imposiciones

Sin embargo, el anuncio de que las autoridades cubanas podrían aceptar acuerdos y fondos destinados a los emprendedores de la Isla –aunque estos no beneficien a la achacosa empresa estatal socialista ni a las instituciones oficiales– apunta a algo más que al mal estado actual de la economía. En seis años, que parecen poco pero que un sistema autoritario y que controla cada resquicio de nuestras vidas puede aprovechar muy bien, se han erigido negocios de escasa transparencia y oscuros propietarios que apuntan a las familias en el poder o a sus "bendecidos" testaferros.

¿Cuántos de esos emprendimientos que hoy señorean en el cautivo mercado cubano no tienen un vínculo sanguíneo o de obediencia con el pequeño grupo de nonagenarios que controla esta Isla? Les ha sobrado tiempo para barrer a los que no quisieron plegarse, empujar al exilio o hacer quebrar a los empresarios locales que no acataron sus imposiciones y crear una clase emprendedora de laboratorio: lista para recibir a manos llenas los recursos que lleguen desde el extranjero y pagar su coima de sobrevivencia. Un soborno que ingresan con dinero y silencio.

Ahora, creado el parque temático de mipymes favorables o vinculadas a los jerarcas verde olivo, sienten que es el momento de levantar el banderín a los apoyos estadounidenses. A los pobres cafetaleros de la zona oriental de Cuba, empobrecidos y con la producción de grano por el suelo, este momento les ha llegado tarde. Pero a los bares con whisky importado que manejan "los hijos de papá" y a las fincas de atrezo que gestionan los delatores de los pueblos y a las que llevan a los visitantes extranjeros, este anuncio es música para sus oídos.

Siempre habrá algún funcionario que explique el cambio, eche mano de algún argumento y trate de distraer las miradas. Como una vez se apropió de los conceptos de derechos humanos, democracia o libertad, la oratoria oficialista acaba de concretar el secuestro del término "sector privado".

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