Paralelismos políticos. Nadie nos impuso nuestros errores
Opinión
La brecha entre Estados Unidos y América Latina responde más a sus trayectorias institucionales que a factores externos
San Salvador/El desarrollo económico, social e institucional de una nación no suele ser resultado de su extensión territorial, su integrismo religioso o su unicidad lingüística, por relevantes que sean estos aspectos. Al comparar los procesos fundacionales de Estados Unidos y cualquiera de los países de América Latina, saltan a la vista las causas por las que sus trayectorias de progreso son tan dispares y contrastantes. La distinción clave la hallamos en las ideas políticas y su implementación, más que en la divergencia idiosincrática.
Me permito hacer aquí una oportuna aclaración. Por primera vez en esta columna tiraremos del muchas veces erróneo gentilicio “latinoamericano” (en lugar del más preciso “hispanoamericano”) con propósitos meramente ilustrativos. Dado que el artificioso constructo “Latinoamérica” alude a los países hablantes de una de las tres principales lenguas romances (todas de extracción latina) —español, francés y portugués—, hoy nos resulta útil porque demuestra que ni los idiomas ni las circunstancias históricas coloniales explican las enormes diferencias entre el norte y el sur del continente.
Brasil, Haití y México, por ejemplo, con todo y sus asimetrías, exhiben ciclos de estancamiento económico similares. Ninguno de los tres, a partir de sus respectivas independencias, se ha convertido en potencia global, mientras que EE UU y Canadá sí. Profundizar en las razones de esta obviedad merece una nueva zambullida en los paralelismos políticos más significativos.
Los patriotas fundadores de nuestras naciones no sabían muy bien qué hacer con la libertad conseguida
La Declaración de Independencia estadounidense fue promulgada en 1776; la más temprana en América Latina (1804) fue la haitiana. El 5 de julio de 1811, Venezuela se convirtió en la primera antigua colonia española en proclamarse independiente; a ella seguirían, en el mismo año, las de Cartagena y de Quito. Perú, Centroamérica, México y Panamá (en ese orden) habrían de esperar hasta 1821 para decretar sus propias autonomías.
Estados Unidos adoptó en 1823 la Doctrina Monroe, que prohibía cualquier tipo de injerencia europea en los asuntos del hemisferio norte del nuevo continente. En ese mismo período, por ofrecer un ejemplo, legisladores centroamericanos proponían la anexión del istmo a la efímera autocracia de Agustín de Iturbide en México (imperio abolido aquel año).
Los patriotas fundadores de nuestras naciones no sabían muy bien qué hacer con la libertad conseguida. Brasil optó por una inédita monarquía constitucional. Panamá se unió a la Gran Colombia, igual que Venezuela y el futuro Ecuador. Uruguay fue incorporado a Brasil y República Dominicana anexionada a Haití. Aparte de quienes se resistieron a separarse de España, el rechazo poco informado de las reformas de Cádiz impidió que la herencia liberal hispana permeara en las grandes capas sociales iberoamericanas.
Hasta 1861, por espacio de 85 años, EEUU mantuvo su territorio libre de grandes peleas internas. En cambio, la primera guerra civil en Colombia estalló en 1813, seguida de alrededor de treinta más durante los siguientes 100 años. (Únicamente la “Guerra de los Mil Días” produjo alrededor de 100.000 muertos). El primer conflicto civil centroamericano tuvo lugar entre 1826 y 1829, y a él se agregarían otros, hasta que en 1839 el istmo se dividió por fin en cinco pedazos.
Una nación próspera no es producto de sus justificaciones acomodaticias, sino resultado del trabajo que demanda la implementación de las ideas correctas
Los dos grandes partidos políticos de Estados Unidos, el Republicano y el Demócrata, nacieron en el siglo XIX y han gobernado alternativamente ese país en los últimos 172 años, brindándole al sistema una envidiable estabilidad. En contraste, todos los primigenios partidos políticos latinoamericanos se fragmentaron y desaparecieron incluso antes de alcanzar su madurez institucional, y las consecuentes luchas de facciones, hasta la llegada de regímenes militares manipuladores de elecciones, provocaron una constante perturbación social y económica que degeneró siempre en nuevos y empobrecedores enfrentamientos.
Estados Unidos, en dos siglos y medio, ha tenido una sola Constitución, documento de cuatro páginas (en su tamaño original de pergamino) conformado por apenas siete artículos. Y en ese tiempo, solo 27 veces se ha enmendado. América Latina, como región, acumula cerca de 200 constituciones, a razón de diez textos por país en promedio. Los dominicanos han tenido más de 30; los venezolanos, unas 25; los haitianos, oficialmente, 22. Argentina, el que menos documentos constitucionales ha emitido, contó tres hasta 1853.
Donald Trump está hoy a la cabeza del órgano ejecutivo federal número 47 de Estados Unidos, cuya forma republicana de gobierno no ha variado en 250 años. Haití, por su lado, fue primer imperio, reino, primera república, segundo imperio y de nuevo república, sumando a cerca de un centenar de personas que han ejercido el poder, sea en calidad de emperadores, reyes y presidentes, o formando parte de consejos de estado, triunviratos y gobiernos provisionales.
El porcentaje de culpabilidad que endilgamos a factores externos para explicar nuestro atraso es bastante menor del que solemos admitir
Brasil, tras una monarquía de 74 años, se convirtió en república federativa independiente hasta 1889, pero desde entonces han gobernado el país más de cincuenta personas, incluyendo dictadores reincidentes (como Getulio Vargas) o miembros de juntas militares golpistas. El Salvador, el más pequeño país de la América continental y república independiente desde 1841, ya en 1948 (solo cien años) había rebasado el número de gobernantes que EE UU ha tenido en toda su historia.
Si somos lo suficientemente honestos, veremos que el porcentaje de culpabilidad que endilgamos a factores externos para explicar nuestro atraso es bastante menor del que solemos admitir. Conviene reconocer que una nación próspera no es producto de sus justificaciones acomodaticias, sino resultado del trabajo que demanda la implementación de las ideas correctas.