Protección animal... también para los bueyes

Pocos piensan en los numerosos bueyes que se dedican a labores de labranza en todo el país en muy mala situación

La crisis económica ha hecho que por décadas la mayor parte del trabajo en la tierra se haga con bueyes. (A. Bielosouv)
La crisis económica ha hecho que por décadas la mayor parte del trabajo en la tierra se haga con bueyes. (A. Bielosouv)

Uno de los temas que ha surgido con mayor frecuencia en las reuniones en las que se debate la reforma de la Constitución es la necesidad de contar con una Ley de Protección Animal. La mayoría de las personas que han lanzado la propuesta piensan especialmente en la infinidad de perros y gatos abandonados en las ciudades de la Isla, en la violencia de la que son víctimas o en el irresponsable abandono que sufrieron de por parte de sus dueños.

Las malas condiciones en que trabajan miles de caballos dedicados al transporte de pasajeros en todo el país también sensibiliza a muchos de los que exigen que se ponga fin a tanto maltrato y se establezca una legislación que evite los excesos. Sin embargo, pocos piensan en los numerosos bueyes que se dedican a labores de labranza en todo el país, invisibilizados por la rutina, pero en una situación muchas veces peor que la de los equinos que cargan con un coche atestado de personas o de las mascotas abandonadas.

La larga crisis económica que ha vivido el país y la falta de un mercado que venda maquinaria agrícola han contribuido a que por décadas la mayor parte del trabajo en la tierra se haga con estos animales. Sin el arado, con su correspondiente yunta de bueyes, no podrían producirse muchos de los productos que se venden en las tarimas de los mercados. A falta de tractores y cosechadoras mecanizadas, sobre los lomos de estos animales descansa un gran porcentaje de lo que se recoge en las áreas rurales.

A falta de tractores y cosechadoras mecanizadas, sobre los lomos de estos animales descansa un gran porcentaje de lo que se recoge en las áreas rurales

En la llanura matancera, Rigoberto cuida a sus dos bueyes como a la niña de sus ojos. Los crió desde que nacieron y responden al nombre de General y Florentino. "Sin estos animales mi familia estaría aún peor", reconoce el agricultor, que se dedica a la siembra de verduras y vegetales. "Los cuido como si fueran hijos míos", relata el campesino, aunque reconoce que su historia no se repite en los alrededores.

"En las cooperativas más cercanas y en las granjas estatales a estos animales los explotan y por eso tienen una vida corta, porque no les dan el tiempo de descanso ni la alimentación que necesitan", opina Rigoberto. "Cuando es un guajiro el que tiene una yunta de bueyes tiende a cuidarla más, porque es muy costoso y lleva bastante tiempo volver a tener otra". General y Florentino duermen bajo techo en una improvisada nave que ha creado Rigoberto. "Hay que atenderlos con el veterinario y mantenerles la hierba fresca junto a pienso enriquecido", apunta.

Sin embargo, otro panorama asoma nada más salir de la finca de este matancero. Costillas afuera, hocico lastimado por un narigón mal colocado y jornadas de trabajo que parecen no terminar nunca es lo más común entre los bueyes de la zona. Esos que esperan, junto a perros, gatos y caballos, que se legisle a su favor.

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