La novela de un país contada a través de WhatsApp
Generación Y
Entre avisos de que no habrá pan, roturas del gas, apagones y fallecimientos, el grupo de vecinos de un edificio escribe la crónica de una Cuba en ruinas
La Habana/"Mañana no habrá pan". Leo la frase en la pantalla del móvil. Tiene la contundencia de una sentencia judicial. No necesita explicaciones ni signos de exclamación, ni siquiera emojis. En el grupo de WhatsApp de nuestro edificio, un inmueble de más de un centenar de apartamentos en Nuevo Vedado, las malas noticias llevan el formato de los telegramas antiguos. Cada mensaje es el capítulo de una novela cotidiana en la que no caben los adjetivos ni las florituras.
El administrador del grupo es el único narrador autorizado. Los demás solo leemos. La literatura de nuestra comunidad es un monólogo donde el argumento avanza entre noticias de roturas, escaseces y despedidas.
"Mañana habrá pan", veo una tarde cualquiera en el hilo de mensajería instantánea. De vez en cuando, el cronista también nos sorprende con un giro esperanzador. La panadería del mercado racionado de la calle Hidalgo tiene finalmente harina y la noticia adquiere la categoría de un gran acontecimiento. Durante unos segundos, me regodeo en tanta prosperidad inesperada, pero enseguida recuerdo el tamaño pequeño y el sabor agrio de ese pan y recorto las expectativas.
Detrás de esas palabras están las hornillas apagadas, el arroz que no llega a ablandarse y las cafeterías del barrio con sus pizzas sin salir del horno
La siguiente entrega de esta saga digital puede llegar a cualquier hora. "Por una rotura, el servicio de gas manufacturado estará interrumpido". Detrás de esas palabras están las hornillas apagadas, el arroz que no llega a ablandarse y las cafeterías del barrio con sus pizzas sin salir del horno.
Nuestro novelista involuntario también domina el género apocalíptico. "Se produjo una desconexión total del Sistema Energético Nacional", informa al filo de cualquier mediodía. A veces la caída es parcial. Solo una parte del país ha quedado sin corriente y un suspiro de alivio recorre el edificio, como si la oscuridad admitiera grados y debiéramos consolarnos con que esta vez el desastre no fue completo.
Entre una interrupción y otra aparece, ocasionalmente, un mensaje distinto. Ha fallecido un vecino. El tono cambia, pero no la brevedad. Apenas un nombre y alguna información sobre el velorio. Así nos enteramos de que ha muerto alguien con quien compartimos ascensores, pasillos y quejas por la gotera que lleva décadas cayendo a la entrada del lobby.
Nunca borro el contenido de este peculiar chat. Me recuerda mucho a Las amistades peligrosas, aquella novela construida mediante cartas que revelan, entre confidencias y silencios, las verdaderas relaciones de una sociedad. Nuestro edificio también tiene su correspondencia, aunque aquí nadie busca seducir a nadie. Nuestros mensajes no descubren intrigas amorosas, sino los detalles de una nación que se descompone por entregas.
Algún día, cuando esta época sea materia de arqueólogos y de tesis doctorales, quizás alguien encuentre nuestro hilo de WhatsApp. Entonces no tendrá que leer discursos oficiales ni estadísticas interminables. Le bastará recorrer estas notificaciones para entender cómo un país se desmorona, mientras sus habitantes reciben, día tras día, el aviso de una nueva pérdida.