Silvio Rodríguez compone su propio réquiem
Cuba
Con la presencia de la cúpula del régimen, la entrega de un fusil de guerra AKM al viejo trovador tiene algo de grotesco
Madrid/Parecía un meme o una imagen fabricada con inteligencia artificial. Pero no. La página oficial del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) difundió la fotografía del momento en que un anciano Silvio Rodríguez recibe un fusil AKM. Junto a él aparecen el ministro de las FAR, Álvaro López Miera, y Miguel Díaz-Canel. No se trató, por tanto, de una travesura de redes ni de una parodia apócrifa, sino de un acto oficial: la entrega de un arma de guerra a un civil, avalada por las más altas autoridades del país.
La escena tiene algo de grotesco y algo de revelador. Grotesco, porque resulta difícil no ver en esa imagen el derrumbe simbólico de una figura que durante décadas quiso encarnar la conciencia crítica, o al menos reflexiva, de la Revolución. Revelador, porque termina mostrando con brutal claridad lo que quizá siempre estuvo allí. Silvio nunca logró salir del círculo magnético de la “r” de Revolución, con toda su violencia implícita. Todo lo demás, sus dudas, sus matices, sus silencios tácticos y sus gestos ocasionales, queda empequeñecido frente a esta fotografía en la que aparece no como un cantor atribulado, sino como un privilegiado portador de un arma de fuego.
Desde el punto de vista legal, la escena también resulta incongruente. El Decreto-Ley 262 sobre armas y municiones permite a civiles obtener determinadas licencias bajo condiciones muy restrictivas, pero excluye de forma general armas de guerra como los fusiles de calibre superior a 5,6 milímetros y las armas automáticas o de uso militar. Un AKM, en su configuración habitual, no encaja precisamente como arma civil para defensa doméstica, caza o tiro deportivo. De ahí que la foto no solo tenga una carga política inquietante, sino también un evidente olor a impunidad. En un país donde al ciudadano común se le regula hasta el último gesto, ver a un trovador recibir públicamente un fusil de asalto con la venia del poder no transmite legalidad, sino arbitrariedad.
Silvio, con 79 años, pertenece a una generación de artistas que conoció de cerca la desconfianza estructural del poder
Después de las protestas del 11 de julio de 2021, Dayana Prieto y yo nos reunimos con él y con su esposa Niurka González en uno de sus lujosos estudios de grabación. Buscando la dirección exacta, nos acercamos a varias personas que hacían cola frente a una tienda de la zona. Le preguntamos a una mujer mayor si sabía dónde quedaban los estudios Ojalá. Y ella, con esa mezcla de humor seco y lucidez popular que sobrevive incluso en la miseria, respondió que “ojalá pudiera alcanzar pollo en aquella cola”.
La conversación con Silvio duró unos 70 minutos y fue grabada a petición suya. En ese encuentro se comprometió a hacer “una llamada” para pedir la liberación de los presos políticos. Es posible que la hiciera. También es posible que, si la hizo, nadie al otro lado le concediera demasiada importancia. El episodio retrata bien su lugar real dentro del sistema. Porque el poder está dispuesto a usarlo siempre que su discurso le convenga; así como a ignorarlo cuando resulte incómodo.
Silvio, con 79 años, pertenece a una generación de artistas que conoció de cerca la desconfianza estructural del poder cubano hacia la inteligencia, la sensibilidad y el pensamiento autónomo. Algunos rompieron de una vez con el régimen. Otros callaron. Otros aprendieron a sobrevivir a media voz. Y algunos, como él, dedicaron una parte considerable de su vida a demostrar fidelidad a sus verdugos, a quienes nunca terminaron de considerarlo plenamente confiable.
No se trata de negar su estatura musical ni su importancia en la cultura cubana. Su obra forma parte del archivo sentimental del país. Pero también es cierto que, para muchos jóvenes, sus canciones remiten menos a una épica lírica que a las tribunas abiertas, a los actos de reafirmación, a la pedagogía del sacrificio y al ruido de fondo de un sistema que convirtió la escasez en doctrina. No extraña, por eso, que crezca el número de cubanos para quienes Silvio ya no representa la poesía, sino la banda sonora de un régimen fracasado y moribundo.
En días recientes, Silvio había reclamado públicamente su AKM, “si se lanzan”, refiriéndose a una hipotética agresión de Estados Unidos. Pero mientras ese enemigo exterior no aparece por ninguna costa, dentro de Cuba sí se multiplican las señales de descontento, protestas, cacerolazos, sentadas estudiantiles, represión y vigilancia. La amenaza concreta no son los marines yanquis, son los ciudadanos que ya no aguantan más.
De ahí que la pregunta sea inevitable. ¿Para qué se arma ahora a un civil célebre? ¿Contra quién se imagina la “resistencia”? ¿Contra un desembarco inexistente o contra los cubanos que salen a protestar porque no tienen luz, ni comida, ni expectativas? ¿La orden de iniciar una guerra civil está dada? Cuando el poder reparte fusiles en medio de una crisis social, el mensaje deja de ser metafórico y pasa a ser peligrosamente concreto. Sobre todo cuando en Morón se habla de un manifestante adolescente que recibió un disparo, y no precisamente “un disparo de nieve”.
Eso es lo que vuelve tan siniestra la fotografía. Mientras en varias zonas del país los jóvenes son hostigados, reprimidos o baleados por protestar, el Estado escenifica la entrega de un AKM a uno de sus artistas más famosos. Mientras unos muchachos exigen lo mínimo para estudiar y vivir, otros hombres envejecidos –y enriquecidos– siguen representando la violencia interna de la plaza sitiada. Mientras los jóvenes intentan librarse del miedo, la nomenklatura y sus trovadores bien pagados se aferran a la escenografía de la guerra.
Los memes sobre Silvio no nacen únicamente de la crueldad de internet y las redes sociales. Nacen, sobre todo, de la brutalidad con que la realidad cubana se ha vuelto más feroz que cualquier himno de guerra. Durante años, el trovador quiso presentarse como una conciencia incómoda dentro de la Revolución. Hoy aparece como otra cosa, la imagen disciplinada de un artista que no fue capaz de superar la “r” de Revolución, pero sí parece capaz de sostener un fusil soviético. Silvio acaba de componer su propio réquiem.