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“Según los principios de la moral socialista”

Recién casados en la calle Galiano, junto al Palacio de las Novias. (BdG/14ymedio)
Víctor Ariel González

04 de julio 2014 - 10:30

La Habana/Arturo está nervioso. No es que la seguridad de alguien dependa de lo que él va a hacer, ni nada tiene siquiera por qué salir mal hoy. Lo que pasa es que uno no se casa todos los días, y esta tarde es su boda con Belkis, de quien es novio hace años. Por eso los nervios.

Es mayo y hace un calor aberrante. Arturo jamás se había metido dentro de un traje y se impresionó de lo elegante que puede llegar a lucir, pero entre la ropa y la ansiedad se derrite en sudor. Sus amigos esperamos junto a él para entrar en el Palacio de las Novias de Centro Habana, donde su futura esposa termina de maquillarse para la ceremonia. Mientras tanto, la esquina de Galiano y San Rafael sigue su ajetreo habitual. Cientos de personas pasan bajo los portales y observan nuestra indumentaria nada veraniega, demasiado brillante en comparación con la suciedad de los alrededores.

Mientras esperamos, otra novia llega lista ya y entra al dichoso Palacio. Su novio la está esperando dentro, y ellos van delante en la cola. Todos los que somos ajenos a esta otra boda abrimos paso. La muchacha y su familia tratan de darle al hecho algo de solemne, pero el tráfico de gente por la acera sigue su ritmo y el fotógrafo de la ocasión pasa un trabajo enorme para lograr una imagen donde no aparezcan totales desconocidos detrás.

Finalmente nos toca a nosotros y entramos, apurados por una funcionaria poco amable. "¡Shhh! ¡Shhh! ¡Silencio!", regaña a los asistentes la mujer, mientras abre el macuto donde está escrito el Código de Familia que leerá a los futuros cónyuges. En estas circunstancias, Arturo y Belkis se molestan un poco y los demás también: el trato de parte de los empleados del Ministerio de Justicia deja mucho que desear durante una ocasión tan especial. Los funcionarios cubanos le aguan la fiesta a cualquiera, aunque nadie, ni novios ni invitados, quieren expresar quejas en un día para el cual el recuerdo solo conservará una alegría a prueba de cualquier molestia.

El edificio del Palacio de las Novias es como una factoría de matrimonios. La gente entra soltera y sale casada. Hay que sacar turno. Nada más faltan las habitaciones para consumar el hecho, pero todo lo otro está ahí: un salón para fiestas, una mesa vieja con un libro gastado para estampar las firmas de desposados y testigos, una cortina rojo vino al fondo donde cuelga un escudo de la República, una bandera nacional percudida y tiesa en una esquina, y escasos adornos art nouveau y real-socialistas dentro de unos salones cuya arquitectura es, para más contraste, del mejor estilo racionalista de los años 50. El kitsch flota en el ambiente que intenta refrescar un aire acondicionado insuficiente, pero eso es lo de menos porque todos estamos felices, empezando por el propio Arturo.

Me pregunto si mi abuela, que se casó en 1957, legalizó su unión con mi abuelo “bajo los principios de la moral capitalista” de la época

Esto es lo que él ha podido conseguir. Su salario no daba para más. En Cuba existe toda una industria alrededor de las bodas que genera jugosas ganancias. Varios protoempresarios del capital privado han invertido en este negocio. En ese gran mercado hay opciones de todo tipo, pero hasta la más humilde oferta reta el bolsillo de cualquier ciudadano promedio.

La funcionaria lee el Código de Familia antes de preguntar a los novios si aceptan desposarse. Un formalismo que no ha escapado a la política o la ideología oficialista, pues cada matrimonio que se firma en Cuba tiene el mismo discurso previo: los esposos deben haber aceptado casarse "según los principios de la moral socialista".

Me pregunto si mi abuela, que se casó en 1957, legalizó su unión con mi abuelo "bajo los principios de la moral capitalista" de la época. ¿O será que el capitalismo no tiene principios morales y el socialismo cubano sí? ¡Claro, eso lo explicaría todo! Quizá suceda que antes la gente hacía su familia y ya, sin ideología mediante.

Hoy, aunque se haga la ceremonia en un sitio más familiar u original, con más o menos lujos y etiquetas, así sean los novios cristianos, judíos, musulmanes o taoístas, comunistas, liberales o anarquistas, no importa: quienes se casan en Cuba deberán hacerlo legalmente "según los principios de la moral socialista"... o no se casan.

Después de la fiesta que siguió a la ceremonia, salimos del Palacio de las Novias un poco borrachos y contentos. El plan es que Arturo se irá del país dentro de poco y desde allá reclamará a su legítima esposa, Belkis, pues quieren hacer su vida juntos y construir una familia en un lugar donde haya, para empezar, otra "moral" que no sea la "socialista" según la cual se casaron.

Por supuesto, les deseamos que sean muy felices.

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