"No quiero dar un 'show' mediático"

Juan Antonio Fernández Estrada, docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. (Cubaposible)
Juan Antonio Fernández Estrada, docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, reivindicó no hacer un 'show' con su despido. (Cubaposible)

¿Cuántas veces hemos oído la frase "no quiero dar un show mediático", sobre todo dicha por personas que han sido víctimas de abuso institucional en Cuba? Pareciera que existe una noción generalizada de que publicar un problema obstaculizará su solución. ¿Es esto cierto realmente? No en mi experiencia.

Es verdad que el solo hecho de compartir con la opinión pública determinada situación no es un acto de magia que nos exonera de cualquier frustración o sufrimiento, pero también es un mito creer que irá todo mejor si "no sale nada en internet" o en "la prensa de allá afuera". He conocido casos en que dirigentes inescrupulosos han pisoteado la dignidad de trabajadores de las más diversas ramas sin que sobre ellos caiga el mínimo peso de la ley y mucho menos el juicio moral de la opinión pública, pues cuando los abusos se cometen bajo el amparo del silencio, las víctimas sufren el doble y los victimarios quedan ilesos para seguir cometiendo sus fechorías.

He conocido casos en que dirigentes inescrupulosos han pisoteado la dignidad de trabajadores sin que sobre ellos caiga el mínimo peso de la ley y mucho menos el juicio moral de la opinión pública

Como no soy dado a basarme en historias demasiado antiguas o lejanas, mencionaré algunos hechos recientes que reafirman esta falsa percepción. Hace tan solo unos meses fue despedido Omar Everleny Pérez del Centro de Estudios de la Economía Mundial, adscrito a la Universidad de La Habana. Salvo informaciones de terceros y algún tímido comentario del profesor, lo cierto es que no salió publicada ninguna queja formal al respecto. Tampoco fue rectificada la decisión.

Después trascendió el despido del periodista de la radio en Holguín José Ramón Ramírez Pantoja, que publicó las declaraciones de la subdirectora de Granma. En este caso también se respiraba mucha timidez en el propio periodista y en su círculo cercano a la hora de llamar a las cosas por su nombre, aunque circularon más comentarios y posts en Facebook que en el anterior caso. Tampoco hubo una rectificación, incluso el resultado final del proceso fue bastante peor de lo que se pudiera pensar.

La pasada semana, este periódico publicaba una entrevista al profesor Juan Antonio Fernández, expulsado de la Universidad de la Habana, en la que también menciona esa frase: "Yo no quiero hacer un show mediático de esto". Es curioso como tenemos sembrado en el hipotálamo que compartir nuestros problemas es un acto de "debilidad ideológica", una "concesión al enemigo" o peor aún, una traición a no se sabe quién.

Pero al parecer se piensa muy distinto cuando el problema ocurre con un "camarada" de otro país. Me viene a la mente la exagerada cobertura mediática que Telesur y todos los medios nacionales le brindaron al caso de Víctor Hugo Morales, cuando se puso fin a su contrato en una cadena de televisión argentina que dejó de recibir el cheque (soborno) kirchnerista tras ser elegido como presidente Mauricio Macri.

Los titulares de la prensa oficial denunciaban la "abominable censura" de la que supuestamente era víctima el militante, que por cierto, gracias a toda esa campaña, no demoró nada en acomodarse en otra trinchera. Precisamente, esa es una de las cosas buenas que en no pocos casos sucede, donde te han cerrado una puerta, otros que comparten tu visión pueden cooperar en abrirte otras más anchas.

Una de las cosas buenas que en no pocos casos sucede es que donde te han cerrado una puerta, otros que comparten tu visión pueden cooperar en abrirte otras más anchas

La fobia que existe entre los cubanos por contar a los medios lo que les pasa tiene a mi juicio dos componentes claves. Uno, el miedo a que las represalias puedan ser peores por parte de un sistema que no tolera ser acusado de nada y que tiene el control de todos los hilos para tejer las trampas más sofisticadas. Dos, la falta de confianza en una opinión pública nacional que no tiene peso real, ni está acostumbrada a ejercer presión sobre institución alguna y menos aún sobre el Gobierno, de manera que la escasa repercusión que pueda tener determinado caso será allende los mares y eso puede venir por la antena, tergiversado o manipulado.

En cualquier caso, creo que existe un derecho legítimo de poner en conocimiento público lo que consideramos que sobrepasa nuestras limitadas capacidades personales de autodefensa. Pero esta confianza que puede tener cualquiera de nosotros en que existe y puede ser determinante la solidaridad de nuestro pueblo, debe ser cultivada con el ejercicio justo del criterio ciudadano, la responsabilidad y seriedad de los medios y, sobre todo, la articulación firme y efectiva de una amplia sociedad civil que abarque cada rincón del país.

La opinión pública nacional debe convertirse en la coraza protectora de cada persona justa y en la peor pesadilla de quien viole sus derechos. Esa opinión pública no es un ente abstracto ni lejano: eres tú, soy yo, somos todos.

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