Zapatero y el envilecimiento de la política

Venezuela

La labor del ex presidente español en Venezuela parece estarse descubriendo en el destape de corrupción más impresionante que se haya visto en la península ibérica desde el fin del franquismo

José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro en Caracas (Venezuela), en una imagen de archivo.
José Luis Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro en Caracas (Venezuela), en una imagen de archivo. / EFE
Federico Hernández Aguilar

01 de junio 2026 - 14:57

San Salvador/Lo afirmo con todas sus letras: José Luis Rodríguez Zapatero es, hoy por hoy, uno de los hombres más odiados en Venezuela. Esta animadversión no es gratuita en absoluto. Desde hace tiempo se percibía al ex presidente del Gobierno español como un cínico siempre dispuesto, con esmero perruno, a aceitar las ruedas del régimen dictatorial bolivariano. Se desconocían las razones profundas de semejante actitud, pero del cinismo de Zapatero los venezolanos tuvieron pruebas casi desde el principio.

En mayo de 2018, hace ocho años justo, el ex mandatario aseguró estar arriesgando su prestigio internacional para insistir en una mediación –no solicitada– entre la dictadura de Nicolás Maduro y la oposición democrática. Sus buenos oficios, afirmaba, respondían a una neutral intención de ayudar sin condiciones al país hermano. Si bien aquella intromisión había iniciado formalmente cuatro años antes, en 2014, junto a otros ex gobernantes, en 2016 se había vuelto personal durante el fallido intento de aplicar un referendo revocatorio contra Maduro.

Bajo el supuesto de actuar en nombre de la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur –órgano controlado por el chavismo–, Zapatero acudía con frecuencia a Caracas para “facilitar el diálogo y obtener acuerdos a favor de la paz y la democracia”. Curiosamente, y a lo largo de la siguiente década, tan noble misión nunca prosperó. Hoy Maduro se encuentra guardando prisión en EE UU, entre otras cosas, porque la democracia y la paz jamás regresaron a la tierra de Bolívar.

En mayo de 2018 el ex mandatario aseguró estar arriesgando su prestigio internacional para insistir en una mediación –no solicitada– entre la dictadura de Maduro y la oposición democrática

Pero entonces, nos preguntamos, ¿para qué sirvió la tan altruista e infatigable, noble y desinteresada, idealista y generosa tarea mediadora de Rodríguez Zapatero? Todo ello parece estarlo descubriendo ahora el sistema de justicia español, en el destape de corrupción más impresionante que se haya visto en la península ibérica desde el fin del franquismo.

El asombro en Venezuela, por cierto, no es causado por el personaje involucrado, sino por el tiempo que llevó a la Audiencia Nacional de España imputarle por indicios que eran de muy antiguo dominio público en Sudamérica. Durante largos diez años, la oposición a la tiranía bolivariana aseguró que el papel de Zapatero no era neutral ni desinteresado, sino plegado a los intereses oficialistas, en perjuicio de la lógica democrática y en propio beneficio pecuniario. Si en los tribunales llegara a comprobarse que aquel secreto a voces tenía fundamento, los venezolanos confirmarían así la traición más oprobiosa ejecutada nunca contra ellos por un ex presidente extranjero, pues este se habría enriquecido escandalosamente mientras con sus pirotecnias verbales procuraba concederle más tiempo a un déspota que reprimía y hundía en la miseria a su propio pueblo.

Conocí personalmente a Zapatero en octubre de 2004, en el Palacio de la Zarzuela, cuando junto a otros 18 ministros de cultura de Iberoamérica formamos parte del comité de honor de la conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote. En compañía del rey Juan Carlos, la señora Carmen Calvo (por entonces nuestra homóloga en la cartera de Cultura) y demás autoridades, el presidente del Gobierno nos estrechó las manos solicitándonos que hiciéramos de aquella efeméride una oportunidad para unir a todas las naciones hispanohablantes.

A poco de intercambiar ideas con él me quedó claro que estaba delante de un embustero

Aproveché la ocasión para deslizar algunos comentarios sobre la inmortal obra de Cervantes y pedir al mandatario socialista que, si en verdad deseaba unir a los países de Iberoamérica, dejara de presionar a nuestros Gobiernos para aceptar, sin debate alguno, la imposición de la ideología de género, materia escabrosa en la que España se declaraba por esas fechas “orgullosa pionera”. A poco de intercambiar ideas con él me quedó claro que estaba delante de un embustero. Ni las referencias cervantinas ni mis argumentos sobre el daño antropológico que podía causar su cruzada feminista recibieron de mi interlocutor réplica inteligente alguna. A dos colegas centroamericanos externé por lo bajito: “Este Zapatero es un mentiroso. Carece de principios para defender proyectos de gran calado y, para colmo, jamás ha leído entero el Quijote”.

Lamentablemente para España, mi percepción coincidía con la catadura moral del personaje. Con el Gobierno presidido por él dio inicio el declive de la política como oficio de mérito. A partir de abril de 2004 se instaló en la Moncloa una forma desfachatada y transaccional de evaluar las cosas, desde el manejo de la economía hasta los métodos para lidiar con el terrorismo de ETA. Ni una pizca de la degradación ética que hoy vemos en su esplendoroso estallido habría sido posible sin el previo concurso de Rodríguez Zapatero en calidad de auspiciador.

La mendacidad elevada a estrategia de Estado, el rostro de hormigón para encadenar falacias desde un podio, los contubernios facciosos de la peor calaña y esa insistencia barbárica en la investidura a todo trance, “cualidades” que el socialista Pedro Sánchez ha llevado a sus extremos más circenses y aparatosos, tuvieron alguna vez su origen en la hipocresía trágica y burlona de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno de España y “príncipe” de Venezuela.

Decíamos la semana pasada que el mundo padece una dramática escasez de integridad. Ahora somos testigos de cómo los recientes liderazgos socialistas, por desgracia, desde la Madre Patria han tenido una contribución ruidosa y notable a ese envilecimiento global.

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