Los exiliados cubanos de La Salle atienden a 300 familias en Homestead

Un aula del centro educativo LaSalle en Homestad. (Cortesía)
Un aula del centro educativo LaSalle en Homestad. (Cortesía)

José Medina llegó a Estados Unidos procedente de México siendo un adolescente. Cruzar la frontera como indocumentado y alojarse en un campamento para trabajadores South Dade, en Homestead, al sur de la Florida, parecía asegurarle el camino al subempleo y a la pobreza. Hoy, sin embargo, es sargento mayor en el Ejército estadounidense. Graduado en administración de empresas por la Universidad Internacional de la Florida (FIU), desde Alemania expresa su agradecimiento al Centro de Artes y Oficios La Salle, que en sus 25 años de existencia, y ha ayudado, “a salir del montón de los anónimos a muchos jóvenes”.

“Son tres generaciones las que han pasado por el Centro. Mis padres, mis hermanos y ahora mis sobrinos. En La Salle nos enseñaron a valorar las oportunidades y después revertir lo aprendido en la comunidad”, cuenta el joven militar desde Europa.

Lo que comenzó como una actividad catequética, con fines exclusivamente religiosos, terminó convirtiéndose en una institución educativa por la que han pasado casi 5.000 alumnos desde su fundación y que ha invertido más de un millón de dólares en la comunidad.

“En 1991, un grupo de jóvenes a los que nos proponíamos evangelizar nos dijeron que necesitaban superarse. De esa forma iniciamos las clases de inglés, que para ellos era vital, y algún que otro curso técnico. Utilizábamos una ermita que destruyó el huracán Andrews, por lo que tuvimos que plantearnos la cuestión en serio. A partir de entonces, hicimos un compromiso de ayudar a los más necesitados”, recuerda José Manuel Dorado, el voluntario más veterano de la institución a quienes todos profesan un respetuoso cariño.

Lo que comenzó como una actividad catequética, con fines exclusivamente religiosos, terminó convirtiéndose en una institución educativa por la que han pasado casi 5.000 alumnos

Clases de computación, inglés, costura y cocina, y alfabetización en ambos idiomas son algunas de las actividades en las que diariamente se desarrollan decenas de niños y adultos en el centro.

Dorado explica que la influencia educativa que recibió como alumno de las escuelas cristianas de La Salle en Cuba le hizo preferir ese modelo educativo para los hijos de los migrantes. “Muchos de los exalumnos de las escuelas cristianas cubanas tuvimos que exiliarnos al llegar al poder Fidel Castro, pero quedó marcado en nosotros la enseñanza que recibimos y el compromiso con los más desatendidos”, argumenta.

El campo South Dade , en Homestead es el hogar de más de 300 familias,  aproximadamente unas 3.000 personas. La población mayoritaria del campo oscila entre 15 y 35 años. Muchos de los que residen allí llegaron a Estados Unidos sin terminar sus estudios, huyendo de la violencia o el hambre en sus países de origen. Una buena parte ni siquiera tiene documentos, y trabaja en las granjas agropecuarias de los alrededores.

Muchos de los que residen allí llegaron a Estados Unidos sin terminar sus estudios, huyendo de la violencia o el hambre en sus países de origen

“Hace 20 años los mexicanos eran la mayoría. Hoy un grupo numeroso viene de centroamérica y muy marcados por la inseguridad que allí se vive”, comenta Francisco Britz, un voluntario que imparte talleres deportivos los fines de semana.

A la institución asisten diariamente guatemaltecos, salvadoreños, cubanos, nicarag ü enses, puertorriqueños y mexicanos. El programa educativo está concebido para, desde el respeto a sus raíces latinas, aprender a convivir en una sociedad multicultural y multiétnica, desarrollando la tolerancia y la complementariedad.

La directora del centro, Susana Sánchez impartiendo clases en el centro LaSalle. (Cortesía)
La directora del centro, Susana Sánchez impartiendo clases en el centro LaSalle. (Cortesía)

“Tenemos funcionando un  after school (talleres de repaso) para ayudarles a elevar el nivel educativo y los veranos funcionamos como un summer camp (campamento)”, dice Susana Sánchez, directora del centro. La matrícula este año es de 278 estudiantes, la mayoría niños, pero también algunos adultos de la comunidad.

“Nuestra meta es invitar a otros niños del campo para que junto a los nuestros tengan una formación acelerada para mejorar su nivel de inglés. La mayoría de los estudiantes, aunque nacieron en Estados Unidos, llevan más de diez años en colegios y todavía no dominan bien el idioma”, agrega Sánchez, también de origen cubano, que lamenta que “las oportunidades  a las que se acceden en este país para ellos estén vedadas porque tienen la importante barrera del lenguaje”.

Para la directora no se trata de un simple trabajo, sino un proyecto de vida. “El centro La Salle es un lugar donde el educador se siente libre de cumplir sus sueños, un espacio en el cual no tienes ataduras para interactuar con los niños en el marco de la cercanía, creatividad y el respeto. La clase es un instrumento donde crecemos juntos”, explica.

La emoción que se siente al enseñar a un adulto a leer y a escribir no se puede describir con palabras

“Creo que el valor agregado de nuestra labor es que nos adaptamos a los ritmos de los estudiantes. En ocasiones tenemos matriculados a los padres y a los hijos, porque hay muchas personas adultas que son analfabetas. La emoción que se siente al enseñar a un adulto a leer y a escribir no se puede describir con palabras”.

La Salle no solo se ocupa del aspecto académico sino que encauza donaciones para los habitantes del campo. En un reciente estudio, llamado Mapa de la brecha alimenticia 2016, del grupo Feeding South Florida, queda en evidencia que alrededor de un millón de personas padecen hambre en el sur de ese. De ellos, más de medio millón son infantes. Según expertos, una de las razones para caer en la “inseguridad alimentaria” es el incremento del 15% en el costo de cada comida que se ha registrado en los últimos años.

“A los estudiantes se les brinda alimentos acorde a las donaciones que vamos recibiendo. No contamos con ayuda del Gobierno, pero siempre recibimos algo de diferentes ONG. Es providencial”, dice Dorado, que se desempeña además como tesorero.

El centro se sostiene a través de donaciones del trabajo de voluntarios. Actualmente cuentan con dos maestros a tiempo completo y dos profesoras de la Universidad Internacional de la Florida que acuden a dar formación a los docentes. Un equipo de voluntarios también colabora en sus horas libres.

“Hemos convertido la dificultad en oportunidad. Este es un nuevo modelo de cooperación  que recoge el fruto sembrado por el lasallismo en Cuba. Es una obra llevada adelante exclusivamente con los antiguos alumnos, pero con el apoyo de toda la familia lasaliana , explica el hermano Marín Roche, provincial de los Hermanos de La Salle en el sur de México.

“No hay nada más duro que la incertidumbre. Muchas de estas personas que van al centro no saben si mañana serán deportados. Lo que la familia lasallista intenta es dignificar la vida de estas personas, especialmente los niños y ofrecerles una oportunidad de integración y de progreso”, añadió.


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