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Opinión

La Cuba del primer cuarto de siglo era, de hecho, un protectorado azucarero de Estados Unidos

Puede entenderse que hoy muchos cubanos prefieran una intervención extranjera a seguir sufriendo una tragedia humanitaria. / 14ymedio
Ariel Hidalgo

06 de marzo 2026 - 12:23

Miami/En 1898 la inmensa mayoría de los mambises casi hicieron una fiesta en la manigua al conocer que Estados Unidos había declarado la guerra a España. Casi todos desconocían la historia de la fruta madura, y casi todos los que la conocían ya habían caído en combate. Cuando alguien preguntó a Maceo si creía posible que Estados Unidos interviniera en Cuba, había contestado: “No lo creo, pero si así fuera, sería la única forma en que yo lucharía al lado de España”. Martí había escrito horas antes de su muerte que un objetivo fundamental de su lucha era impedir a tiempo que Estados Unidos se apoderara de las Antillas“ y cayera con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”, y aludía, en el Manifiesto de Montecristi, al proyectado canal de Panamá que los franceses habían empezado a construir. 

Ellos no declararon la guerra a España para liberar a Cuba, ni Cuba necesitaba de su intervención para ser libre. Ya se sabe, por la investigación del almirante Hyman Rickover en 1975, que el hundimiento del Maine, excusa para declarar la guerra, se debió a una explosión interna. Por otra parte, los cubanos estaban cerca de la victoria, según se desprende de la concesión por España de la autonomía de Cuba, algo hasta entonces impensable.

Estados Unidos ocupó la Isla por cuatro años, y solo se retiró a condición de que aceptáramos la enmienda Platt que les permitía, entre otras prerrogativas, intervenir cuando así lo estimaran, establecer bases militares y que mantuviéramos las medidas tomadas por el Gobierno interventor. También fue aprobado un acuerdo arancelario que permitía la entrada de numerosos productos norteamericanos con bajos impuestos, mientras muy pocas mercancías cubanas se favorecían, lo cual dificultaba el surgimiento de muchas industrias cubanas.

Con la mayoría de los ingenios en manos norteamericanas, la mayor parte de las ganancias terminaban en Wall Street

La Cuba del primer cuarto de siglo era, de hecho, un protectorado azucarero de Estados Unidos. Con la mayoría de los ingenios en manos norteamericanas, la mayor parte de las ganancias terminaban en Wall Street, mientras los trabajadores solo percibían jornales de miseria, por lo que la renta nacional era muy baja, y en general, el país adolecía de un alto desempleo. 

Solo cuando un presidente nacionalista, desafiando los dictámenes imperiales del vecino poderoso, rompió ese pacto arancelario desigual, nacieron numerosas industrias en todo el país, y construyendo innumerables obras como la carretera central, acueductos, centros educacionales en todas las capitales provinciales, edificios monumentales como el Capitolio, la escalinata la Universidad de La Habana, y nuevas escuelas, puso fin al desempleo y a la semi esclavitud de las plantaciones.

Aquel presidente, Gerardo Machado, objeto a su paso de aplausos, alabanzas y homenajes, considerándose amado por todos y creyéndose insustituible, cometió el error de promover una reforma constitucional para prorrogar su mandato, lo cual, unido a los efectos en Cuba de la crisis mundial del 29, puso fin a esa popularidad. Todavía hoy se habla del hambre del machadato, sin comprender que esa misma hambre la padecían millones de personas en los Estados Unidos.

No podemos olvidar que ellos no representan los intereses del pueblo cubano

Las luchas antigubernamentales comenzaron al año siguiente, pero Machado no fue derrotado por ninguna revolución, sino por un golpe militar promovido por el embajador estadounidense Sumner Wells, quien convenció a los altos mandos de que el presidente Roosevelt intervendría en Cuba si Machado seguía en el poder.

El mismo día en que aquel presidente autocrático partió de Cuba, el 12 de agosto de 1933, las turbas se lanzaron a las calles linchando a todos aquellos que se les dijera eran esbirros del machadato y saqueando muchas mansiones. Nadie, ni los grupos revolucionarios, muy divididos, fueron capaces de frenarlos.

Puede entenderse que hoy muchos cubanos prefieran una intervención extranjera a seguir sufriendo una tragedia humanitaria, provocada por un grupo en el poder empecinado en mantener un modelo económico insostenible, simpatizar con el representante en Cuba de esa potencia extranjera que se digna a escuchar los lamentos de un pueblo en sus miserias, incluso sentir orgullo por el inteligente secretario de Estado con raíces cubanas de esa poderosa nación. Pero no podemos olvidar que ellos no representan los intereses del pueblo cubano, sino a quienes hoy reviven las viejas ambiciones de algunos de sus antecesores.

Hoy se escucha atentamente, dentro y fuera de Cuba, lo que dice un Gobierno espurio, lo que dice un imperio codicioso, pero no escucharán con el mismo interés lo que diga la verdadera Cuba, hasta que toda la disidencia decida hablar con una misma voz.

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