La cuarentena y un dolor de muelas

En plena vuelta al confinamiento, ir a una consulta médica parece poco menos que un suicidio lento

Clínica estomatológica en Candelaria, provincia Artemisa.
Con tantos casos diarios que se están reportando en el país, existe mayor posibilidad de transmisión de la enfermedad en un lugar así. (14ymedio)

El dolor aparece el domingo por la noche. Aquella muela que se rompió hace meses da la cara. Intento pensar que la molestia pasará, como pensamos siempre que tenemos dolor. Y puede que sí pase, pero momentáneamente: el dolor no es sino síntoma de que algo está podrido. Al día siguiente, el cachete está todo inflamado.

Debí haber ido al dentista antes, pienso. Ahora, en plena vuelta al confinamiento, justo cuando la ciudad abandona la fase 1 de la desescalada y retoma las medidas más estrictas contra el coronavirus, ir a una consulta médica se me hace poco menos que un suicidio lento.

Consulto vía telefónica a algunos amigos médicos y todos dan el mismo consejo: comienza a tomar antibióticos y ve luego al estomatólogo. Les hago caso, pero solo puedo tomar los antibióticos durante 48 horas: lo que da la cantidad que tengo a mano. Sé que no conseguiré más en las farmacias, donde hay déficit de medicamentos.

La situación no mejora y una infección en la boca es cosa seria. Me armo de valor para ir al policlínico más cercano.

Me atenazaba el terror al contagio, sabiendo los escasos medios de protección que se utilizan en las consultas

Me limpio los zapatos en una colcha mojada en cloro, me froto las manos con unas gotas de hipoclorito y estoy lista para traspasar la puerta del centro de salud.

En la sala de espera, solo hay dos personas: un señor mayor también con dolor de muelas –parece más grave que yo, pues se tapa la mejilla con un pañuelo– y un joven al que un perro le ha mordido el labio.

Debí haber venido antes, vuelvo a pensar. Pero lo cierto es que me atenazaba el terror al contagio, sabiendo los escasos medios de protección que se utilizan en las consultas.

En la ventanilla para pedir el turno, la empleada dice que solo están atendiendo casos de urgencias. "Hasta ahora mismo tuvimos la consulta abierta pero desde este mediodía nos mandaron a cerrar", explica. Le detallo mi caso y le muestro la cara, y ella llama a uno de los dentistas que está de guardia para que decida si puedo o no pasar. La inflamación ha de ser elocuente: el especialista decide atenderme.

Mientras espero, van saliendo uno detrás de otro dentistas que se despiden de sus colegas. "Me voy, dile a mis pacientes que no vuelvo hasta que comiencen las clases, sea cuando sea, en diciembre o en enero", dice uno. Tiene que ser una broma.

"Es cierto que la rutina que tenemos nos expone al virus constantemente. Aquí todo es un riesgo"

A los quince minutos, anuncian que para ser atendidos debemos esperar media hora más. "Todo el instrumental está ahora mismo en el autoclave –el aparato esterilizador– les pido que no se vayan para que no pierdan esta oportunidad", dice una empleada a los tres que aguardamos en la sala, pacientes en su doble acepción.

Por fin paso. Ya en la consulta, veo que el dentista y su asistente llevan puestas doble mascarilla y una careta de plástico transparente. Se pone los guantes nuevos: "¡Abre la boca!".

Me quedo paralizada, nerviosa del temor. Con tantos casos diarios que se están reportando en el país, existe mayor posibilidad de transmisión de la enfermedad en un lugar así, le comento al doctor.

"Es cierto que la rutina que tenemos nos expone al virus constantemente. Aquí todo es un riesgo, la carga viral que expulsan los pacientes, el uso de los instrumentos y las máquinas, la cercanía inevitable con la boca, son todas operaciones de alto riesgo en medio de la pandemia", dice la asistente pretendiendo tranquilizarme. "Pero no te preocupes, hemos tomado todas las medidas que tenemos a nuestro alcance".

Finalmente abro la boca y luego de curiosear con el espejito en la zona afectada, el médico sentencia: "Para esto solo hay una salida, la extracción". La operación termina en diez minutos. No puedo evitar pensar si esos diez minutos han bastado para el contagio.

"Te voy a mandar azitromicina que es ahora el único antibiótico disponible y dipirona por si tienes dolor", dice el dentista anotándome además la farmacia específica a la que ir.

En la farmacia la empleada me cobra 11 pesos por tres tabletas del antibiótico y me advierte: "De la dipirona olvídate, que eso no lo hay en ninguna parte".

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