Miguel Díaz-Canel, el estadista fallido de una dictadura en fase terminal

Cuba y la noche

Sin carisma, sin autoridad y aficionado a la represión, el mandatario cubano encarna el agotamiento político del castrismo

Atribuir su pésima gestión únicamente a la mala suerte sería una simplificación.
Atribuir su pésima gestión únicamente a la mala suerte sería una simplificación. / EFE
Yunior García Aguilera

13 de marzo 2026 - 17:19

Madrid/Hay dirigentes que, aun en sistemas autoritarios, logran proyectar una cierta aura de mando. Un tono de voz que impone respeto. Un gesto que transmite seguridad. Una frase que, aunque sea propaganda, busque quedarse en la memoria. Miguel Díaz-Canel no pertenece a esa categoría.

Desde que fue colocado en la presidencia de Cuba, su figura ha estado marcada por una carencia difícil de disimular: la ausencia total de ashé. En la cultura popular de la Isla, esa palabra resume la sensación de que alguien posee una fuerza especial, una energía que atrae respeto, influencia y eficacia. Díaz-Canel, en cambio, parece haber llegado al poder acompañado por una cadena casi ininterrumpida de calamidades.

Durante su mandato se han sucedido tragedias como el accidente aéreo de 2018, el devastador tornado que azotó La Habana un año después, la pandemia de covid-19 y el gigantesco incendio en la base de supertanqueros de Matanzas. A esa sucesión de desastres se sumó un golpe geopolítico de enorme magnitud: la pérdida del control de Caracas tras la captura de Nicolás Maduro. Aquella operación no solo dejó en evidencia la fragilidad del aparato cubano de seguridad, sino que privó a La Habana de su principal benefactor petrolero. Para el régimen cubano, perder a Venezuela frente a Estados Unidos ha sido un golpe parecido, en clave contemporánea, a lo que significó para España perder a Cuba en 1898.

Pero atribuir su pésima gestión únicamente a la mala suerte sería una simplificación. La peor catástrofe de su mandato no ha sido el azar, sino la obstinación política. Decisiones como la mal diseñada Tarea Ordenamiento, la persistencia en un modelo económico improductivo y la incapacidad para reformar estructuras que ya no funcionan han empujado al país hacia una crisis cada vez más profunda.

Carece por completo de sentido del humor, una herramienta política fundamental en la cultura cubana

En el plano comunicativo, el subdictador tampoco consigue compensar con estilo lo que le falta en liderazgo. Carece por completo de sentido del humor, una herramienta política fundamental en la cultura cubana, donde la ironía y el doble sentido forman parte del lenguaje cotidiano. Sus intervenciones públicas suelen moverse en un registro rígido, casi escolar, incapaz de conectar con la gente. A ello se suma una dicción poco natural, con una pronunciación forzada, cadencia irregular y frases que se encadenan con un tono monótono que transmite más cansancio que convicción.

En términos gestuales, su proyección tampoco ayuda. Con frecuencia aparece ante las cámaras con una mueca tensa, casi de asco, que le endurece el rostro y le resta cercanía. Mientras habla, su cuerpo se balancea ligeramente de un lado a otro, un movimiento repetitivo que delata nerviosismo y falta de dominio escénico. En lugar de proyectar seguridad, esos gestos refuerzan la impresión de un dirigente incómodo en el papel que desempeña, como si cada intervención pública fuese una tarea que debe cumplir más que un momento de liderazgo.

Su ascenso tampoco fue producto de una competencia real dentro del poder. Al contrario. Cuando Raúl Castro anunció su designación dejó escapar una frase reveladora: Díaz-Canel era el único sobreviviente de una lista inicial de doce posibles candidatos.

La afirmación, lejos de reforzar su autoridad, dejó al descubierto el método con que el sistema escoge a sus dirigentes. No se trata de seleccionar al mejor, sino al más manejable, al menos peligroso, alguien que no eclipse a quienes realmente controlan el poder.

No tenía una base política propia ni contaba con un perfil internacional fuerte

Durante décadas, el aparato político cubano ha demostrado una notable habilidad para neutralizar a sus propios cuadros cuando comienzan a destacar demasiado. El sistema no premia la audacia ni la iniciativa propia. Premia la obediencia. El dirigente ideal no es el que propone cambios, sino el que garantiza continuidad.

En ese contexto, Díaz-Canel resultaba una opción perfecta. No tenía una base política propia ni contaba con un perfil internacional fuerte. Tampoco arrastraba una biografía heroica que pudiera competir con la mitología revolucionaria de la vieja guardia. Era, en esencia, un cuadro disciplinado que había escalado posiciones dentro del Partido sin provocar demasiadas turbulencias. La mediocridad, en ese sentido, funcionaba como una ventaja.

Quienes diseñaron la sucesión probablemente buscaban precisamente eso: un dirigente gris, incapaz de desafiar las estructuras reales del poder. Un burócrata que gestionara el día a día sin alterar la arquitectura del sistema. El problema es que esa fórmula puede funcionar durante un tiempo, pero no en medio de una crisis compleja.

En un país sumido en el peor colapso económico de su historia, el líder que ocupa formalmente la cima del poder parece incapaz de conectar con la realidad de la gente. Bajo su mandato, Cuba ha atravesado un deterioro acelerado, protestas inéditas y un éxodo migratorio que ha alcanzado cifras históricas. La producción agrícola se desploma mientras los precios de los alimentos suben sin freno. La moneda nacional se ha convertido en una ficción contable. Y el Estado, atrapado en su propia estructura ineficiente, parece incapaz de ofrecer soluciones reales, solo reformas tímidas y tardías.

Aquella frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “la orden de combate está dada”

A esa debilidad política se suma otro rasgo que ha terminado marcando su mandato: la represión interna. El momento más claro llegó durante las protestas del 11 de julio de 2021, cuando lanzó aquella frase que quedó grabada en la memoria colectiva: “la orden de combate está dada”. Aquella convocatoria a enfrentar a los manifestantes marcó un punto de no retorno. Cientos de jóvenes terminaron en prisión con condenas desproporcionadas, miles fueron detenidos y el aparato represivo se desplegó con una intensidad que no se veía desde hacía décadas.

Desde entonces, muchos cubanos comenzaron a referirse a él con un apodo que ya circulaba en letras de rap o en voz baja: El Singao. En el habla popular de la Isla, el término describe a alguien abusivo, ruin o moralmente despreciable. Es el veredicto de una ciudadanía que percibe en su presidente no solo a un dirigente incapaz, sino a un matón dispuesto a sostener el poder a costa del castigo y la sangre.

El cubano de a pie no necesita informes económicos para percibir el colapso del sistema. Basta con salir a la calle. Tras la inútil comparecencia pública de Díaz-Canel este viernes, en las redes sociales ha vuelto a crecer el deseo de que desaparezca de la escena nacional: algunos fantasean con que sea abducido por Trump o por extraterrestres; otros, con que haga sus maletas voluntariamente y desaparezca en alguna clínica psiquiátrica de Siberia. Es, sin dudas, el estadista fallido de una dictadura en fase terminal.

También te puede interesar

Lo último

stats