Un otoño negro amenaza Washington en noviembre

Opinión

Si los números que revelan los sondeos se ajustan a la realidad, el Partido Republicano podría perder las dos mayorías que ostenta en ambas cámaras del Congreso

El problema es que Donald Trump nunca las dotes anímicas del estadista.
El problema es que Donald Trump nunca las dotes anímicas del estadista. / EFE/EPA/Will Oliver
Federico Hernández Aguilar

25 de septiembre 2026 - 10:16

San Salvador/No existe encuesta seria en Estados Unidos que vaticine un futuro prometedor al Partido Republicano liderado por Donald Trump. Si los números que revelan los sondeos se ajustan a la realidad, en cinco semanas podría perder las dos mayorías que ostenta en ambas cámaras del Congreso, marcando así el declive de un fenómeno político que tal vez nunca mereció el enorme poder que llegó a recibir.

Sin embargo, como hemos comentado en esta columna de opinión, el trumpismo ha sido, por encima de los rasgos psicológicos de su controversial líder, un movimiento ciudadano esencialmente reactivo, alimentado en gran medida por la incapacidad del Partido Demócrata para comprender la cultura, las prioridades y la idiosincrasia política norteamericanas. Lejos de eso, luego de Bill Clinton, el último de sus presidentes pragmáticos, los demócratas han desarrollado una irrefrenable compulsión para sabotearse a sí mismos.

Veamos en qué se convirtieron el progresismo y las agendas socialistas impulsadas en EE UU desde la gestión de Barack Obama: al cabo de una sola generación, estas políticas derivaron en versiones extremas que se nutrían de narrativas reivindicativas agobiantes para el resto de ciudadanos, quienes a su vez optaron por frenarlo todo, convencidos de que algunas cosas habían ido demasiado lejos.

Supo leer el hartazgo ciudadano en el momento correcto, pero despojado de las virtudes necesarias para unir al país en torno suyo

Trump fue, en muchos sentidos, la alternativa radical con que reaccionó buena parte de la sociedad americana contra el radicalismo opuesto. El problema, claro, es que el personaje en cuestión no tuvo nunca las dotes anímicas del estadista. Supo leer el hartazgo ciudadano en el momento correcto, pero despojado de las virtudes necesarias para unir al país en torno suyo. Basta escuchar el más reciente discurso de Trump en la ONU para advertir su completa desconexión del mundo real.

El problema con los ciclos extremistas es que alguien tiene que ponerles fin, y ese alguien no puede ser parte de ningún extremo. Los republicanos, por la razón que sea, han fallado a la Constitución: el inquilino de la Casa Blanca apenas ha enfrentado contradictores públicos en las filas de su partido. La resistencia a su poder ha provenido, como en toda democracia, de la judicatura y algunas otras instancias independientes.

Los demócratas, por otro lado, han vuelto a permitir que el bullicio opositor se concentre en figuras que espantan al ciudadano americano promedio. El senador Bernie Sanders, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez o el alcalde de New York, Zohran Mamdani, serán muy populares entre sus votantes, pero ninguno de los tres responde al natural deseo de moderación y buen juicio que el trumpismo ha despertado, por vía de contraste, en los electores. Ocurre al revés: los exabruptos de Sanders, la agresividad vocal de Ocasio y la temeridad fiscal de Mamdani hacen pensar que el llamado “socialismo democrático” es solo la némesis del radicalismo republicano, no su alternativa viable.

La cuestión tiene fondo y también se expresa en los sondeos. Al mes de septiembre, Gallup señala que las ideas socialistas apenas han logrado superar el 42% de aprobación en EEUU, número modesto en una época marcada por el descenso del “capitalismo” con el que los ciudadanos identifican epidérmicamente a Donald Trump. Otros términos como “libre empresa” y “pequeños negocios” gozan, en cambio, de una popularidad arriba del 75%, lo que permite inferir que el Partido Demócrata debería apostar con fuerza a las ideas liberales sobre las que se fundó la nación, en lugar de poner énfasis en la mera rivalidad con Trump.

El caso de Michigan es especialmente relevante: en 2016 endosaron a Trump, en 2020 respaldaron a Biden y en 2024 volvieron a apoyar al republicano

La marejada de votos que la oposición espera en noviembre solo será posible si los estadounidenses desean premiar los tímidos pasos que los demócratas están dando hacia el equilibrio. Opciones como la de James Talarico en Texas entusiasma a los independientes porque el joven congresista, aspirante al Senado, no parece un radical socialista ni tiene empacho en hablar de su fe presbiteriana aunque se diga “progresista”. Aparte de las polémicas alrededor de su contrincante, Ken Paxton, el demócrata también podría beneficiarse de la división que entre los republicanos causó la torpe irrupción de Trump en las primarias.

Michigan, Ohio, Alaska, Iowa, Georgia y North Carolina, bastiones republicanos en 2024, son ahora terrenos en disputa debido a la confluencia de los mismos dos factores: el enardecimiento demócrata sumado a la apatía del electorado oficialista. En New Hampshire, el aspirante opositor Chris Pappas es visto con simpatía porque suele tener una actitud poco partidaria. En Minnesota la candidata Peggy Flanagan recoge votos tanto por el apoyo a los demócratas como por el repudio que causaron los tiroteos de oficiales de migración en Mineápolis.

El caso de Michigan es especialmente relevante. En ese estado las contradicciones políticas de EE UU se reflejan a ritmo pendular: en 2016 endosaron a Trump, en 2020 respaldaron a Biden y en 2024 volvieron a apoyar al republicano. Esta vez el Partido Demócrata postula al Senado a un político que representa la antítesis del trumpismo: defensor de la sanidad pública, hijo de inmigrantes árabes, populista social y musulmán. Pero si consigue su escaño, el médico Abdul El-Sayed sería la versión radical de la agenda demócrata que alimenta al extremismo republicano. Su triunfo dejaría vivos los ciclos interminables de confrontación que explican –sin justificar– la actual situación.

En todo caso, con cuatro de las contiendas anteriores adversas a su partido, Donald Trump perdería el Congreso.

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