Es hora de dar la cara

Yanelys Núñez, Nonardo Perea, Amaury Pacheco, Iris Ruiz, Luis Manuel Otero, Soandry del Río y Michel Matos en una acción de protesta contra el Decreto 349. (Facebook)
Yanelys Núñez, Nonardo Perea, Amaury Pacheco, Iris Ruiz, Luis Manuel Otero, Soandry del Río y Michel Matos en una acción de protesta contra el Decreto 349. (Facebook)

Hace algunos años fui a Miami. Allí encontré a un cubano con el que compartí algunas frases que nos unían, por ser hermanos de patria.

Minutos después de nuestro primer intercambio de ideas banales, me confesó que la "dictadura de Cuba" era lo peor que le había pasado en su vida y que se alegraba de que yo hubiese podido "escaparme" también. Añadía a su reflexión dos o tres frases demasiado fuertes para mis oídos, pues yo había sido "sacada" de la Isla por mi madre, cuando todavía no conocía yo, de la Cuba real, ni un ápice.

Él se percató de que la expresión de mi rostro se modificó al oír su discurso y me interpeló rápidamente: "Qué crees tú de todos los abusos de la dictadura cubana? ¿Cómo te afectó a ti?".

Le respondí que entendía que él hubiese sufrido cosas que yo desconocía, pero que mi experiencia no había sido igual a la suya y nunca sufrí lo que él contaba

Le dije mi verdad. Mi única verdad en aquel momento: Le respondí que entendía que él hubiese sufrido cosas que yo desconocía, pero que mi experiencia no había sido igual a la suya y nunca sufrí lo que él contaba.

No le agradó mi respuesta.

Con toda la energía que tenía aquel joven, de unos 30 años, me acusó de todos los crímenes de Castro en el espacio de tres minutos, como si yo los hubiese cometido todos.

Recuerdo sus gestos en medio de mi silencio atónito. Su ceño fruncido e indignado cuando me cuestionó sobre el remolcador 13 de marzo, preguntándome seriamente si yo estaba de acuerdo también con que todos aquellos niños hubiesen fallecido como lo hicieron, con la crueldad con que los agredieron los militares de Fidel Castro, unos hechos que yo desconocía por completo.

Cuando terminó de hablar, mi corazón latía demasiado de prisa para poder pronunciar palabra alguna.

Sus ojos azules cruzaron los míos en medio de un silencio sepulcral. Y se marchó calmadamente de aquel lugar.

Nunca en mi vida me había sentido tan agredida, sin estarlo realmente. Tan culpada. Sin que realmente esa situación ameritase que me defendiese. Y la razón fue que su reproche hacia mí no constituía verdaderamente un ataque: había sido un grito reclamando mi empatía.

Y la razón fue que su reproche hacia mí no constituía verdaderamente un ataque: había sido un grito reclamando mi empatía

Ese suceso caló profundo dentro de mí, como un puñal que se clava no para hacer daño, sino para sacar el vidrio de dentro de la piel. El vidrio que nos puede matar.

Su grito tuvo un eco demasiado fuerte en mi cerebro. Su reclamo se ha consolidado en mí al acercarme a la realidad cubana durante mis posteriores visitas a la isla.

En 2018 me robó el sueño -literalmente- el decreto 349, considerado una ley mordaza por los artistas. No podía imaginarme, sin que me afectase, la posibilidad de que a uno de mis hijos le pudieran confiscar su guitarra si decidiese tocar en las calles de mi ciudad natal, que también es suya.

Tampoco me dejaba tranquila el hecho de que le arrebatasen las maracas a ese viejito de La Habana que se sienta a tocar en cualquier quicio de la ciudad para ganarse el pan porque no tiene protección estatal.

Luego vino el infame proyecto de Constitución. Confieso que en los días anteriores y posteriores a la votación, ya en 2019, estuve a punto de enfermar. No podía conciliar el sueño, apenas podía ingerir alimentos. Protesté, a mi manera y de forma anónima, en este diario .

Una angustia bastante fuerte me invadió días después, al ver el resultado inexplicable de aquel complot fabricado para esclavizarnos a todos bajo el yugo del Partido Comunista. Aquella votación tuvo lugar sin mi opinión como cubana, pues las autoridades de mi país me impedían, injustamente y sin motivo fundamentado, a mí y a muchos otros, el voto.

Me estaban, de aquella manera, amordazando. Y supongo que no hay más que taparle la boca a alguien, para que se decida a gritar. Los ojos azules que crucé un día en Miami me rondaban el espíritu. Aquel sentimiento de injusticia ya lo estaba haciendo mío. Muy mío.

Finalmente, hace relativamente poco tiempo, rompí todas las cadenas que me ataban a aquella mentira. A aquellos chantajes. Al silencio. Y avisé a toda mi familia de mi decisión. No callaría más

Finalmente, hace relativamente poco tiempo, rompí todas las cadenas que me ataban a aquella mentira. A aquellos chantajes. Al silencio. Y avisé a toda mi familia de mi decisión. No callaría más.

¿Por qué muestro mi cambio públicamente en este medio? Porque, simplemente, este grito lo tengo atravesado en mi garganta. Me tortura un grito apagado desde que me di cuenta del peligro que representa para toda una sociedad, el hecho de no tener voz. De no oponerse a las injusticias como individuos.

Hoy resulta que necesito expresarlo bien fuerte y multiplicar el grito de aquellos ojos azules que un día me interpelaron en Miami.

Mi familia no es solamente aquella que defiende al régimen, como la de muchos otros. Mi familia está integrada por muchísimas personas que lo apuntalan, día a día, para que no se derrumbe. Y todos ellos conocen muy bien hoy mi posición.

Este artículo está dedicado a ese cubano que me hizo despertar lanzándome un grito desesperado que estuvo rondando en mi cabeza durante 10 largos años.

Solo espero que al resto de los dormidos, no les tome mucho tiempo ponerse de pie. Pues llegó la hora de dar la cara por todos los caídos y por todos los que sufren.

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Nota de la autora: A propósito de mi artículo publicado en 14ymedio el 21 de noviembre de 2019 y firmado con mi seudónimo, Guamacaro, deseo aclarar que fue inspirado en las vidas de mis familiares y amigos, no en sus declaraciones.

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