Nepal y el instante en que los jóvenes aplastaron al viejo comunismo

Cuba y la noche

Una oleada de hartazgo llevó al ex rapero ‘Balen’ Shah a las puertas del poder y arrasó con la cúpula política tradicional

El Rastriya Swatantra Party ganó 182 de los 275 escaños del Parlamento en las elecciones del 5 de marzo de 2026.
El Rastriya Swatantra Party ganó 182 de los 275 escaños del Parlamento en las elecciones del 5 de marzo de 2026. / EFE/EPA/Narendra Shrestha
Yunior García Aguilera

21 de marzo 2026 - 08:38

Madrid/Desde lejos, Nepal parece una silueta de montañas, banderas triangulares y caminos suspendidos sobre el abismo. Pero la política, como el clima en el Himalaya, cambia de golpe. En apenas unos meses, ese país encajado entre India y China pasó de la represión en las calles a una victoria electoral que hizo saltar por los aires el decorado de la vieja política y dejó a los comunistas entre los grandes derrotados.

El Rastriya Swatantra Party, cuyo nombre podría traducirse como Partido Nacional Independiente o Partido de la Libertad Nacional, ganó 182 de los 275 escaños del Parlamento en las elecciones del 5 de marzo de 2026. Su líder visible, Balendra Balen Shah, de 35 años, quedó a las puertas del poder con una mayoría que en Nepal suena a milagro y, al mismo tiempo, a ajuste de cuentas.

Para un lector cubano conviene despejar una confusión desde el principio. En Nepal, el comunismo forma parte del paisaje político, pero no monopoliza el horizonte. Hay partidos con esa ideología y uno de ellos, el CPN-UML, siglas del Partido Comunista de Nepal-Unificado Marxista Leninista, fue durante años una de las grandes maquinarias de poder del país. Pero compite, gana, pierde, se desgasta y puede ser castigado en las urnas.

En Cuba ocurre otra cosa. El artículo 5 de la Constitución coloca al Partido Comunista de Cuba (PCC) como “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado”. Eso significa que no compite realmente por el poder, sino que organiza el marco en que ese poder se ejerce. En Nepal, el comunismo sube al cuadrilátero y se expone a perder. En Cuba, el PCC controla el recinto, dicta el reglamento, decide quién puede siquiera sentarse en las gradas y se convierte en el único pugilista, lanzando puñetazos al vacío. 

El saldo final de aquella revuelta subiría hasta 77 fallecidos

En Nepal, el comunismo no fue barrido por una proscripción ni por una invasión llegada desde afuera. Fue derrotado por desgaste. Perdió densidad moral, capacidad de seducción y contacto con la respiración de su tiempo. Durante años, los partidos comunistas habían sido actores decisivos en la transformación del país, sobre todo tras el fin de la monarquía y la larga transición republicana. Tuvieron algo de épica, calle, sacrificio y símbolos. Pero con el paso del tiempo entraron al aparato, se acomodaron en los despachos, aprendieron el idioma de las coaliciones, de las cuotas y de la supervivencia. En ese trayecto se les fue apagando el magnetismo. Lo que alguna vez sonó a ruptura empezó a sonar a rutina.

La caída de K. P. Sharma Oli, líder del CPN-UML y entonces primer ministro, fue la escena más cruda de ese envejecimiento. En septiembre de 2025, su Gobierno intentó bloquear 26 plataformas digitales, entre ellas Facebook y YouTube. La medida quiso presentarse como una regulación del caos informativo, pero fue leída por miles de jóvenes como una agresión directa. Las protestas se extendieron, la Policía respondió con violencia y el país entró en combustión. En las primeras horas más duras hubo 19 muertos y más de 100 heridos. El saldo final de aquella revuelta subiría hasta 77 fallecidos. 

Oli renunció el 9 de septiembre de 2025, acorralado por la calle y por una evidencia imposible de maquillar. Había querido disciplinar a la generación Z y terminó despertándola.

Ahí apareció Balen Shah, que venía del mundo de la música, del rap, de la ingeniería y de la alcaldía de Katmandú, la capital

Esa escena tiene resonancias que un lector cubano reconoce enseguida. No porque Nepal y Cuba sean lo mismo, que no lo son, sino porque hay gestos del poder que se repiten con distintos uniformes. La tentación de controlar la conversación pública, de leer las redes como amenaza y no como síntoma, de responder al fastidio social con órdenes de combate y no con cambios políticos, de creer que la autoridad basta para apagar el malestar. En Nepal, esa fórmula fracasó de manera visible. El viejo aparato comunista intentó administrar el descontento como si todavía viviera en una época en la que bastaban las siglas, la disciplina partidista y el peso de la historia. Pero enfrente tenía a una generación que hablaba otro idioma político y con la que ya no sabía comunicarse.

Ahí apareció Balen Shah, que venía del mundo de la música, del rap, de la ingeniería y de la alcaldía de Katmandú, la capital. Su partido era joven, casi recién armado, y su propio nombre funcionaba como mensaje. “Rastriya” remite a lo nacional. “Swatantra” sugiere independencia, libertad, autonomía. Era una manera de presentarse como alternativa a una política encerrada en las mismas familias, las mismas coaliciones y los mismos rituales. 

Shah no ganó solo por ser joven. Ganó porque supo leer el cansancio y darle forma electoral. Su campaña prometió combatir la corrupción, crear empleo y sacar a Nepal del ciclo de gobiernos breves y pactos sin alma. En un país que había sufrido 32 cambios de gobierno en 35 años, esa promesa sonó menos a propaganda que a esperanza urgente.

El golpe que recibió el Partido Comunista fue un nocaut. El CPN-UML se hundió hasta 25 escaños, mientras el Nepali Congress, otro de los grandes partidos tradicionales, cayó a 38. El RSP de Balen Shah se quedó con una mayoría que le permite gobernar sin depender de coaliciones agónicas. La imagen es casi cinematográfica. Un edificio que parecía sólido revela de pronto que llevaba años sostenido por puntales podridos. Lo notable no es solo que el comunismo perdiera. Lo notable es la forma en que perdió, frente a una fuerza nueva que capturó la imaginación juvenil y convirtió la rabia social en poder.

En Nepal, el decorado comunista se desplomó sobre sus propios escombros

Y aquí vuelve Cuba, inevitablemente, aunque ya no como espejo, sino como contraste feroz. En Nepal, el Partido Comunista tuvo que someterse a la prueba de la realidad electoral y esa prueba lo dejó maltrecho. En Cuba, esa prueba no existe en el mismo sentido, porque el PCC no necesita pedir permiso a las urnas para seguir ocupando el centro del escenario. Por eso la experiencia nepalí no ofrece una receta para la Isla, pero sí una advertencia. Los partidos que se consideran dueños naturales del tiempo histórico suelen cometer el mismo error. Confunden longevidad con legitimidad, control con consenso, miedo con adhesión. Mientras tanto, debajo del suelo, una generación distinta empieza a moverse.

Tampoco conviene romantizar a Nepal. Shah hereda un país de unos 30 millones de habitantes, con una economía de alrededor de 42.000 millones de dólares, marcado por la corrupción, el desempleo juvenil y la migración. Una victoria aplastante no garantiza una transformación limpia. Habrá que seguir de cerca lo que haga cuando concrete el próximo 27 de marzo su llegada formal al poder. El outsider puede convertirse en sistema, el lenguaje fresco puede endurecerse y la decepción puede llegar con la misma velocidad que la esperanza. Pero el dato duro ya quedó ahí, y es imposible de ignorar.

Tal vez esa sea la imagen más útil para mirar desde Cuba. No la de un paraíso repentino ni la de una revolución nueva, sino la de un decorado que empieza a agrietarse porque ya no consigue hipnotizar a los jóvenes. Y sobre todo: el poder de las calles. En Nepal, el decorado comunista se desplomó sobre sus propios escombros. En la Isla todavía sigue en pie. Pero hasta los escenarios más rígidos terminan cediendo cuando el público deja de aplaudirlos.

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