Los nuevos héroes y próceres de la Patria

Opinión

EcoFlow, paneles solares y solineras sustituyen a la vieja épica revolucionaria en la Cuba de los apagones

El sistema eléctrico nacional –SEN para los “amigos”– ha sufrido tantos colapsos que la palabra “nacional” empieza a parecer la parte más optimista de su nombre.
El sistema eléctrico nacional –SEN para los “amigos”– ha sufrido tantos colapsos que la palabra “nacional” empieza a parecer la parte más optimista de su nombre. / 14ymedio
José A. Adrián Torres

06 de septiembre 2026 - 09:13

Málaga/Quizás una de las pocas cosas que no escasean en Cuba sea el sol. Sale todos los días sin que la Unión Eléctrica anuncie su sincronización al SEN, no necesita fueloil, no aguarda una pieza de repuesto y hasta ahora ninguna avería lo ha sacado del sistema. Tampoco depende de que atraque un petrolero amigo ni de que concluya una reunión del Buró Político. En la Isla de los apagones, el sol es el único proveedor energético que todavía no exige divisas para el suministro.

La Revolución y sus dirigentes tardaron casi siete décadas en mirar al sol como salvavidas, aunque lo tenían desde siempre delante de sus gorras tipo Fidel. Ahora el Gobierno presenta la energía fotovoltaica como camino hacia la soberanía energética y asegura que los más de 50 parques solares instalados, con más de 1.000 megavatios pico de capacidad, aportan, en las horas de mayor sol, alrededor del 38% de la energía consumida durante el día. Es una noticia positiva, por supuesto. A estas alturas, discutir con el sol sería una extravagancia incluso para un sistema que lleva años discutiendo con la economía real. 

El sol trabaja gratis, pero almacenar su jornada se paga en divisas: Cuba carece de bancos de baterías a escala suficiente y de una red estable capaz de integrarlos. Los primeros sistemas de almacenamiento sirven principalmente para regular la frecuencia, no para trasladar el mediodía al pico nocturno. Cuando el sol se retira, regresan las termoeléctricas envejecidas, las unidades fuera de servicio, el crudo cubano de alto contenido en azufre, la escasez de repuestos y los grupos electrógenos sin combustible. La demanda ronda los 3.000 megavatios y los déficits han llegado a dejar simultáneamente a oscuras a más de la mitad del país. El sistema eléctrico nacional –SEN para los “amigos”– ha sufrido tantos colapsos que la palabra “nacional” empieza a parecer la parte más optimista de su nombre.

El embargo no envejeció las termoeléctricas, no agotó por sí solo las reservas de repuestos ni impuso décadas de inversiones insuficientes y prioridades equivocadas

El cerco petrolero impuesto por Washington ha agravado la escasez hasta el extremo; omitirlo sería hacer trampa. Pero el embargo no envejeció las termoeléctricas, no agotó por sí solo las reservas de repuestos ni impuso décadas de inversiones insuficientes y prioridades equivocadas. La presión exterior explica buena parte de la aceleración de la crisis; no absuelve 67 años de política energética. Este es un Período Especial renovado y sin bautizo: quizás las autoridades evitan nombrarlo porque una emergencia provisional que dura décadas empieza a parecerse demasiado al propio sistema.

En los hogares, la física ha impuesto una solución menos solemne: un panel, una batería y la administración minuciosa de cada vatio. Así ha ascendido el EcoFlow al santoral doméstico cubano. EcoFlow es una marca china de estaciones portátiles de energía, fundada en 2017, pero en Cuba su nombre empieza a funcionar como nombre común, igual que otras marcas terminaron nombrando productos enteros. No importa demasiado si el aparato concreto es EcoFlow, Bluetti, Jackery o cualquier pariente tecnológico: en el habla cotidiana, el héroe suele llamarse EcoFlow.

Los modelos pequeños permiten mantener encendidas algunas luces, cargar móviles, alimentar el rúter o mover un ventilador. Los de mayor capacidad pueden sostener durante un tiempo un televisor, un refrigerador y otros electrodomésticos, siempre que la familia aprenda una nueva aritmética: cuántos vatios consume cada cosa, qué se conecta primero y a qué miembro de la casa le corresponde renunciar. En Cuba, hasta la electricidad de emergencia ha tenido que pasar por una libreta de racionamiento, aunque esta vez la libreta sea mental.

Frente a las plantas eléctricas de gasolina o diésel, estas estaciones tienen ventajas evidentes. No echan humo, no ensordecen el edificio y no obligan a salir en busca de un combustible que puede costar más que lo que se intenta salvar dentro del frío. Sin embargo, tampoco hacen milagros completos. Si el apagón dura veinte, treinta o cuarenta horas, la batería termina agotándose. Y si no hay panel solar, el EcoFlow se convierte en otra caja silenciosa que espera, sentado en el sofá con el resto de la familia, a que vuelva la corriente.

Quien tiene una hija en Hialeah, un hermano en Madrid, un negocio que cobra en divisas o acceso a los circuitos privilegiados puede conseguir unas horas de normalidad

El verdadero milagro empieza antes: conseguirlo. Los equipos cuestan desde varios cientos hasta varios miles de dólares, según su potencia, sus baterías adicionales y los paneles que los acompañen. No existe una estadística pública fiable que permita saber cuántos han entrado en Cuba; quizá porque alguien teme descubrir que llegan en más cantidad que los turistas. La Aduana regula su importación, pero no publica un censo por marcas. Lo que sí se ve es el mercado que ha surgido alrededor de ellos: comercios, agencias de envío y familiares en Miami que ya no mandan solamente medicinas, alimentos o ropa, sino pequeñas centrales eléctricas empaquetadas.

Hace muchos años, ante la pregunta de cómo lograba sobrevivir un cubano a la escasez y a un salario imposible se respondía: “Con FE”, Familia en el Extranjero. Era la única fe que obraba milagros verificables. La nueva liturgia energética no la ha abolido; la ha perfeccionado. Quien tiene una hija en Hialeah, un hermano en Madrid, un negocio que cobra en divisas o acceso a los circuitos privilegiados puede conseguir unas horas de normalidad. Quien no tiene nada de eso continúa confiando en la vela, el cartón que hace de abanico y la benevolencia del alumbrón.

La Revolución prometió acabar con las clases sociales y ha creado una jerarquía socioeléctrica. En la cúspide están la corte castrista, con los dirigentes de Gaesa y sus familias como cortesanos de “vanguardia”, los hoteles, ciertas instituciones, los negocios con liquidez y quienes reciben remesas cuantiosas. Más abajo, quienes poseen una batería modesta y calculan si esa noche toca ventilador o refrigerador. Al fondo queda la mayoría, que reconoce el confort ajeno por el zumbido de un aire acondicionado cuando todo el barrio está en silencio. La desigualdad ya no se mide solo por lo que se come, lo que se viste o el automóvil que se maneja, sino por las horas de corriente que cada cual puede comprarse.

El Estado, que no logra garantizar los electrones, conserva intacta su capacidad para administrar el trámite. Su especialidad: tramitar su incompetencia. En algunas de las nuevas “solineras comunitarias”, puntos de carga alimentados por paneles fotovoltaicos, el usuario debe entregar su nombre, el número del carné de identidad, el modelo del equipo, la toma que necesita y la hora de conexión; después paga y recibe una chapilla para poder recuperarlo. El sol es libre, pero su aprovechamiento sigue necesitando custodio, registro y autorización. La naturaleza puso la energía; el socialismo aportó la planilla. Este procedimiento tan socialista para administrar la escasez –se dice que “el socialismo reparte riqueza hasta que se acaba”, ya que no sabe cómo crearla– me recuerda a la venta programada de las hamburguesas Super ZAZ –que el pueblo en su choteo también llamó McCastro– de los noventa: cambia el producto, pero no el viacrucis burocrático para conseguirlo. Un tango célebre decía que “veinte años no es nada”; el estilo gestor revolucionario lleva mucho más de treinta sin cambiar de partitura y ya suena a disco rayado.

Este procedimiento me recuerda a la venta programada de las hamburguesas Super ZAZ –que el pueblo en su choteo también llamó McCastro– de los noventa.
Este procedimiento me recuerda a la venta programada de las hamburguesas Super ZAZ –que el pueblo en su choteo también llamó McCastro– de los noventa. / Cortesía

En otros puntos oficiales se permite cargar teléfonos, lámparas y ventiladores, pero se prohíben las motorinas y los EcoFlow, precisamente los aparatos que más falta hacen cuando el apagón se prolonga. No hay potencia para salvar del apagón a los equipos destinados a salvar del apagón. El círculo es tan perfecto que podría figurar en un manual soviético de planificación centralizada.

No sorprende, por tanto, que el EcoFlow haya desplazado a los héroes tradicionales. No viste de verde olivo, no tiene biografía escolar, no pronuncia discursos y no exige consignas. Llega nuevo de paquete, fabricado por ese capitalismo chino que La Habana abraza cuando le financia parques solares, pero cuyos resultados económicos evita comparar con los de la Revolución. Tampoco promete un porvenir luminoso: ofrece, con una modestia impropia de la propaganda, cuatro horas de ventilador, un móvil cargado y la posibilidad de que no se pierda la comida.

Ese heroísmo práctico coincide con el descrédito de los héroes de bronce y mármol. El pasado 24 de agosto, 14ymedio informó de que un busto de José Martí había aparecido decapitado y hecho añicos en Valle Grande, en La Lisa, durante una madrugada en la que el apagón superaba ya las veinte horas. Otro monumento a Martí fue manchado con pintura amarilla en Guanabacoa y, días antes, una estatua de Antonio Maceo había sido derribada de su pedestal en Las Tunas.

No es que Martí se haya vuelto rancio; es que el Estado ha intentado hacer pasar por martiano cuanto contradice su republicanismo, su defensa de la dignidad individual y su idea de una patria "con todos y para el bien de todos"

Destruir el patrimonio no es liberar un país, y nadie debería atribuir a autores desconocidos una intención que todavía no ha sido probada. Pero tampoco puede ignorarse el símbolo. El régimen secuestró a Martí, a Maceo y a los héroes de la independencia, los sentó para siempre en la tribuna revolucionaria y los convirtió en notarios de cada fracaso posterior a 1959. A fuerza de ponerlos detrás de toda consigna, terminó colocándolos delante de toda pedrada. No es que Martí se haya vuelto rancio; es que el Estado ha intentado hacer pasar por martiano cuanto contradice su republicanismo, su defensa de la dignidad individual y su idea de una patria "con todos y para el bien de todos".

Así se explica la sustitución. El busto ya no protege, el discurso no enfría la habitación y la consigna no conserva la leche. El EcoFlow, en cambio, cumple. No pregunta por los antecedentes del propietario, no cuestiona su diversionismo ideológico ni reclama asistencia a la Plaza. Solo exige carga, cuidados y no sobrepasar la potencia. En una sociedad fatigada de promesas históricas, la eficacia de un enchufe adquiere dignidad moral.

También la célebre capacidad cubana de “inventar” ha encontrado su límite. El ingenio puede resucitar un ventilador, adaptar una pieza soviética al viejo Chevrolet, convertir un objeto en otro y prolongar durante años la vida de lo que en cualquier otro lugar habría ido a la basura. Pero no genera 2.000 megavatios, no refina petróleo ni reconstruye una red eléctrica. La "resistencia creativa" sirve como lema mientras el Gobierno convierte la paciencia ajena en fuente renovable. Resistir sin horizonte deja de ser virtud y pasa a ser una forma de administración del agotamiento y de la frustración.

Hasta el choteo –que es la guasa gaditana hablando en cubano– se descarga. El humor cubano ha sobrevivido a dictadores, escaseces, ciclones y períodos especiales, pero necesita sueño, comida y alguna expectativa de que mañana no será una repetición más oscura que hoy. Cuando se pasan noches enteras espantando mosquitos, abanicando a un niño y vigilando que el último alimento no se pudra, el bonche y el choteo dejan de aliviar y empiezan a sonar como otra obligación patriótica: además de padecer, hay que hacerlo con gracia y "espíritu revolucionario".

Las dictaduras pueden sobrevivir durante mucho tiempo a grados de miseria que parecen terminales porque el deterioro no organiza por sí mismo una alternativa política

Por eso conviene evitar una explicación fácil o simple para la aparente inmovilidad del país. No todo silencio es conformidad ni todo vecino que observa un cacerolazo desde la ventana es un pusilánime. La represión ha conseguido que la protesta colectiva parezca un riesgo individual: quien sale puede perder el empleo, sufrir una golpiza o terminar en prisión, mientras los demás calculan si serán suficientes para protegerlo. El miedo no demuestra adhesión al régimen; demuestra que el régimen ha sabido repartirlo mucho mejor que la comida y la electricidad.

Comprender ese miedo, sin embargo, no obliga a convertirlo en coartada perpetua. Las dictaduras pueden sobrevivir durante mucho tiempo a grados de miseria que parecen terminales porque el deterioro no organiza por sí mismo una alternativa política. La electricidad puede colapsar sola; el poder, por desgracia, casi nunca. Mientras unos pocos golpeen sus cazuelas y muchos esperen a comprobar si la protesta triunfa antes de sumarse, el Gobierno seguirá contando con su principal reserva estratégica: el aislamiento de cada cubano y el inútil hábito de dejar que sea otro quien dé el primer paso.

Ninguna transición democrática será viable sin una lucha interna capaz de transformar el descontento disperso en organización, desobediencia cívica, protestas coordinadas y una alternativa reconocible de país. Habrá riesgos y probablemente víctimas, porque las dictaduras rara vez ceden el poder sin recurrir antes a la violencia. Los mártires no se solicitan por catálogo ni se decreta su número desde la seguridad del extranjero: aparecen, trágicamente, cuando el poder reprime a una sociedad que ha decidido dejar de esperar. El exilio y la comunidad internacional pueden proteger, amplificar y sostener esa lucha; no pueden sustituirla.

La otra tentación es volver a externalizar la salvación. Antes se esperaba el petróleo soviético y después el venezolano; ahora algunos aguardan que la Yuma, Donald Trump, Marco Rubio y el exilio actúen como un EcoFlow geopolítico capaz de conectar a Cuba con la democracia. Una intervención militar no es un envío de paquetería: trae muertos, problemas de legitimidad, riesgo de vacío de poder y una probable estampida hacia la Florida. La reciente invasión migratoria en la ciudad española de Ceuta –difícilmente espontánea– ha recordado hasta qué punto una frontera y un sistema de acogida pueden quedar desbordados en pocas horas. Washington también hace esas cuentas y, ante una isla de más de nueve millones de habitantes, las hace a lo grande.

La democracia no llegará nueva e impoluta, exenta de aranceles y pagada por un pariente de Miami

La presión exterior puede debilitar al régimen, proteger a la oposición y ayudar a una transición; no puede fabricar desde fuera la sociedad civil que deberá sostenerla. Tampoco existe un “Plan Marshall” que funcione sobre instituciones destruidas, sin reglas, penetradas por la corrupción, sin confianza y sin actores internos capaces de administrar la ayuda. La democracia no llegará nueva e impoluta, exenta de aranceles y pagada por un pariente de Miami.

Un visado para Estados Unidos o Europa continúa siendo el primer gran objeto del deseo en Cuba –un amigo cubano lo resume así: “Lo primero que quiere ser un cubano es extranjero”– y el EcoFlow se ha convertido en el segundo. Uno promete salir del problema; el otro, suspenderlo durante unas horas. Ambos revelan la misma tragedia: las soluciones individuales llegan de fuera mientras la solución colectiva sigue aplazada. Cuba no puede vivir indefinidamente entre la escapatoria y la batería eléctrica. La Revolución ha conseguido que en la Isla la normalidad ya no venga de serie: la batería, como muchas otras cosas, se compra aparte.

El sol seguirá saliendo, indiferente al Partido Comunista, al embargo y a los partes de la Unión Eléctrica. Los paneles solares pueden y deben aprovecharse: que el Gobierno los utilice como propaganda no convierte la energía solar en una mala idea. Pero una batería doméstica no sustituye una política energética, del mismo modo que una remesa no sustituye una economía y un desembarco norteamericano no sustituye a una ciudadanía organizada.

Quizás el cambio empiece cuando el país deje de esperar a ver quién lo recarga y decida cómo producir, distribuir y controlar su propia corriente, en todos los sentidos de la palabra. Hasta entonces, Martí seguirá atrapado en el pedestal que le impuso el régimen, el EcoFlow ocupará el altar doméstico y millones de cubanos aguardarán el próximo alumbrón. El sol sale cada mañana, puntual y sin pedir permiso al Comité Central. De todos los nuevos próceres de Cuba, es el único que todavía trabaja por cuenta propia, pero poco más puede hacer por un país donde la "Reina de la Noche" gobierna la mayor parte del tiempo.

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