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Las muchas caras de Tarará

El enclave habanero, en el punto de mira por la popularidad de 'Chernóbyl', ha sido barrio burgués, campamento y hospital

Del funicular solo queda un amasijo de hierros en Tarará. (14ymedio)
Luz Escobar

19 de junio 2019 - 17:27

La Habana/Pocos barrios cubanos han cambiado tanto con el paso del tiempo como Tarará, al este de La Habana. Pasó de ser un glamuroso condominio a campamento pioneril, después se convirtió en hospital para niños afectados por el accidente nuclear de Chernóbil y más tarde en escuela de español para estudiantes chinos. A cada uno que se le pregunte tiene recuerdos diferentes del sitio.

La popularidad de la serie Chernobyl, producida por la cadena estadounidense HBO y difundida en la Isla a través del paquete, han puesto en el punto de mira la zona. Los medios oficiales han arremetido contra el guión de la ficción estadounidense, al que acusan de tendencioso y de no mostrar la atención médica que recibieron en Tarará muchos niños afectados en los años posteriores a 1986.

Yanet tiene 45 años y que durante su escuela primaria pasó varias semanas en el Campamento de Pioneros José Martí en este barrio. Para ella, la memoria tiene otros tintes más relacionados con actividades docentes y de la organización estudiantil. "Desde primero y hasta sexto grado fui casi cada grado a Tarará. Allí dábamos clases y hacíamos actividades recreativas en la tarde", recuerda.

"Era como decir que le quitaban las casas a los ricos que se fueron de Cuba y se las daban a los niños y las familias que antes eran pobres"

"Me gustaba ir porque era divertido pero también extrañaba a mi familia. La playa es muy linda y también había uno de los mejores parques de diversiones de toda La Habana pero se echó a perder con el tiempo y ya no queda nada", cuenta. La Ciudad de los Pioneros, como también se conoció, fue inaugurada en julio de 1975 por Fidel Castro.

"Ese fue un típico gesto a lo Robin Hood", reprocha Yanet. "Era como decir que le quitaban las casas a los ricos que se fueron de Cuba y se las daban a los niños y las familias que antes eran pobres. Pero con el tiempo también nos las quitaron a nosotros". Los enormes chalets, los condominios de ventanas francesas y amplias terrazas recuerdan aún su pasado burgués.

En las 525 casas de este pequeño paraíso solo quedan 17 familias de las que originalmente habitaban Tarará en los años 50. El resto emigró o perdió su propiedad tras la llegada de Fidel Castro al poder.

En los años 80, coincidiendo con el boom del subsidio soviético, el enorme complejo llegó a contar con un centro cultural, siete comedores, cinco bloques docentes, un hospital, un parque de diversiones y hasta un atractivo teleférico que cruzaba entre dos colinas sobre el río Tarará y del que hoy solo queda un amasijo de hierros oxidados.

Ahora, el pueblo se dispone a vivir una nueva reconversión, pues se ha anunciado la vuelta un grupo de 50 niños ucranianos descendientes de los afectados por el desastre nuclear de Chernóbil.

Otro de los cambios en el rostro de Tarará y que más quejas ha levantado es el cierre de la escuela para asmáticos y diabéticos Celia Sánchez Manduley, un internado en el que las horas lectivas se combinaban con la preparación específica para convivir con esas enfermedades. El asma afecta a 92,6 cubanos de cada 1.000 habitantes de todas las edades, según datos de la Comisión Nacional de Asma y de la Sociedad Cubana de Alergia, Asma e Inmunología Clínica.

Aunque ya se ha cumplido un año del cierre, los exalumnos del centro y sus familiares siguen esperando una respuesta de las autoridades de Educación.

Los cinco años que pasó, entre 2008 y 2013, Luis Alejandro, nombre ficticio de uno de los estudiantes, los recuerda gratamente. "Esa escuela no tenía nada que ver con las del resto del país, había excelentes profesionales, todo era genial", recuerda. Los alumnos pasaban toda la semana lectiva en el internado, llegaban el domingo a las seis de la tarde y salían los viernes, después del almuerzo en una guagua de la propia escuela.

"Teníamos una rutina. Como en todas las becas nos levantábamos a las 6, lo primero que hacíamos antes de asearnos era tomarnos el medicamento", detalla. A pesar de que en el resto de las escuelas del país hace años que se erradicó el concepto de merienda, Luis Alejandro y los otros pacientes asmáticos recibían puntualmente tres refrigerios diarios además de las comidas.

Pero lo más importante era el tratamiento para su enfermedad. "Este tiempo ahí me ayudó mucho y nunca faltaban las medicinas. Nos acostumbraron a hacer ejercicios para la respiración y a convivir con la enfermedad". También se enseñaban a los estudiantes diabéticos a inyectarse ellos mismos la insulina y a medirse el azúcar en la sangre.

Pero un día todo terminó. "El cierre llegó sin que nadie lo esperara, lo primero que sucedió fue que desde el Ministerio de Salud Pública mandaron convertir el hospital de la zona en uno de atención para los turistas que estaban dentro de Tarará, al estilo de La Pradera (un centro asistencial destinado a extranjeros). Ese experimento no funcionó y lo cerraron. Ahí comenzó el problema, porque sin un hospital cerca con todas las condiciones, la escuela no podía quedarse", recuerda.

"La primera medida que tomaron fue cerrar la inscripción. Luego esperaron a graduar al último curso de noveno grado y entonces la cerraron en junio del año pasado", explica Luis Alejandro. El local todavía pertenece al Ministerio de Educación pero el inmueble está sufriendo la falta de uso y mantenimiento.

El local todavía pertenece al Ministerio de Educación pero el inmueble está sufriendo la falta de uso y mantenimiento

Desde que la escuela se creó en 1985 y hasta 2013 (último año del que hay datos disponibles) fueron más de 5.000 los niños asmáticos y alrededor de 500 los diabéticos que se atendieron allí. La instalación estaba cerca de la playa y ese aire puro era muy beneficioso para los asmáticos.

El 29 de junio del pasado año, el mismo día del cierre de la escuela, Carlos Javier Acosta, uno de sus estudiantes, lamentaba la situación en Facebook. "Hoy realmente fue un día triste para mi. Fue el último día de la escuela que observó parte de mi infancia y adolescencia, la escuela donde aprendí a vivir con mi enfermedad, donde conocí la amistad, donde me formé como una persona de bien, donde aprendí a ser independiente gracias a que era becado" (sic.).

Para otros, el día más triste fue cuando dijeron adiós no solo a Tarará sino también al país. "Mi padre había comprado un terreno en el lugar y construyó una bonita casa de dos plantas con vista al mar", recuerda Gerardo Ponce, un exiliado cubano cuya familia salió de la Isla solo con lo que pudieron "cargar en las maletas", según recuerda. Su padre había levantado un pequeño negocio farmacéutico que le fue confiscado a inicios de los 60.

"No quiero volver porque ya no es lo que era y no quiero echar a perder mis recuerdos", apunta.

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