Negociar con Maquiavelo

La tercera ronda de las conversaciones entre Cuba y la Unión Europea tendrá lugar en La Habana el 4 y el 5 de marzo

Cuando el Gobierno de Cuba anunció, el 9 de diciembre, la posposición de sus conversaciones con la Unión Europea, se especuló que la verdadera razón radicaba en que la parte cubana no estaba preparada para enfrentar el tema de los derechos humanos previstos para esa ronda. Se manejó entonces el pretexto de cierta exposición fotográfica que ofendía la "sensibilidad revolucionaria", pero casi nadie se lo creyó. Algo más se ocultaba entre telones. Transcurridos ocho días el misterio quedó desvelado cuando Barack Obama y Raúl Castro divulgaron al mundo su compartida intención de restablecer relaciones.

Los negociadores cubanos se sentarán a la mesa con su contraparte europea en la primera semana de marzo con una inesperada ventaja: la que les proporcionó el anuncio del 17 de diciembre y que les posibilitará presumir que ya no dependerán de lo mucho o lo poco que pudiera venir de la cooperación de la zona euro. Como buenos tramposos al póker, fanfarronearán de que traen entre sus cartas ocultas el As de oro del maná dolarizado del Norte, haciendo creer que ya no juegan bajo presión.

Como el que ofrece a dos compradores diferentes la misma mercancía, a ver quién da más, llevarán alguna lista de presos que podrían excarcelar, anunciarán sus próximas aperturas económicas y prometerán cualquier cosa que estén dispuestos a incumplir.

La técnica negociadora del Gobierno cubano descansa en la ambigüedad con que se enuncia la doctrina de no ceder ni un milímetro en los principios. Sus pragmáticos interlocutores, ajenos al catecismo ideológico, no son capaces de adivinar hasta dónde llega el cinismo de un funcionario que se altera cuando presiente que una inocente sugerencia "pone en peligro la soberanía de la patria" y apenas sin pestañear solicita inversiones para la explotación del petróleo o el usufructo por 90 años de futuros terrenos de golf.

No acepta escuchar una palabra sobre elecciones democráticas, mientras le entrega la comercialización del tabaco y del ron a empresas extranjeras

Sorprende la plasticidad de esa intransigencia que no acepta escuchar una palabra sobre elecciones democráticas, que sostiene la moralidad de las detenciones arbitrarias, de las golpizas a disidentes, de la negativa a reconocerle legitimidad a la sociedad civil, mientras le entrega la comercialización del tabaco y del ron a empresas extranjeras, y además acepta la explotación del hombre por el hombre en Cuba, siempre y cuando el explotado sea un cubano y el explotador un extranjero.

Los negociadores cubanos pretenden hacerle creer a su contraparte que el país merece credibilidad y respeto porque crece y avanza sobre una base sólida, pero que necesita ser ayudado como una nación en estado de catástrofe. En algunos asuntos actúan como si tuvieran poderes omnímodos. No se sienten limitados porque haya un sindicato que les impida transar en temas salariales o porque el ala ecológica del Parlamento ponga reparos a una prospección minera en un área protegida. Mucho menos porque alguna necia cláusula de la Constitución de la República no encaje bien con lo que se negocia.

¡Ah! Pero no le toquen ese punto de los derechos humanos. Es entonces cuando levantan la barbilla, fruncen el ceño y crispan los puños... o quizás no. Tal vez lancen una sonrisita cómplice y hagan un gesto insinuando que hace falta tener confianza y puede que hasta levanten el dedo índice disimuladamente, como el que señala impedimentos ajenos a su voluntad, provenientes de "allá arriba". Luego, lentamente, como si estuvieran haciendo rebotar una invisible pelota con la palma de la mano a pocos centímetros de la mesa, indicarán que hay que tener paciencia. Cerrarán sus portafolios y se levantarán satisfechos, seguros de que han vuelto a conseguir una magnífica compra de tiempo.

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