La prostitución del piropo

Carentes del más mínimo respeto por sus semejantes, estos asaltantes al pudor proyectan en sus víctimas la poca estima que tienen de sí mismos

"La primera vez me ofreció 500 pesos si yo dejaba que metiera su mano por debajo de mi blusa" cuenta una muchacha. (14ymedio)
"La primera vez me ofreció 500 pesos si yo dejaba que metiera su mano por debajo de mi blusa" cuenta una muchacha. (14ymedio)

Una nueva modalidad de exhibicionismo machista (más sórdida aún) se va extendiendo en La Habana. En vez de abrirse la portañuela optan por mostrar la billetera. Ya no susurran a su víctima aquello que les gustaría hacerles o lo que ellos quisieran que ella les haga: "Mira muchacha, si te atrapo te voy a..." o cualquier otra babosada. Ahora la oferta se tasa en pesos, dólares o recarga telefónica.

Como es sabido los piropos, aun los más "elegantes", han caído en desgracia. Aunque parte de la población femenina tal vez pueda sentirse halagada porque un hombre le dice algo sobre la belleza de sus ojos o el encanto de su sonrisa, hay que aceptar que, al final, se trata de un asalto a la privacidad, que, en dependencia de cómo la grosería lo degrade, puede llegar a ser un insulto.

"Cada vez que subía la cifra se lanzaba con algo más atrevido, hasta que llegó a enseñarme un billete de cien dólares, pero esa vez ni siquiera entendí lo que me quiso decir"

Una adolescente que cursa aún la secundaria básica ha tenido que cambiar su ruta diaria hacia la escuela para eludir las propuestas que el mismo tipo le hace a diario. "La primera vez me ofreció 500 pesos si yo dejaba que metiera su mano por debajo de mi blusa" cuenta la muchacha, advirtiendo que el señor, que podía ser su abuelo, se lo expuso en términos más fuertes y directos. "Cada vez que subía la cifra se lanzaba con algo más atrevido, hasta que llegó a enseñarme un billete de cien dólares, pero esa vez ni siquiera entendí lo que me quiso decir".

Una joven que vende jugos de fruta en un mercado habanero tuvo que pedirle al custodio que no le permitiera la entrada a un cliente habitual que cada sábado compraba una bolsa de zumo de limón poniendo un billete de cien pesos sobre el mostrador y añadiendo entre dientes "por el otro juguito te doy lo que me pidas".

Carentes del más mínimo respeto por sus semejantes, estos asaltantes al pudor proyectan en sus víctimas la poca estima que tienen de sí mismos. Como si estuvieran en una feria donde se rematan los favores sexuales, le ponen precio a los tocamientos que no alcanzan a ser caricias, a los contactos de la carne que se quedan en ultraje. Tarifican cada parte del cuerpo ajeno con el valor agregado de lo que les apetece hacer con él.

La calle está difícil y el dinero vale cada vez menos. También se han degradado los valores y cuesta trabajo calcular hasta dónde llega la pendiente. Esta nueva modalidad de acoso sexual es otro síntoma de esa enfermedad degenerativa, de ese politraumatismo que padece el país.

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