Sobrevivir en los bajos fondos de La Habana

Villaronga estrena en España el 16 de octubre 'El rey de la Habana', la película que ha convertido a Yordanka Ariosa en primera actriz cubana ganadora de la Concha de Plata

Yunisleidy ayuda a Reinaldo a conseguir un carné falso para que pueda trabajar. (Fotograma/Filmax)
Yunisleidy ayuda a Reinaldo a conseguir un carné falso para que pueda trabajar. (Fotograma/Filmax)

"El pobre en un país pobre solo puede esperar a que el tiempo pase y le llegue su hora", le dice el enterrador a Reinaldo. Y ya está. Una sola frase que contiene los 120 minutos que dura El rey de La Habana (2015) y que toma prestada de la novela de Pedro Juan Gutiérrez en que se basa el film de Agustí Villaronga que le ha valido la Concha de Plata a la actriz cubana Yordanka Ariosa en el Festival de Cine Internacional de San Sebastián.

El rey de La Habana es Reinaldo (Maykol David Tortolo), un adolescente marcado por un fatalismo que se abalanza contra el espectador en los dos primeros minutos del metraje. Su madre se agarra a un cable para evitar caer durante una discusión con sus hijos y muere electrocutada, su hermano se arroja al vacío desde la azotea y su abuela muere en silencio de un paro cardíaco. Rei es considerado culpable y enviado a un correccional de menores del que se escapa años después, cuando comienza su lucha por la supervivencia. No tiene carné, dice no saber leer y nunca ha trabajado, pero se asegura la vida gracias a las mujeres que deciden ayudarle seducidas por el descomunal tamaño de su miembro. Entre ellas, Magda (Yordanka Ariosa), la vecina que llenaba sus sueños eróticos en la infancia.

A través de ella llega Reinaldo al cementerio, donde el enterrador le paga unos pesos por echarle una mano: una pincha más de las muchas con que el rey de La Habana intenta llevarse algo a la boca en pleno Periodo Especial. El sepulturero aconseja a Reinaldo que en el intermedio, "desde que se nace hasta que se muere, lo mejor es tratar de no buscarse problemas". Pero transgrede su propia filosofía cuando se queda solo por las noches, abre las tumbas recientes y roba la ropa o un diente de oro a muertos calientes; y cuando lo descubren y amenazan con no denunciarlo a cambio de ir a medias en el negocio, le abre la cabeza a palazos al chivato.

Ese es el mundo que retrata El rey de La Habana: crudo, violento, tremendista. Una lucha por la supervivencia en la que todos son capaces de echar la mano al cuello de su vecino con tal de no ahogarse. "Éramos pobres en un país de pobres", dice de sí Reinaldo. Y en ese éramos están los delincuentes sin carné, las prostitutas que se venden por 50 pesos, los pingueros que seducen extranjeras para salir del país, los transexuales que se bañan "porque se puede ser pobre pero no indigente" y las pequeñas traficantes de droga que pueden permitirse el lujo de tener unas gallinas en casa. Los más bajos fondos de una Cuba excesiva que se evade de "la lucha" con una sobredosis de sexo y ron.

Reinaldo queda "atrapado como en una tela de araña" entre dos mujeres que representan para él la pasión y el cariño. Por un lado, la impulsiva Magda, jinetera posesiva y santera que le arrastra hasta lo más marginal; y por otro la delicada Yunisleidy (Héctor Medina), un transexual que le consigue una falsa identidad, un trabajo en bicitaxi y lo aproxima a locales donde la gente como él no puede ni aspirar a trabajar en la puerta porque hay unos requisitos. "¿Cuáles son esos requisitos?", pregunta Reinaldo al portero que le explica que hay que tener estudios, idiomas y "ser militante". "¿Y todo eso para guardar una puerta? Eso también sé hacerlo yo", responde.

Entre robo y robo, crímenes y hambre, Reinaldo se refugia en la ingenua ilusión de construir una casa y formar su propia familia junto a una Magda, más cínica, convencida de que no se puede traer al mundo a ningún hijo en un país como el suyo.

Reinaldo se reencuentra al salir del correccional con Magda, la vecina de sus sueños eróticos de infancia. (Fotograma/Filmax)
Reinaldo se reencuentra al salir del correccional con Magda, la vecina de sus sueños eróticos de infancia. (Fotograma/Filmax)

El rey de La Habana no es una película perfecta. Al contrario. Se prolonga innecesariamente con sucesivas escenas que repiten el mismo esquema y algunas situaciones pasan a ser tan esperpénticas que provocan carcajadas en algunos de los momentos más violentos, como cuando el hermano pinguero de Magda arroja a un yuma por la ventana porque no quiere pagarle. Pero la verdad que desprenden sus actores da credibilidad a un relato que en ocasiones se desborda. Yordanka Ariosa, primera actriz cubana que se alza con un premio tan importante como el de mejor actriz en San Sebastián, aseguró a la prensa durante el pase en el festival que nada justificaba que la película no se estrenara en La Habana "porque los cubanos la necesitan". Queda por ver si el Gobierno que denegó el permiso de rodaje a Villaronga permitirá que los cubanos revivan en pantalla los años en que ir a Varadero les estaba vetado y tener luz y agua era un lujo para muchas familias.

Los últimos 20 minutos son una cascada de tragedias azotadas por el viento, los rayos y la lluvia que va dejando El Niño en una noche que acaba con el mantra interiorizado por Reinaldo durante toda la película: "Yo soy el rey de La Habana y tienes que respetarme".

Amanece después de la tormenta y Reinaldo se lleva a Magda a un vertedero. Entre la soledad, los buitres y la basura. El lugar al que sus vidas siempre pertenecieron.

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