Opinión
Los jirones de una nación
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La Habana/Una bandera cubana, hecha jirones, ondea en el Capitolio de La Habana. La enseña nacional parece haber perdido la batalla contra el viento y el abandono. Sus franjas azules y blancas están desgarradas y el color rojo del triángulo ha perdido fuerza. Está tan rota como el país que representa, una Isla con unos diplomáticos que promueven por el mundo las mismas mordazas que nos han impuesto aquí dentro.
Ayer, mientras esta tela desgarrada batía cerca de las columnas y la cúpula del imponente edificio habanero, en Nueva York ocurría otra escena que dejaba al descubierto el deterioro de nuestra vida pública. La delegación oficial cubana, encabezada por el canciller Bruno Rodríguez, protagonizó un acto de repudio contra el embajador de Estados Unidos ante Naciones Unidas. Gritos, golpes sobre la mesa y hasta un intento de apagar el micrófono de Mike Waltz conformaron el bochornoso espectáculo.
El método nos resulta dolorosamente familiar. Ante una opinión incómoda, el régimen cubano ha optado sistemáticamente por elevar la voz, levantar el puño y empujar a los calabozos. Cuando alguien trata de argumentar su discrepancia, le llueven los insultos soeces. Esa actitud ha dado forma también a una diplomacia del matonismo, a una escuela de relaciones internacionales donde el agravio pretende sustituir a la razón y el manotazo se enseña como una respuesta legítima al desacuerdo.
Lo ocurrido en Nueva York no fue una anomalía: fue el calco de un comportamiento doméstico en un escenario internacional
Durante años, el castrismo ha exhibido en el extranjero sus peores prácticas políticas. La descalificación del adversario, el desprecio por la diversidad ideológica y la necesidad de convertir cualquier intercambio en una demostración de fuerza forman parte de ese nefasto equipaje. Lo ocurrido en Nueva York no fue una anomalía: fue el calco de un comportamiento doméstico en un escenario internacional.
Aunque es difícil no sentir vergüenza ajena al ver el comportamiento de estos funcionarios, vale la pena recordar que quienes protagonizan esas escenas no representan a todos los cubanos. Ellos no hablan por quienes soportamos apagones interminables, por las madres que despiden a sus hijos en los aeropuertos ni por los presos políticos que llevan años reclamando su libertad. Ese piquete vociferante y maleducado no es el rostro de este país por más que lo repitan.
Lamentablemente, ante las cámaras y los organismos internacionales, sus gestos terminan asociados a nuestra nacionalidad. Con lo cual se consuma otra forma de despojo, tras haberse apropiado ya de los símbolos comunes y utilizarlos en nombre de un partido, de una ideología y de un clan familiar que se considera dueño a perpetuidad de este país.
La bandera del Capitolio pertenece también al cubano que protestó en las calles el 11 de julio de 2021, al que emigró en busca de libertades cívicas y personales, al que guarda silencio por miedo y al que todavía cree posible una apertura democrática en esta tierra. Ningún diplomático tiene más derecho sobre ella que un disidente que proyecta una Isla sin censura. Ningún funcionario puede reclamar el monopolio de esa estrella solitaria mientras amenaza al que no está de acuerdo con su doctrina.
Quizás en los próximos días sustituyen la bandera desgarrada que ondea en el Capitolio. Bastará una escalera y unos minutos para colocar una nueva en el mástil. Pero reparar la patria será bastante más difícil. Reconstruir nuestra nación exigirá abandonar la violencia como lenguaje político, aceptar la pluralidad y comprender que la dignidad nacional no se defiende desde una diplomacia del ultraje. Mientras ese proceso de aceptación de las diferencias no empiece, seguiremos siendo una nación rota, hecha pedazos.
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