Hoy como ayer
Gonzalo de Castañón y los ‘influencers’ del odio
Opinión
Montreal (Canadá)/Cuando la periodista brasileña Mônica Bergamo preguntó al presidente no electo de Cuba si el gobierno estaba aplicando el capitalismo para salvar el socialismo, este respondió, visiblemente irritado, que no había reformas capitalistas: que las 176 medidas eran “concesiones necesarias” dentro de la construcción socialista, y que Cuba seguía defendiendo la justicia social. Lo dijo, sin el menor asomo de vergüenza, como si el término “justicia social” fuera no solo la raíz misma del pensamiento socialista sino la antítesis del capitalismo; como si fuera remotamente creíble que el Estado cubano persigue algo parecido a ella, cuando, como veremos, ha sido exactamente lo contrario.
No hace falta detenerse demasiado en la simbiosis artificial que los propagandistas del régimen (tanto en la esfera ideológica como en la teórica) establecen entre socialismo marxista y justicia social. Basta recordar que en la Crítica del Programa de Gotha (1875) el propio Marx desconfiaba del vocabulario de “distribución justa” o “derecho igual”: para él, justicia y derecho eran categorías jurídicas, superestructurales, reflejo de un modo de producción y no estándares trascendentes desde los cuales juzgarlo. Ni siquiera Marx le compraría el eslogan al presidente no electo.
Pero lo que escandaliza es que el representante de un régimen totalitario pueda mirar a una periodista a los ojos y decir, sin titubear, que lo que busca Cuba, desde hace casi setenta años, no es otra cosa que justicia social. Puedo imaginar el esfuerzo de Bergamo por disimular su asombro: acababa de recorrer las calles, hablar con la gente, ver la miseria a la que ese mismo régimen ha condenado al pueblo cubano, y el rechazo profundo que ese pueblo siente por sus opresores.
Ninguna definición seria de justicia social admite un pueblo empobrecido y dependiente de las migajas que el Estado decida concederle. La condición previa a cualquier cálculo distributivo es la garantía de las libertades básicas: expresión, conciencia, asociación, participación política, protección frente al poder arbitrario. John Rawls, el teórico político más influyente del siglo XX, coloca tal condición antes que cualquier otra consideración, precisamente porque sin derechos no hay ciudadanos, sino súbditos. Con casi siete décadas encarcelando e incluso eliminando a opositores, prohibiendo partidos, censurando la prensa, convirtiendo la discrepancia en delito, hablar de justicia social en Cuba es simplemente absurdo.
Lo que escandaliza es que el representante de un régimen totalitario pueda mirar a una periodista a los ojos y decir, sin titubear, que lo que busca Cuba, desde hace casi setenta años, no es otra cosa que justicia social
Y, por si fuera poco, el presidente no electo da por sentado que capitalismo y justicia social se excluyen mutuamente. Quizá no sepa que los países con mayor igualdad y protección social del planeta, con los nórdicos a la cabeza, son economías de mercado con propiedad privada. A pesar de sus diferencias, Finlandia, Noruega, Suecia y Dinamarca tienen en común haber optado por “domesticar” el capitalismo con impuestos progresivos y Estado de bienestar en lugar de abolirlo. Incluso Estados Unidos, considerado con frecuencia como paradigma último del capitalismo, destina más de un quinto de su PIB a gasto social. Sea en Canadá, Francia, el Reino Unido, Uruguay, Costa Rica, Chile e incluso en el Brasil de Bolsa Família, a nadie se le ha ocurrido construir justicia social eliminando el capitalismo.
En algunos de estos países ha habido presidentes socialistas y ni uno solo ha considerado la loca idea de reemplazar el capitalismo para crear justicia social, pues saben que estarían eliminando la fuente de riqueza y de libertades que la hacen posible. El régimen cubano, por su parte, ha hecho justamente lo contrario: destruyó la capacidad de generar riqueza de la nación, abolió hasta las libertades más básicas, se convirtió en el parásito de la riqueza que producen otras naciones, devino un mendigo archiconocido por no pagar sus deudas, puso a Cuba en la lista de los países de más alto riesgo para invertir y condenó al país a la miseria absoluta haciendo de la escasez su política de Estado.
La justicia social exige recursos: escuelas que funcionen bien, hospitales limpios y abastecidos, pensiones dignas. Sin crecimiento económico sostenible no hay redistribución posible. Es por ello, quizá, que lo único que ha sido repartido ampliamente en nuestro país es la pobreza.
El presidente no electo menciona con gran alarde la libreta de racionamiento como un logro de justicia social, cuando en realidad es la prueba misma del fracaso del sistema. Por ridículo que parezca, él parece suponer que repartir unas libras de arroz al mes es ya política distributiva, incluso si con esto solo consigue mantener a los cubanos en condición de dependencia casi absoluta del Estado, privándolos no solo de sus derechos básicos y de sus libertades, sino también de la capacidad de producir riquezas, para sí mismos, y para la sociedad cubana.
Sin crecimiento económico sostenible no hay redistribución posible. Es por ello, quizá, que lo único que ha sido repartido ampliamente en nuestro país es la pobreza
La justicia social produce autonomía, dignidad, bienestar; la dependencia produce obediencia, miedo, dominación. Como advierte Michèle Lamont en Seeing Others, toda distribución material genuina presupone tratar a quien recibe no como un ser dependiente, sino como un pleno sujeto de derecho. La miseria que reparten en las bodegas no es distribución en ningún sentido que incluso las más humilde de las concepciones de la justicia pueda aceptar, como tampoco son aceptables las condiciones deplorables en que el régimen ha dejado los hospitales, las escuelas y la infraestructura del país, mientras sus protegidos ni siquiera se molestan en esconder la riqueza que han obtenido saqueando los recursos de la nación.
Cuando el presidente no electo habla de “justicia social”, se inscribe claramente en la tradición que Orwell documentó como la gramática última del poder totalitario. En su obra 1984, el Ministerio de la Verdad falsifica la historia; el Ministerio de la Paz administra la guerra; el Ministerio del Amor tortura. El lema del Partido resume esa lógica: “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”. Solo le falta una línea para completarlo: “…y la continuidad comunista es la justicia social”.
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